miércoles, 10 de agosto de 2011

Aplausos

El hombre, en sus carnosas patas traseras, se sostiene erguido esperando unas graciosas palmadas como muestra de reconocimiento y afecto sincero, y, al momento de recibir su caricia es feliz. Y lo que es más, no teme demostrarlo mediante el travieso meneo de su rabo sucio. Sus ojos brillan en el fondo de ese charquito de ternura acuosa en las cuencas, sonríe con plenitud mostrando todos los dientes, blancos los frontales, amarillentos los del fondo, fuertes los incisivos, agudos los caninos, preparados para triturar con saña los bicúspides y los molares. No obstante encontrarse su autoestima en una cumbre casi inalcanzable, el hombre recuerda mirar por lo bajo como muestra de su pequeñez. No atina a decir nada, piensa que hablar, las más de las veces, echa a perder el momento, así que simplemente se deja llevar por el flujo de su torrente sanguíneo, que corre a una velocidad impetuosa capaz de levantar hasta la gris pinga de un muerto. Está excitado. Sus mejillas enrojecen más tras cada palmada, el universo entero le es ajeno. Vivirá alegre por muchos años evocando este recuerdo, por lo mismo, no pierde ni un detalle de la situación, vive completamente en el aquí y en el ahora, captando los preciosos instantes que complementan la escena: la placa con su nombre en letras grandes y doradas, el listón azul, sus mocasines lustrados cuidadosamente. La nariz en ristre para olfatear emociones, júbilo y tabaco sobresalen. Su propia saliva le sabe a un licor tan noble que no llega a aturdirlo ni al menos un poco. Al término de su función, el hombre sólo se hace a un lado para dar paso a otro hombre igualmente admirable, y así sucesivamente hasta el último diploma, hasta el último hombre.

El cronista de la desgracia

El cronista de la desgracia trabaja por puro gusto a la querella, pero el muy hijo de perra, aparte, recibe una jugosa comisión por cada línea denigrante que firma, el allanamiento es la morada donde reside su modus operandi, presencia la catástrofe humana desde su mismo epicentro y, cuando se aburre, bosteza, se sacude, y da la espalda al espectáculo para sentarse a describirlo y cuestionarlo con nervio afinado, y, como si de veras se hubiera dejado el alma en la salvación del hombre, cobra caro, es bien sabido que para convertirse en un buen cronista de la desgracia se debe ser mala cabeza de vocación, los tipos frustrados y solitarios, proclives a sufrir perturbantes neurastenias, abundan en esta rama de la literatura, que se distingue porque las hojas de sus libros no huelen a inmensidad como el resto, sino a cagadero, no obstante, algunas obras tienen un gustillo acibarado muy adictivo por singular que se lleva bien con la cerveza de barril, mentes ávidas de una realidad que las trastorna, el oficio es fácil mas no simple, sufrir penas ajenas y después trascribirlas al papel, no es arriesgado, no es emocionante, no es decoroso, no es delicioso, pero alguien tiene que hacerlo, y para eso está el cronista de la desgracia, quien quizás no reciba abrazos ni aguinaldos en navidad, si hace bien su trabajo, es seguro que no, pero en cambio le llega un montón de inspiración para sus próximos relatos, sólo debe desapropiar sus miserias y las ajenas hasta el grado de hacerlas parecer historias de nadie, y luego, cuando se siente seguro, desde su marcado gesto de displicencia abomina cada producto nuevo que pone en los estantes mas no por ello rechaza los premios, reconocimientos, becas, viajes, estupefacientes, que la pieza le acarrea, los autores de este género persiguen la calamidad de sus semejantes cuidándose de la propia, sin embargo, a modo de peripatético revés poético, su principal punto débil es la alegría.