Había alguien detrás de mí, no podía verlo, pero lo escuchaba claramente, lo olía. Olía a queso rancio, lo imaginaba como un anciano milenario, de nariz aguileña, desdentado, gris como la ceniza más espesa, con un chueco gancho por sonrisa, los ojos acuosos sumidos en cuencos profundos. Qué quería de mí, no lo sabía, pero no me daba un respiro.
Creía que con tallarme con mucho jabón podría quitarmelo de encima...
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Bello Amanecer
A Gustavo C.
Las almohadas a los pies de la cama sobre un pequeño charco espeso, reseco, viscoso, rojizo y difícil de clasificar. El piso completamente impisable, libros abiertos por todas partes, algunas páginas manchadas de ceniza, otras escurriendo de alcohol y algunas arrancadas. Un trío de botellas con asientos de Vodka, tequila y whiskey, que nadie tuvo a bien cerrar y el olor que ahora se concentra pica en la nariz y arde en la garganta. El foco descansa sobre el escritorio con un orificio semicircular como un ojo rasgado que desaprueba lo que está mirando, aunque en realidad sólo es una pipa improvisada y no una cámara de seguridad (síntoma de la conciencia). En el rincón donde se recargaba la guitarra eléctrica en una pose desafiante y sensual, ya no hay más que un puñado de colillas, algunas, las más, lucen quemadas, pareciera que el tabaco no era suficiente y haya querido fumar hasta los filtros. Las manos, más que temblar, se estremecen en un terremoto apocalíptico. Echas polvo las dos VISA que la noche previa se encontraban en óptimas condiciones. Cadáveres rotos de vasos que no cuestan cualquier cosa en el suelo y manchas semi fosforescentes no solamente en el suelo sino también en las paredes, todas ellas portadoras de recuerdos vagos nada gratos. No obstante encontrarse las ventanas de par en par, el olor fétido que despide la vida cuando sale de su frasco no se va. La boca seca, los labios agrietados, la mirada todavía borrosa. La miseria se apoltrona en un sillón, cuaderno y lápiz en mano, pero las extremidades están cansadas y sueltas, y flácida la más viril, como si hubieran acordado abdicar el mismo día todas juntas. La humillación, de pronto, ocupa mucho espacio. El sol empieza a asomarse por la barda, las cortinas son incapaces de contener el fulgor de su piel azul acero: es un bello amanecer.
Las almohadas a los pies de la cama sobre un pequeño charco espeso, reseco, viscoso, rojizo y difícil de clasificar. El piso completamente impisable, libros abiertos por todas partes, algunas páginas manchadas de ceniza, otras escurriendo de alcohol y algunas arrancadas. Un trío de botellas con asientos de Vodka, tequila y whiskey, que nadie tuvo a bien cerrar y el olor que ahora se concentra pica en la nariz y arde en la garganta. El foco descansa sobre el escritorio con un orificio semicircular como un ojo rasgado que desaprueba lo que está mirando, aunque en realidad sólo es una pipa improvisada y no una cámara de seguridad (síntoma de la conciencia). En el rincón donde se recargaba la guitarra eléctrica en una pose desafiante y sensual, ya no hay más que un puñado de colillas, algunas, las más, lucen quemadas, pareciera que el tabaco no era suficiente y haya querido fumar hasta los filtros. Las manos, más que temblar, se estremecen en un terremoto apocalíptico. Echas polvo las dos VISA que la noche previa se encontraban en óptimas condiciones. Cadáveres rotos de vasos que no cuestan cualquier cosa en el suelo y manchas semi fosforescentes no solamente en el suelo sino también en las paredes, todas ellas portadoras de recuerdos vagos nada gratos. No obstante encontrarse las ventanas de par en par, el olor fétido que despide la vida cuando sale de su frasco no se va. La boca seca, los labios agrietados, la mirada todavía borrosa. La miseria se apoltrona en un sillón, cuaderno y lápiz en mano, pero las extremidades están cansadas y sueltas, y flácida la más viril, como si hubieran acordado abdicar el mismo día todas juntas. La humillación, de pronto, ocupa mucho espacio. El sol empieza a asomarse por la barda, las cortinas son incapaces de contener el fulgor de su piel azul acero: es un bello amanecer.
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