Basado en hechos casi reales









Testimonio real/El día que me mordí la lengua
Todo empezó a derrumbarse en mi cabeza un  soleado domingo de verano. Everything started collapsing in my head one sunny Sunday in the summer. Desperté sudando del cuello y de la nuca. Woke up sweating in the neck and the nape.
    Shit. Mierda. Chingá. Fuck.
    Ni siquiera me había percatado de lo que estoy haciendo. Trataré de narrar mi extravagante caso en mi lengua materna. Si acaso llego a recurrir al inglés, pido al lector paciencia y mil disculpas, ya que es síntoma de mi grave enfermedad. So, I’m sorry. Mas tiene la ventaja de ser una clara evidencia de la veracidad de mi historia.
    Amanecí, como decía, empapado en sudor. Menos mal que Rebeca no se había quedado a dormir la noche anterior, she really hates la humedad de mi cuerpo. Es decir: detesta que transpire tanto. Estaba crudo y con ligera jaqueca. It was a hard night la noche anterior y no me sentía muy descansado que digamos. Saqué la última cerveza del refrigerador y puse a calentar el desayuno: un plato de pancita sebosa del día anterior. Yumi-yumi. (¿Ese qué idioma fue?) Prendí la tele para ver si todavía estaban las luchas de la Triple AAA pero ya habían terminado. After all, no era tan temprano como había pensado en un principio. Miré el reloj de la pared y marcaba ¡las tres de la tarde! Un nuevo récord, pues nunca había pasado de las doce del mediodía.
    Me serví el plato tibio. Haciendo la grasa hacia un lado con la cuchara, terminé la mitad. Luego, la cerveza me cayó de maravilla bebida en dos tragos. Por cable pasaban una película en francés, pero a mí esa lengua siempre me ha dado fuertes mareos, así que apagué la tele. Decidí salir por más cervezas o tal vez una botella. Al fin y al cabo, el lunes era feriado.
La calle estaba vacía y no era para menos, pues el calor era abrasador. Había que estar loco para estar afuera. Loco o sediento. Además, mucha gente pasó fuera el fin de semana y la ciudad se quedó desierta. A mí, Rebeca me invitó a Cuernavaca con sus papas, pero no quise ir porque los viejos me odian y el sentimiento es mutuo.
La mayoría de los negocios se hallaban cerrados y ya que tengo ciertos problemas con los dependientes de las tiendas cercanas que sí trabajaron, tuve que ir a la licorería, que estaba un poco más lejos, y a riesgo de que también se hallara cerrada. Al llegar y ver la enorme botella inflable de tequila a la entrada solté un suspiro de alivio. La toqué discretamente para asegurarme de que no se trataba de un espejismo y entré. Había encontrado un oasis.
    Me palpé las nalgas, saqué la cartera y le pedí su opinión: cerveza. Mucha cerveza. Mucha cerveza fría, acordamos. Me acerqué al mostrador.
    Hi, afternoon. It’s so hot out there, you know? Dije inconscientemente, sin darme cuenta todavía de lo que hacía. El dueño estaba sentado en una silla reclinable con la cabeza hacia atrás, inflaba el estómago como un globo cada vez que respiraba, tenía la camiseta sudada y sucia y se espantaba las moscas con su gorra de los Pumas. Al escuchar mis pasos se talló los ojos y se levantó diciendo algo en una lengua que fui incapaz de entender en ese momento:
    Buenas, ¿Qué va a llevar hoy?
    Sorry? Contesté, y nos quedamos mirando confundidos el uno al otro, sonreí nervioso y dije Gonna take two six-pack of Modelos, extra cold, please.
    ¿Va a pedir algo o…? Dijo señalando la salida.
    Tal vez está drogado, pensé, y decidí irme más lento y ser más gráfico. Saqué un billete de a doscientos y repetí Give me twelve beers, if they aren’t cold it’s OK. I’ll put them in the freezer. Y apunté hacia mi objetivo.
    Oh, latas, ¿cuántas quiere y qué juego trae ora?, ¿quiere practicar su inglés conmigo? No, yo siempre fui cabeza dura para el estudio. Pero mi hermano el menor, ese sí salió listo… para el atraco, digo, porque se volvió banquero.
Al ver mi cara de estupefacción, se calló unos segundos.
Está bueno, le voy a seguir la jugarreta, ¿cuántas querer llevar, mister?, ¿guan, tú, tri?
    ¿Séniorr? ¿Ono, dous, tries? Pobre hombre, estaba tan excedido, que apenas si le entendí eso último. Me preguntaba la cantidad, supuse. Le mostré mi palma abierta contando los dedos, Five, ten, twelve… y ya no hubo contratiempos, tomó mi billete, se cobró, me entregó la mercancía con el cambio y salí corriendo.

    Me gusta el trago, no lo voy a negar, pero soy responsable de mis actos y de mis fechorías, cumplo en el trabajo, cumplo con el casero, cumplo con Rebeca, así que no me parece tanto una adicción, sino un gusto muy arraigado. Mis colegas lo saben y muchos hasta lo comparten, específicamente Estela y Marco Antonio, él es hijo de uno de los jefes, ella, simplemente llegó por su cuenta. Se conocieron en la farmacéutica hace tres años, un mes después, ya vivían juntos. Yo entré a la compañía un poco después, pero de inmediato hice clic con ellos. Era común llamarnos los fines de semana para salir a algún lado, aunque yo aceptaba sólo cuando convencía a Rebeca de ir conmigo, pues nos estábamos dando otra oportunidad mi ex mujer y yo, por el bien de nuestro hijo.
Aquel fin de semana, ya que Rebeca y el niño se habían ido a una fiesta familiar a Cuernavaca, me sentía libre, tanto como había olvidado que se podía ser. Así que cuando Marco Antonio me llamó el sábado para invitarme a no se qué evento, I said immediately “Yes, of course, I’m in”. ¿Cómo iba a pensar que luego de esa borrachera se me borraría el casete? Sin sospechar mi inminente desgracia, me metí a bañar, me afeité y me arreglé, iba en plan de coqueteo pero sólo eso, dados los avances en mi relación con Rebe, no quería arriesgarme.
Se trataba del cumpleaños de un primo de Estela, el festejo fue en un bar en La Condesa, no recuerdo el nombre. Alcohol, droga, rock. Todo circulaba a manos llenas. Yo pasé la mitad de la noche bailando gracias a una pasta de excelente calidad.

Y, de vuelta en mi sillón, destapé la primera Modelo y le marqué a Rebeca para saber si ya venía de regreso, me contestó cortante y en un idioma que yo ya no entendía:
Dime, Mario.
Hi. Are you and the boy enjoying yourselves?
¿Perdón?, hubo un silencio largo hasta que me encargué de romperlo con mi nueva lengua.
Are you coming already? I’m waiting for you. Miss you.
Claro que no me entendió. Rebeca y yo nos conocimos en un curso de inglés que abandonamos juntos antes de aprender a decir Good morning. Su teoría era que amábamos tanto el castellano que cualquier otro idioma nos parecía simplemente hostil.
Ella dijo en un tono que me pareció más hostil que cualquier lengua del planeta:
No es un buen momento para jueguitos, tu hijo tuvo un accidente. Estuve tratando de localizarte toda la mañana pero supongo que estarías bastante… indispuesto. Como sea, me las tuve que arreglar sin ti, para variar.
What’s the matter with you? Is that a kind of code? Don’t understand you.
Sí, no te preocupes, el niño ya está bien, sólo se rompió un brazo. Tú puedes seguir con tus pendejadas pero olvídate de nosotros.
Y colgó.
Y volví a marcar, esta vez fuera de mis casillas, pues no soporto que nadie me deje hablando solo.
Fucking bitch, I wanna talk to my son. Right now.
Esa primera frase debió de entenderla a la perfección porque me respondió Fuck you, bastard, y, en seguida, colgó y apagó el teléfono.
What’s wrong with me. Algo pasaba conmigo. Podía sentirlo.
Prendí la tele y fue cuando me di cuenta de que había olvidado por completo mi lengua materna. Ya ni siquiera pensaba en español.

El rápido tictac del reloj de la sala hacía palpitar mi cerebro. Mi corazón rugía y balbuceaba algo que yo era incapaz de asimilar. Desesperado, fui corriendo al baño a mirarme en el espejo. No. No me había vuelto rubio ni ojiverde, y, mejor todavía: no me había transformado en una repugnante cucaracha. Al menos no peor de la que ya era.

Eso fue hace seis meses. Perdí mi trabajo, a Rebeca y a mi hijo. De inmediato compré por Internet decenas de cursitos en video para volver a aprender español (mexicano), pero era inútil, ninguno funcionaba. Mientras más me esmeraba en aprender, más parecían esmerarse los “Doctores de la Lengua” en confundirme. Incluso podría haber jurado que yo nunca antes había pronunciado palabra alguna en esa lengua tan arcaica que raspaba la garganta. Estaba desesperado y destruido. Y había perdido las ganas de vivir.
Fue entonces cuando descubrí ¡Espaniol, senior! En tan solo dos meses he tenido un avance asombroso. Como usted podrá notar, mi historia está narrada casi por completo en español, además, si usted da un click aquí, podrá encontrar su versión en inglés, para que coteje con su diccionario bilingüe a la mano. Porque, aunque arcaica y rasposa, ésta es una lengua must have en estos días.

Los doctores aun no han podido catalogar ni tratar mi caso, pero yo encontré por mi cuenta el mejor tratamiento: ¡Espaniol, senior! Lo recomiendo ampliamente.






Cagar
Viajero: has llegado a la región más humillada de la memoria.
Llego a un a todas luces violado abismo de dimensiones indefinidas en donde nunca antes había estado y cuyo tenebroso suelo nadie desearía jamás pisar. Voy por el pasillo y en mi camino tropiezo con formas aberrantes, espectros, cadáveres de lo que alguna vez fue gente hasta que se hartó de serlo. Es evidente el daño, la vejación que ha causado el hombre a su paso por sí mismo.
Este es el centro de la Tierra y eso me lleva a suponer que el aire que llena los pulmones aquí no puede, no debe ser fresca brisa que agradece el cuerpo, sino ardientes partículas de beligerante oxígeno que uno quisiera atreverse a rechazar. Se siente la presencia de la luna ahí arriba colgando de un delicado hilo, como la cordura dentro de ese enjambre cerebral que uno lleva sobre sus hombros, a punto de caer y romperse en mil pedazos. Esta imagen parece sacada de la oscura leyenda de un siniestro cuento de hadas, sin embargo, es la enfermiza realidad de un mundo al que sus habitantes le han dado la espalda.
Un tropiezo cuesta caro en este país de ciegos y de bestias mitológicas que harán cualquier cosa por llegar salvos al siguiente día. ¿Cómo es posible que ese dragón putrefacto haya conseguido sobrevivir a la evolución de las especies y seguir devorando impunemente personas para escupir sus tristes restos unos metros más allá?
No cabe duda: a veces cagamos y otras veces nos cagan.






...que alegra la vida
Lo difícil fue el primer trago, igual que con casi toda bebida alcohólica. Raspaba y calentaba la garganta como el tequila, le calmó las ansías locas de beber mejor de lo que lo hubiera hecho una cerveza en tarro frío, incluso imprimía elegancia y  buen gusto a su poseedor el frasco, como un whisky de alta etiqueta.
Joaquín le dio otro sorbito a la botella y luego abrió la regadera para aparentar que tomaba un baño. Al ver su mueca de aborrecimiento en el espejo un pensamiento, o, si acaso ni eso, un comentario del subconsciente, hace mella en su ánimo: Has descendido otro escalón. Se mira reflexivamente y luego al frasco y después bebe la mitad de un madrazo. Para su agradable asombro el líquido pasa diáfano esta vez, se seca los labios con el antebrazo, baja la tapa y se sienta en el retrete, odiando al mundo porque todo su mundo en este momento se ha reducido a un par de habitaciones, una cocina, baño, sala y comedor. No puede salir a la calle, la puerta tiene cerrojo y saltar desde la ventana no es buena idea si se vive en un quinto piso. Su madre está en la sala viendo televisión y desde allí le grita que la cena está lista. Pero Joaquín no tiene hambre, ni sueño, ni siquiera sed, él lo único que tiene son ganas de volverse a emborrachar, y por eso da el último trago y termina la botella. Ahora sólo hay que rellenarla con agua. La cara que va a poner su madre cuando descubra que su perfume de Carlo Corinto no es más que vulgar agua simple. Pero Joaquín ni se inmuta porque ya había pensado en ese detalle y sabe, según sus cálculos, que la próxima fecha probable para que su madre lo utilice es navidad, así que tiene dos semanas para comprar una imitación y sustituirlo. Por ahora lo que hace es escabullirse a la habitación de su hermana en busca de CH.
Su aliento tiene notas de ámbar, naranja, pera, jazmín, melón, como la mujer optimista y brillante que alegra la vida.

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