jueves, 2 de diciembre de 2010

Nada cuadra

Me fui a acostar muerto de cansancio pero a la vez aterrado con la idea de pasar otra noche en vela pensando en Ella. Sí, la misma Ella a la que le canta con tristeza José Alfredo Jiménez o cualquier mexicano cuando llega a la cima del dolor que conlleva el mal de amores. Yo no sería la excepción que confirme la regla, simplemente, porque las hay que no la tienen.
 

    Por fortuna, apenas puse mi cabeza sobre la almohada caí dormido profundamente gracias a que en el trayecto de la cocina al dormitorio encontré ese horrible prendedor para el cabello que le gustaba usar tanto cuando venía sólo por molestar a mi mamá. Estaba machacado e inservible. Lo levanté y lo tiré a la basura antes de que lo viera mi vieja. De alguna forma ese repentino recuerdo y el afortunado hallazgo que lo detonó, me ayudaron a odiarla álgidamente y, en cuestión de un par de segundos, ya no la extrañé más.
    Al despertar a la mañana siguiente me sentía un hombre nuevo, fresco, vigoroso, altivo. Nada me hacía falta y no podía sentirme más feliz de estar solo. En la oficina invité a una lindísima colega a salir a cenar el próximo sábado y aceptó. Nada formal ni con los romanticismos ridículos propios de una primera cita, acordamos los dos. Cada quien llegaría por su cuenta para hacer a un lado el engorroso protocolo. Quedamos de vernos en un bar allá por el sur.
    Su actitud me causó cierto asombro a razón de su innegable belleza, que le daba el poder de exigir las mejores atenciones, pero accedí. Su última petición fue que me dejara crecer la barba durante los días que restaban y me hiciera un corte de pelo distinto al de costumbre.
    Ese lunes en la noche fui a visitar a mi estilista para ver qué podíamos hacer con mi cabello, le pedí algo vanguardista y sofisticado. Tal vez era eso lo que ella esperaba de mí, que proyectara una imagen agresiva, menos de lamebotas y un poco más de empleado propositivo. Terminé viéndome justo como le gustaba a mi ex.
    Los siguientes días no nos encontramos, lo cual me pareció espléndido, hasta nos imaginé igual a dos prometidos ansiosos por llegar a la noche de bodas. Pero vaya sorpresa la que ella reservaba para mí bajo su negligé.
    Varios días atrás algo rojizo me había salido bajo las uñas, no era suciedad porque no se iba con nada, tallaba durante horas en las noches de insomnio, (el cual, por cierto, coincidió con esto, pero duró menos) pero las delgadas franjas carmesí seguían allí. Quise hacer una cita con algún médico para saber de qué eran síntoma, pero, por falta de tiempo, no pude. Había estado utilizando guantes y tendría que seguir haciéndolo para no llamar la atención, pues parecía que hubiera sangre coagulada entre mis dedos.
    El viernes en la noche, supongo que nervioso y sin tener nada mejor en qué pensar bajo las sábanas, me puse a compararlas: a mi ex y a mi colega y descubrí que tenían demasiadas cosas en común. Aunque la noticia en el fondo no me sorprendía, el entusiasmo voló de inmediato. Ahora sólo iría con la idea de cumplir con un compromiso y largarme.
    Me vestí casual para la cita, no me puse los guantes pero sí me dejé crecida la barba como ella pidió. Salí con treinta minutos de anticipación porque no me gusta hacer esperar a la gente. Cuando llegué al bar tomé una cerveza mientras la esperaba, luego pedí otra, luego otra. Entonces comencé a sentirme muy triste y preocupado y asustado sin saber por qué, las manos y los ojos se me humedecieron. Luego, cuando habían pasado cuarenta minutos y ella aun no llegaba, pedí tequila. Sonó mi teléfono justo cuando el mesero venía con el vaso y dos rebanadas de limón. Noté de qué modo tan grotesco miraba mis dedos sosteniendo el celular, pero no me incomodó, ya me iba. Le pedí la cuenta con una floritura y respondí a la llamada. Era ella, la colega linda que me dejó plantado, Hola, me dijo, ¿Puedes venir al hotel? Tengo algo que decirte, ¿A cuál hotel?, le pregunté, Al de siempre, su voz sonaba idéntica a la de mi ex novia, ¿Misma habitación? quise saber y un intenso escalofrío me recorrió la espalda, Sí, no tardes.
    Colgó, y, guiado por la voz, salí a encontrarme con ella a un hotel que conocía muy bien. Vi su coche en el estacionamiento y busqué un espacio alejado para estacionar el mío, algo no me cuadraba. Las piernas me pesaban como dos tumbas al bajar del coche, aun así, fui al cuarto de inmediato. Toqué a la puerta medio sofocado por la carrera pero nadie me respondió. El pomo no tenía el seguro puesto, abrí y me asomé por el resquicio, no había nadie, llamé otra vez, nada. Entré cerrando la puerta suavemente y echando un vistazo atrás por el visor: vacío el pasillo.
    Al voltear, allí estaba mi exnovia completamente humedecida en un charco de su propia sangre, su otrora bella cara ahora lucía hinchada e irreconocible, deforme. Corrí a vomitar al baño, me lavé la boca, las manos, y, esta vez, las manchas sí desaparecieron.
    Después, volví a casa con el ánimo abatido. Durante algunos días no concilié el sueño, hasta que, una noche, un tonto detalle me hizo despreciarla y no extrañarla tanto.

Gonzala Rizos

A Gonzala se le eximió de nacer. Un buen día simplemente se levantó del pasto, estirándose y bostezando. Enfiló la ciudad arrastrando los pies al caminar y al atardecer llegó a una casa cualquiera. Tocó a la puerta y dijo: Hola, madre. Hola, hija. Pasa. Su madre la felicitó por su cumpleaños y le hizo su comida favorita y toda la familia se reunió esa noche para cenar.
    A las once se despidieron los últimos invitados: el hermano mayor de Gonzala y su esposa. Entonces, madre e hija recogieron la mesa y se fueron a dormir.

Divina baraja

Van llegando los tahúres, se acomodan en las sillas que han sacado a la banqueta mientras uno de ellos se apresura a repartir, sabedor de que el tiempo es el único enemigo real. Las cartas sujetadas entre los dedos forman un abanico de números, palos, habilidad y azar. Cada jugador intercambia una de sus cartas con el rival a su derecha, la arrojan con desprecio y la levantan con asco, a pesar de que no pocas veces, esa carta bastarda les ha valido el triunfo. En cosa de segundos deben urdir una estrategia, inteligente y mutable que sea capaz de adaptarse a los giros sorpresa que da el mazo, y que, por supuesto, termine imponiéndose a las demás. Las únicas armas disponibles son aquellas ocho cartas que la baraja repartió de acuerdo a la suerte que le tocó a cada uno. La destreza, sin embargo, casi siempre tiene la última palabra. Los músculos se tensan, los sentidos están alerta, la concentración puesta en el centro de una mesa de madera. Nadie parpadea. El juego ha dado inicio. Los ánimos se caldean de inmediato, y, aunque cada partida no se prolonga por más de cinco minutos, estos transcurren con una lentitud exasperante. Ahora bien, multiplíquense estos cinco minutos de ansiedad por treinta, cuarenta veces a lo largo de una tarde… Al poco tiempo se adopta un gesto adusto, rayano en lo hostil, bien parecido al que debe tener Dios, que, si bien no juega a los dados con el universo, parece divertirse jugando a las cartas con la humanidad. La baraja española pasa de mano en mano sin tregua en un trajín desenfrenado, arrastrando con cada carta fortuna o mal agüero. Cae la noche pronto, las nubes densas prometen un fuerte aguacero. Los jugadores se levantan, llevándose a las bolsas las manos vacías, pues todo lo apostado se queda en las tinieblas, en ese humo de tabaco que se fuma sin parar, en los tragos de cerveza, en las notas de la guitarra del trovador callejero que a buena hora pasó por aquí. La baraja regresa a su estuche, ha dado bastantes emociones por hoy. Arriba, desde las estrellas, se vuelve a repartir. Al final no ha llovido.

Caperucita

Qué mal chizte, tanto empeño, tanto ezfuerso, tanto grito, para que la bida se marchite. Qué importa: si la bida se acaba, la muerte será muy corta. Qué Malinche: la guía de turiztas más cara y la puta más pinche. Qué Helena: desató una guerra porque eztaba vien buena. Qué dezperdisio: con tanto dinero y sin ningún vicio. Qué vicentenario y qué rebolución: están avaratando la memoria de la nación. Qué bamos a haser: seguramente lo de siempre, sentarnos y obedeser. Qué fea verdad: que la vida es cruel y también tu mirar. Qué locura: amaneser zolo en mi cama y no abrasando tu sintura. Qué triztesa: yo solo y tú sola y ni nos intereza. Qué dulse blazfemia: el centro de tu cuerpo es el corasón de mi arteria. Qué siento al escribir: viajando en el Metro un primero de abril. Qué día cumplez años, quiero yevarte un bezo en los lavios. Qué estación: ya se serraron las puertas y no salí del bagón. Qué bulgaridad: lo que pasa la tele cada despertar. Qué hay de nuebo: sólo el polvo del zenicero. Qué zoledad: la de mi pecho que no save olbidar. Qué bago centimiento: el de estar alegre, hace tanto que no lo siento. Qué buena guitarra: la de Eric Clapton tocando vlues entre tanta múcica chatarra. Qué amor a plasos: el que siempre me das y el que no reemplazo. Qué mala pata: sin dinero y con resaca. Qué vuen paizaje: la calle decierta y la pación de viaje. Qué zaves tú: si eres una niña dizfrasada de grande bestida de caperusita azul. Qué gano yo: despertando cada mañana jugando al ezcritor. Qué pécima dezpedida: ¿por qué no simplemente sales de mi bida? Qué largo adiós: di que te duele desir se acavó. Corrígeme la ortografía: tú eras mi dixionario, mi lexión de español y la musa que más quería.