La blografía de cualquiera

(una novela narrada en tiempo irreal)

UNO
Sentí un leve piquete en las costillas, supuse que era un dolor del riñón o algún otro órgano madreado (que había para escoger) e intenté seguir durmiendo, pero LA VOZ me despertó:
Levántate, imbécil, que viene la tira.
¿Dónde?, dije excitado al tiempo que me levantaba con torpeza del pasto, pues mis encuentros con la puta justicia siempre han sido desastrosos.
Demasiado tarde, están aquí.
Identifíquese, me ordenó el más corpulento de los dos, brazos de tronco, cara de simio, panza de piedra, los ojos bañados en sangre. Decidí obedecerle de inmediato, a pesar de que a mis espaldas, LA VOZ me decía: No le hagas caso, corre, ya sabes cómo son estos mierdas. Algún delito te van a imputar.
Me llamo Alberto Guerrero, oficial. Vivo aquí cerca, le dije mientras le entregaba mi identificación. Se la dio a su colega, que fue a teclearme en la computadora de la patrulla, y me hizo una revisión pero no halló nada, se veía molesto.
Ahórrate las explicaciones para el juez.
Eso me sonó a dialogo gastado de serie de televisión gringa y solté una pequeña risita. Dicen que la risa es el lenguaje del alma, pero yo evito en lo posible que hable, porque ese lenguaje me ha metido en líos muchas más veces de las que me ha sacado de ellos.
Te causo gracia ¿eh?, me dijo acercándoseme, su aliento hedía a cloaca, como seguramente el mío también, quién de los dos estaba más pasado, era difícil saberlo, tal vez él, le corrían gotas de sudor por las sienes y me miraba como un niño ansioso ve a una piñata, ¿Eres racista o qué?, pinche drogo.
No. Respondí nervioso, pero LA VOZ, LA PUTA VOZ, me hizo añadir: O sea, no exactamente. Digamos que mi odio no se limita a una raza, yo las odio a todas. A todo el género humano, oficial.
Interesante, yo no soporto a los perros como tú, que se creen muy listos, ¿sabes cómo les bajo los humos?
En eso llegó su pareja y durante un segundo me sentí a salvo, Está limpio, dijo simplemente. Extendí la mano para agarrar mi credencial pero no la soltó.
¿Qué hacías aquí a esta hora?
Estaba en una fiesta pasándomela muy bien, de repente se me borró el casete y despierto aquí.
Pues, nos vas a tener que acompañar.
¿A dónde?, pregunté aunque no hacía falta, ¿Por qué?
A la subdelegación, por faltas a la moral.
¿Cuáles faltas? Si lo único que hice fue dormir.
Ambos asintieron con la cabeza, Y, además, mira cómo estas de meado.
Había un aspersor cerca que me había estado rociando mientras dormía, acepté mi derrota.






DOS
La Veintiuno, que era simplemente así como la conocíamos en mi barrio, era la pocilga donde iban a parar cada fin de semana los mismos desgraciados sin dinero para el soborno. Yo había corrido con mucha suerte otras ocasiones, era la primera vez que me llevaban allá.
En cierto modo, sentía que era mi obligación pisar ese suelo al menos una vez. Como un musulmán que visita la Meca o un judío haciendo su bar-Mitzvah. Me metieron a una celda fría como refrigerador de carnicero que apestaba a mierda y callejón. Ahí lo conocí en persona.