miércoles, 8 de diciembre de 2010

Eco de un aliento

Desde el eco quebradizo de tu voz atormentada se oye una sábana en llamas de seda verde que amenaza con destruir la calma en desesperilandia. Te hago notar si no lo has hecho que aquí dentro la altura del cielo está a tus pies y hay un abismo entre las nubes ¿Hace cuántas nubes que no ves el sol? ¿Hace cuántos soles que no te llueve? ¿Hace cuánta agua te ahogaste? ¿Hace cuántos años que no te desahogas? ¿Hace cuántos gritos que no haces eco?
Gente viajando de aquí para allá en las fauces secas de una lengua gruñona a través de mi cabeza. Se pisan. Se gritan. Se arrebolan. Se olvidan de sí mismos. El cielo colmado de cuerdas que cuelgan tu nombre que no perdona que, no habla, que no se acuerda de mí.
Estamos tan cerca del roce pero nos separa una tempestad en calma como la marea de una lágrima desvelada en la memoria. Me dices con la vista Era mentira. No lo creo ni un instante porque sé que Era verdad y te lo sostiene mi mirada fija en una seña particular de tu débil conciencia. Miras hacia fuera por el eco de un aliento deseando que el camino fuera un poco menos largo y no se cruzara con el mío. Pero sabes que en cuanto te encuentres sola desearás estar conmigo tanto como estar sin mi.
Desde el eco quebradizo de tu voz atormentada escapa una débil palabra antes de que abandones el lugar común. Adiós. No hemos vuelto a coincidir pero olvidaste desalojar tus pertenencias de mi mente y no me acostumbro todavía a soñarte cada noche.

La noche navegable

Se apagaron las farolas de la calle y ya no se oye el rumor de la televisión. En cambio, se escucha un suspiro unánime de toda la gente que, como yo, se ha quedado sin conexión. Hacía tiempo que no sucediía esto. Fue hace ya cinco extensos minutos (si uno se pone a pensar que el universo se creó en un santiamén, cualquier lapso offline es mucho rato), aunque me alegro un poco, ya que desde hace días no me desconecto de la web…(el foco parpadea… la luz ha vuelto) La luz volvió, pero haré caso omiso. Necesito alejarme del ciberespacio, sólo que es tan adictivo y tan entretenido perder el tiempo navegando, que de veras me cuesta no estirar la mano con el índice apuntando firmemente hacia el botón de encendido.
En internet las horas corren a un vertiginoso megabyte de velocidad y al despegarme de la pantalla un momento, noto angustiado que ya anocheció.
Lo mejor será apagar el foco y hacer de cuenta que sigo a oscuras con una vela sobre la mesa. Pongo algo de música del celular (las bocinas que le compré suenan bien) y pongo la cabeza en otra cosa ajena a las tres dobles úes.
Música, el lenguaje universal. Por cierto, en Youtube uno encuentra hasta la canción del tío rockstar que no pasó de wannabe. Ahora comprendo a Muelas, a Leo, a Wacaleón, y a tantos amigos que llevan ya varios años en el ciberviaje y siguen sin dar signos de recuperación, si en tan solo unos días yo mismo he desarrollado una fuerte dependencia a Facebook, será por lo bien que logro ocultarme tras el MURO. Si la vida transcurriera allí, creo que todos tendríamos bien fijas nuestras metas: reunir contactos, comentar, unirse a la Pet Society, hacer una encuesta por semana.
Se consumió la vela, hay que encender la luz otra vez, el ordenador. Echar un último vistazo de media noche a la red, despejar algunas dudas en Wikipedia. Y es que no entiendo porqué conformarse con un cerebro mediocre, de primera generación y sin Reset, si acá tengo Intel~inside, además, ni en casa me reciben como lo hace Google Chrome, ni mis amigos podrían ser más atentos y cordiales de lo que son en Messenger, y, por último, mi avatar por fin le hace justicia a mi valiente apellido.