viernes, 9 de septiembre de 2011

Domingo por la tarde

Domingo por la tarde, vamos rumbo a Wal-Mart por la despensa mensual de mi vieja abuela (800 pesos que el GDF le otorga en un plástico recargable). No hay novedades: don Lupe, mi tío, conduce histérico su coche, mi abuela está cansada, la niña va en sus piernas, yo nado en un pozo estrecho de aguas vertiginosas, algo así como la vía rápida del pensamiento. Prohibido encender el autostereo, bajar los vidrios, o estornudar, cuando se está al volante la más mínima distracción podría devenir en accidente fatal. Al llegar, la mega tienda brilla en todo su esplendor, anulando mi escaso sentido de identidad. La niña se va a mis brazos, de ahí al primer kart disponible, al cual nos asimos los cuatro con el objeto de llenarlo de basura comestible, de detergentes y otros productos encarecidos a grados casi ridículos y desvergonzados. Esclavo del sistema que satanizo, llevo dos rebanadas de pizza recién hecha, entre otras cosas más.
Finalmente terminamos con nuestra misión de recolección. Todos vamos, si no satisfechos, al menos resignados con nuestra parte del botín. He empezado con una de las rebanadas, está deliciosa, le doy a la niña. Cuando toca pagar, la tarjeta pasa de una mano a otra, mas no para hacer el cargo, sino sólo para descubrir que no tiene fondos. En la niña y yo se cumple la premisa: Barriga llena, corazón contento. Pagamos el par de piezas, nos disculpamos con la cajera y nos vamos.