viernes, 25 de febrero de 2011

Tragaperras

Sólo para devolver una de las que ellas hacen, le pagué a la taquillera con pura calderilla. Diez boletos, por favor, (porque, claro, lo patán no quita lo cortés), treinta pesos, sesenta moneditas que caen como la llovizna de agosto: gentil para quien la mira pasar, pero, ah, cómo le fastidia la madre a quien tiene que recibirla. Ni siquiera me tomé la atención de pegarlas con cinta en montones de cinco, diez pesos. Si mi intención era desquiciarla, cómo iba a andar confeccionando billetes de a cinco para su mayor comodidad. Echó las dos tiras de boletos tan pronto saqué el dinero y le di un conteo rápido entre mis manos, recogí mis boletos y pagué. Me quedé allí parado tres rigurosos segundos para no dar la impresión del típico tipo listo que paga así porque no completa. No, por mí, le dije en silencio, tómate todo el tiempo que quieras, al fin que yo ya me voy y a ti te queda una larga fila que atender. Pero en lugar de empezar a contar, me miró, y, antes de que yo diera un paso para salir de su campo visual, me preguntó qué era eso. No respondí en seguida, miré a mi alrededor primero, ¿Eso cuál? Esto, me dijo muy lentamente, es una taquilla del Metro, no la ventanilla de cualquier banquito azteca, Y, ¿Cuál es la diferencia?, le pregunté, mientras, detrás de mí, la gente seguía amontonándose. Su expresión se descompuso un poco, la cara se le encendió muchísimo. En lugar de largarme, me hice a un lado, el siguiente en la cola pidió dos boletos, vi seis monedas en su mano que deslizó suavemente junto a las mías (que ya no eran mías). Ella, por pura rutina, se los soltó de inmediato. Luego vino un joven estudiante de secundaria con otras seis monedas pidiendo un boleto, casi sucedió lo mismo, pero la taquillera ya sólo me miraba a mí. Una ráfaga de satisfacción me recorrió la piel e hizo nido en mi entrepierna. Así es, me cachondeó verla furiosa y que sus ojos de cañón no tuvieran balas más que para mí.

La situación no me era en absoluto incómoda, y, a decir verdad, hasta la estaba disfrutando. Pero había un inconveniente, el público. El público siempre desespera con rapidez, y éste no era la excepción, quería ver sangre o seguir avanzando, por lo que no tardaron en manifestarse gruñidos, ininteligibles pero ásperos. Un convoy recién llegado provocó un temblor ridículo en el suelo y éste a su vez lo transmitió a las partes más vibrátiles del cuerpo, por mi parte, lo sentí en las entrañas. La taquillera se pasó detrás de la oreja un flequillo que le atravesaba el ojo izquierdo y recogió el dinero con torpeza para empezar a contarlo sobre el mostrador, mientras pensaba, No debí venir hoy, o, más bien, no debí venir desde el primer día en que conseguí este trabajo odioso donde la gente me trata como si no fuera yo otra cosa que una tragaperras. Suspiró, se notaba a leguas que su oficio le causaba repugnancia. En seguida, comenzaron las rechiflas y mentadas. Di un paso atrás instintiva, o, si se quiere, cobardemente, luego la media vuelta y después metí un boleto. Ya del otro lado miré atrás de reojo, una fila extensa y curvilínea se había formado ya, vociferaban y apuraban a la taquillera para que los atendiera. Entonces imaginé a muchos de los afectados, los más jóvenes, cuyos huesos no habían sido devorados por la osteoporosis todavía, corriendo para alcanzarme. Saltaron el torniquete sin ninguna dificultad, y pensé, antes de echar a correr como alma que lleva el diablo, ¿Por qué estaban formados, entonces? No había avanzado ni diez pasos cuando me di cuenta de que ese desenlace le quedaba grande a mi historia. En el Metro nunca pasan cosas así, y la realidad fue otra muy distinta: la taquillera se aceitó los engranajes con un trago hondo de coca-cola, seguí mi camino, dejé irse de largo al siguiente convoy, y, para cuando llegó el próximo, ya todos los usuarios que habían conformado aquél látigo de piel se hallaban en el andén. La taquillera nunca aceptó hablar conmigo, al poco tiempo dejé de detenerme a comprar boletos allí.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Game (casi) Over

Se me había olvidado que este juego no tiene límites de edad. De pronto me sentí pasado de años, como muy cargado de faults y strikes, y me fui a sentar al banquillo de los vencidos a mitad del recreo, creyendo que mi sangre se había consumido por completo y mis puntos estaban agotados. Y, para mi alegre sorpresa, cuando volteé hacia la pantalla a ésto de gritar Paren la masacre, descubrí que me quedaba un bono extra, una vida sin utilizar: la mía.

jueves, 10 de febrero de 2011

Hay una letra en mi sopa

Lea con atención las palabras que tiene aquí frente a usted, cada letra es legible y eso es un buen detalle, como dicen, letras claras, amistades largas, las palabras son de uso coloquial, no hay ni un solo verbo rebuscado, dichos verbos que lleven sus ínfulas de grandeza a otro lado, en este trozo de papel se narra la palabra simple, la idea vaga, la estéril anécdota de cuando no pasa nada, si ya de por sí es difícil la vida, no se le haga lo mismo a la prosa, la prosa que sea prosa, que dicte o declare o que cante o se quede callada, todas las palabras deben de saber más de lo que dicen, porque si no serán muertas apenas confiesen, y un párrafo no se nutre de flores secas, sino de amazonas, la letra impresa es sincera en medida inversa a la boca de quien la firma, o al revés, pero, sin lugar a dudas, la palabra que no habla más que de sí misma es la única de la que uno se puede fiar, pasarla por la lengua sin miedo a cortarse ya que sus puntas son romas y su textura, suave, sabe dulce y picosa a la vez, es muy sabrosa, por eso no hay que dejar ir ninguna sin degustar antes su grata sazón. Buen provecho, y, si le gustó, repita.

martes, 8 de febrero de 2011

¡#¿%%$?&!

Estoy atravesando por un fuerte temporal, o, ¿será una época de sequía? Tal vez sean ambas, tengo la cabeza árida y el suelo húmedo, la frente mojada y la verga seca, y, en medio y lleno de miedo, el corazón, y me gustaría hacer una canción que llegue al alma y la desgarre, que hable del agua, del cielo, de los secretos bajo llave, que saque el rencor del que siempre me valgo para vivir temporadas completas fuera de mí, ¿cómo la hago?, ¿la creo o la descubro?, ¿la sueño o la invento?, ¿la cuento o la narro?, ¿o simplemente la soplo en el viento?, sería bueno escribir un verso que sepa a naranja y sea amable, que tenga la soltura de la sutura de heridas cavernosas incurables, capaz de regalar una tenue sonrisa, de describir el perdón pero haciéndolo ver como cualquier otra cosa, que haga justicia a lo bello de un día, que camine sin prisa, que corra libre, que genere poesía, de nada sirve un verso si no salió de la porquería, me gustaría viajar por mi mundo interior sin sentir la menor culpa de ser el que soy, un infame estafador que cobra con el corazón y no devuelve cambio, un contador de naipes en el casino Soledad, una puta con mierda en los labios, la oveja negra de papá, una nota que roza la locura, una melodía que viola los oídos, una breve acotación al margen del descuido, un poema que salió a renglón seguido después de que se le rompiera la fuente a una pluma.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un sucio escritor

José Alberto (que por una asombrosa coincidencia resultó llamarse igual que el narrador de esta historia) era un sucio aspirante a escritor desaliñado y hostil que el octavo domingo de un cálido invierno amaneció sintiéndose enamorado, no sabía de quién, no sabía de qué, pero una fuerte ráfaga de amor, de buenas a primeras, le cambió el semblante. Su novia fue la primera en advertir y agradecer a la vida por el radical cambio operado en José Alberto, ella lo atribuía a todo el amor y las atenciones que le otorgaba y creía que por fin había empezado a ganar su corazón.

Puede que su corazón lo ganase algún día, o algún otro órgano en una rifa familiar cuando él dejara de funcionar, pero sus pensamientos, sus sentimientos, sus anhelos, nunca y, ni siquiera sus sufrimientos, le pertenecerían a ella. Y eso lo tenía muy claro, y se odiaba por saberlo y aceptarlo. José Alberto, ciertamente, no estaba enamorado, sólo disfrutaba de la comodidad de esa relación sin grandes exigencias, o, para que mejor sea dicho: sin ellas.

Se acercaba el famoso día del amor y la amistad la mañana que José Alberto fue flechado por Eros, y, para variar, esta vez se sentía parte del festejo, así que compró una caja de chocolates envinados de los más caros y un cd de Berlioz para regalarle a su amor si aparecía, pues, si bien no sabía de quién podía tratarse, supuso que tendrían gustos parecidos. No tenía ni la más mínima idea de qué hacer para apresurar las cosas y dar con el amor lo antes posible, hasta que concluyó que un buen comienzo sería registrarse en cuantas redes sociales hallara en internet. No era necesario cuidarse de su novia ya que ella apenas si sabía encender una PC. De un solo sentón se hizo de diez cuentas distintas en menos de una hora. Era tanta su desesperación que, incluso, se registró en una página dedicada a emparejar gente cristiana (él tan ateo, o, mejor: tan enfadado con dios).

Llegó el 14 de febrero, ya para esa fecha había conseguido varios contactos en línea, pero no avanzaba con ninguno: algunas chicas ignoraban sus comentarios o le contestaban con monosílabos, otras, por el contrario, eran muy parlanchinas pero su único interés era pasar el rato, precisamente, charlando, a esas él era quien las ignoraba apenas se daba cuenta de la situación. En resumen, sus amigas de Internet ya tenían planes para ese día, y, las que no, a ellas simplemente no les apetecía salir con un desconocido en fecha tan comprometedora, vamos, ni siquiera en día regular. Se puso una gorra y salió a dar un paseo. En las calles se percibía un olorcillo exótico que le despertó el antojo de inmediato mientras caminaba como un sonámbulo o como un junkie desesperado que necesitaba inyectarle un poco de calor a sus venas negras. Las tiendas estaban tapizadas de corazones inflados a reventar y peluches aterciopelados con mensajes tan grotescos como “Toma mi corazón”, o, “Soy tuyo”. Repentinamente, José Alberto cayó en la cuente de que seguía solo y, después de mucho pensarlo, no le quedó más alternativa que llamar a su novia para compartirle los chocolates, escuchar el disco y tomarse una botella de tequila que había comprado para la ocasión, ella, aunque casi no bebía, se mostraba visiblemente feliz por las sorpresas que José Alberto le dio a última hora, ya que previamente le había advertido que no podría pasar el 14 de febrero con ella por causas familiares. En lugar de ocultar su alegría como la gente sensata, lo colmó de besos y abrazos y lo trató a cuerpo de rey. No obstante eso, al final de la velada él no pudo evitar sentirse un poco estafado, pues había aprendido de las películas de romance y de Charles Dickens que los milagros ocurren no un 5 de julio ni un 1 de abril, sino en fechas que el calendario señala como especiales. Sin embargo, aquél 14 de febrero el amor no tocó a su puerta, no le llamó por teléfono, ni publicó en su muro. Aquella noche la pasó en casa de su novia, se emborracharon un poco, lo hicieron varias veces por distintos motivos, él, para descargar la ira y frustración que tenía acumuladas, y ella, porque estaba enamorada.

Luego de dos meses llegó una magnífica noticia (al menos para la mujer): José Alberto y su novia iban a ser padres, ella se lo anunció por teléfono porque él se había rehusado a verla ya seis veces durante las últimas semanas, Imagínate cuando le contemos que fue concebido un 14 de febrero, qué romántico, la sensación que experimentó él en ese momento no la olvidaría nunca, era como haber sido castrado con un cuchillo sin filo, y, a pesar de haberse venido abajo su mundo entero, a simple vista no parecía afectado en lo más mínimo.

Días después de la feliz noticia, José Alberto escribió un mal cuento basado en este periodo de su vida, lo escribió en tercera persona y le dio un título que no le va, y, antes de terminarlo, se dio cuenta de lo malo que es como escritor y prometió dejar de engañarse a partir de …digamos, mañana. Luego, simplemente, apagó el ordenador y se fue a dormir.