sábado, 10 de septiembre de 2011

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Dice Nelson que hoy es su cumpleaños. Con esa información llegó hace un rato tocando a mi cuarto, así que lo tuve que dejar pasar. Ya venía bastante borracho y traía consigo una botella de tequila de medio litro. Trató de platicarme sobre un contratiempo de León Larregui con la autoridad, pero de inmediato supe que estaba mintiendo, mezclando pedazos de realidad con fantasia, y perdí el interés en escucharlo. Saqué el hitter de la bolsa de la sudadera que siempre cuelga de la silla donde me siento y le di una honda fumada. Nelson pidió, imposible negarle algo en su día. Luego de jalarle fue cuando sacó el pomo, era Casco Viejo, desde ahí sentí tristeza por él, porque aún siendo yo un vago, podía costearme algo un poco mejor que esa mierda que el licenciado me ofrecía. Vaya profesionista, el único de los cuatro hermanos, hinchado, disminuido, triste, ahogado en sus propias reflexiones. La música corría, por supuesto, era la hora de las complacencias para mi hermano mayor, cuando quiso agarrar la botella para beber le dije que no, que se sentara, y noté que se había meado encima. Le señalé su gracia, ya que parecía no estar al tanto, sentí ganas de llorar, le presté un pantalón. Le quité su botella y lo mandé a dormir, pero se fue a la calle y ahora el tequila me lo estoy tomando yo.

De pastor

Hipnóticamente, parpadeaba el foco trasero de una bicicleta de policía que, despacio, circulaba por la calle y pasaba enfrente de mí mientras me llevaba a la boca mi quinto taco de pastor para darle una buena mordida. Estrechada, mas no estrecha, estrechada por los coches estacionados a los lados, la calle atiborrada de noctámbulos perdidos exigió un sacrificio que aceitara sus engranes. En el cielo no había estrellas, o, si se quiere, en las estrellas no había brillo, el punto es que era una noche negra, pasó un vocho ruidoso echándose pedos por el mofle, y ahora es cuando debo reconocer pese a todo la destreza del chofer al conducir en zig-zag en un espacio tan limitado, por mi parte le cortaría las manos para que no volviera a tocar un volante en su vida, sin embargo, de algún modo se las arregló para irse limpio. El poli montado en la bici apuró el pedaleo con sus botas gastadas, la luz guiñando en el asiento, tragué un bocado. Y, en seguida, el taquero que atendía el changarro cayó fulminado de un infarto cerebral. Aquella noche también me bebí un Jarrito de limón.