Lo primero que vio al despertar fue una gorda y gris cochinilla deambulando cerca de su pestilente boca.
Estaba encerrado en el soleado aunque poco glorioso patio trasero de su propia casa. Tenía hambre, sed, sueño, calor. En algunas partes el mastuerzo le llegaba hasta la cintura y seguía creciendo imperceptiblemente mientras a él la vida se le escapaba a borbotones por la boca. Nada más despertar y darse cuenta en dónde se encontraba, se levantó del pasto terroso tan bruscamente que le vino una náusea. Vomitó un chile güero, siete tortillas, dos piezas de pollo y mil ochocientos mililitros de escocés de dieciocho años. De la basca emanaba un olor repulsivo, mezcla de aromas de alimentos y bebidas echados a perder dentro de un refrigerador dañado, le echó tierra a la fétida mancha con sus zapatos antes de caer en la cuenta de que eran los más caros de su guardarropa. La copa de un pino se mecía gentilmente al otro lado de los altos muros de su jardín, lejos, en la punta de un cerro, un grupo de hombres trabajaba en una construcción. Evidentemente, el mundo seguía rotando afuera, sólo que lo hacía mucho más lentamente que su cabeza, la cual, de haber sido un planeta, habría tenido días de un parpadeo de duración. La puerta, que era corrediza y de un vidrio no muy grueso, estaba cerrada por dentro, al igual que la ventana que daba al interior de la casa, y que su afónica garganta. Se paseó desesperado como perro del mal por las cuatro esquinas del diminuto traspatio, no quería tomar medidas extremas todavía, no empezaría a desmadrar su casa sino hasta, por lo menos, haberla terminado de pagar, y para eso faltaban varios miles de pesos. Miró su reloj Tissot, en unos minutos darían las doce del mediodía. Sabía que era domingo, sabía que era su cumpleaños, sabía que la noche anterior lo había festejado en grande, ¿cómo?, no lograba recordarlo, por lo que tenía la plena seguridad de que fue una noche inolvidable, de esas que se borran automáticamente con el alba para que las pueda uno recrear más adelante, no con la memoria, sino de forma presencial otra vez. Buscó su teléfono celular en las bolsas de su fino pantalón, en la de su no menos elegante camisa blanca (tendría que llevarlos a la tintorería apenas consiguiera salir de su prisión), no lo llevaba consigo, lo más posible era que lo hubiera perdido durante la parranda, el tercero en un año. Tampoco encontró su cartera, no obstante, puesto que era un hombre precavido, tenía sus plásticos asegurados. Lo único que traía encima, además de una resaca que sólo un campeón soportaría con estoicismo, era un triste billete de veinte. ¿Cómo es posible que gane tanto y no tenga gran cosa?, se preguntaba, Maldito alcohol, dijo en voz alta y en tono de guasa. Orgulloso, siempre afirmaba (y probaba) que su doctrina era gastar, gastar, y gastar. El dinero entristece si se le salva, les decía a sus amigos con mucha frecuencia, cuando éstos le preguntaban por qué no poseía ni siquiera un coche usado, No sé ahorrar, remataba finalmente. Y ahora ahí estaba, sudando como un atleta por todos los poros de su piel, con un triste billete de veinte doblado por la mitad y sin tarjetas de crédito a las que recurrir en lo que llegaba la quincena nuevamente. Le pediría prestado a algún colega, sólo faltaban cuatro días para el fin de mes, con doscientos pesos por día podría arreglárselas. Pero primero, lo primero, debía salir de ahí, o, mejor dicho, entrar, entrar en su hogar, fresco hogar, donde lo esperaban como mínimo seis cervezas helándose en el frigorífico y un reconfortante y costoso sillón de piel, única pista de que allí, a un lado de las escaleras, estaría la sala en cuanto terminara de comprar los muebles. De qué artimañas se había valido la noche previa para ponerse bajo llave seguía siendo un misterio para él. Debió haber necesitado la ayuda de alguien más, o pudo ser que, recordando sus años mozos de estudiante, se haya brincado la barda, justo igual que en secundaria, cuando se escapaba junto con otros vagos de su generación para ir a jugar dominó o futbolito.
Fuera como fuera, ya estaba dentro y ahora tenía que ingeniárselas para escapar sin hacer destrozos. Alzó la vista para mirar las dos ventanas que las paredes no alcanzaban a ocultarle en lo alto de las casas contiguas, el redondo sol, contrastando con y prendido al cielo como un majestuoso huevo frito, lo deslumbró unos segundos. Malditos vecinos, ninguno daba señales de vida. Por otro lado, de qué le habría servido que alguno se hubiera asomado, seguramente se carcajearían desde su torre y le dirían con un enorme y saludable vaso de agua de Jamaica en la mano que eso y más tenía merecido por ser sumamente problemático y escandaloso. Dado que no había puesto cortinas todavía, podía verlo todo por los cristales, lo cual acrecentaba su rabia y desesperación, cinco milímetros de grosor lo separaban de tumbarse en un suelo frío, bajo un techo sólido, en un ambiente limpio, pues ahí las moscas se habían comenzado a congregar alrededor del mórbido vómito. Se acercó a la frenética junta dando patadas y manotazos para dispersarlas, sin embargo, lo único que consiguió fue malhumorarlas a su mismo nivel. Zumbaban las moscas por sus sienes y sentía el repugnante contacto que hacían sus palmas con los insectos en el aire. Inútiles sus palmadas, desistió de atacarlas y optó por retroceder con lentitud haciendo con las manos una señal de Mil disculpas, caballeros, disfruten del banquete, y pegó la cara al vidrio de la puerta. Ahí estaban su laptop de última generación y su juego de pluma y lapiceros Montblanc sobre la mesa del comedor, también había un montón de discos dispersos, algunos de los cuales aún conservaban su empaque de celofán, dos tazas de café a medio consumir, un cuaderno abierto en una rayada hoja multicolor (como si una niña de unos seis años hubiera dibujado sobre el lienzo) y un betabel partido por la mitad. A duras penas sabía cómo echar a andar un ordenador, no recordaba haber tenido jamás estilográficas tan bellas, ni gustar del tipo de música que se adivinaba en las portadas de los cedes, hacía años que no bebía una buena taza de café, y, además y afortunadamente (pensaba), todavía no tenía hijos, pero lo que le causó más confusión fue, sin duda, la asquerosa visión de esa remolacha colorada cuyo jugo seco se hallaba fuertemente adherido al plato donde se rebanó. Ya fuera por su desagradable sabor, o porque le evocaba el cuadro de su fugitiva madre abandonándolo en mitad de un parque a los ocho años con nada más que una bolsa rebosante de rojo extracto que legarle, odiaba el betabel en todas sus formas, lo detestaba quizás más que a la sobriedad, inclusive quizás un poco más que a la humanidad. La fotografía de una tierna pequeña de mejillas sonrosadas descansaba en un marco de plata sobre una repisa al fondo del comedor.
Decidido a ponerle punto final a su encierro, el tipo se quitó su ostentoso reloj, lo sopesó en su mano unos segundos y acto seguido, lo lanzó contra la ventana, formándose un considerable hueco por el cual metió el brazo para quitar el seguro. Mientras cruzaba como un ladrón, primero una pierna, luego la otra, la puerta de calle se abrió con parsimonia. El alcohol le había jugado espejismos anteriormente, miró su mano izquierda empapada en sangre, la carátula de un reloj marcando cinco para las doce tatuada en la muñeca, era la hora en que su progenitora lo abandonó treinta y dos años atrás, desde entones había vivido en la indigencia. Él no era rico y nunca lo sería, no bebió escoces de dieciocho años la noche anterior que cumplió cuarenta, sino un galón de charanda, y su gran cena había consistido en las sobras que una vieja le dio por no tirarlas a la basura. En el umbral principal se hizo visible la imagen de un hombre robusto de ojos pequeños que venía cargado de maletas, detrás de él, su mujer y su hija entraron sonriendo y luciendo unas pieles espectacularmente bronceadas gracias al sol de verano.
jueves, 16 de junio de 2011
Avisos oportunos
Hojeaba el periódico con desgana, sin poderme sacar de la cabeza que con esos doce pesos que gasté en él pude haberme tomado una cerveza (a pesar de que ya era un mariguano descarado, a esa edad apenas hacía mis pininos en el alcoholismo), pero necesitaba buscar trabajo y, ya que nosotros nos contábamos todavía entre las cavernícolas familias sin internet en la colonia y a mí los cibercafés me parecían tan repugnantes como los baños públicos, la mejor opción era el Aviso Oportuno dominical.
Quisiera resaltar que he dicho que en aquella época necesitaba BUSCAR trabajo, no hallarlo, mucho menos ejercerlo. Así conseguía dinero de mis viejos, a quienes engañaba fácilmente con sólo vestirme bien y salir en las mañanas con una carpeta bajo el brazo izquierdo, a veces el derecho. Me ausentaba por horas, compraba un paquete de chicles Clorets y me unía al charco que conformaban las gotas gordas sudadas por los montones de holgazanes junto con los montones de gente productiva al caminar durante horas bajo el sol. ¿A dónde iba? Ya lo he mencionado: a buscar trabajo. Es decir, me cercioraba de que las direcciones que aparecían en los clasificados de hecho existieran, de que ahí me aguardaba el empleo perfecto, era bueno saber que había disponible una vacante en cualquier parte para el puesto de lamehuevos, sin embargo, por el momento me gustaba mi condición de pelagatos. Entraba en cualquier edificio, por imponente que fuera, con pasos decididos, desplazándome de aquí para allá con total soltura, dueño de la situación. Saludaba con familiaridad a los guardias, a las recepcionistas, a los de la limpieza, a las secretarias. Miraba a los ojos y sin parpadear a quien estuviera del otro lado del escritorio recordando alegre que no le daría la oportunidad de humillarme y burlarse de mí a cambio de esos salarios ridículos. Con una actitud tan positiva, ¿quién sería capaz de desaprovecharme?, nadie. Normalmente para mediodía, si sólo me abocaba a cazar trofeos, ya había conseguido al menos tres empleos: dependiente de alguna tienducha de conveniencia, “Asesor telefónico”, capturista de datos, vendedor de cosméticos chinos, ¿cuál más acartonado?, no sabría decirlo. Otras veces lo único que hacía era tumbarme bajo la sombra de un árbol, perdido en la inmensidad de un parque para, tranquilamente, fumar sendos churros y leer novelas de Henry James mientras mi padre creía que andaba en busca de una ocupación más o menos decente. Me daba algún dinero para comer fuera porque casi siempre demoraba 6 o 7 horas en regresar, no eran las perlas de la virgen pero alcanzaba para seguir comprando libros usados y botellas de tequila adulteradas que a pasos agigantados mermaron mi vista, tanto los tequilas como los libros. Al volver a casa, sólo debía poner mi más sincera cara de idiota y decir: “Quedaron de llamarme en el transcurso de la semana”, para liberarme de preguntas y sospechas. Después de la cena, usualmente le describía a mi madre a detalle la elegancia del interiorismo de las oficinas que visitaba, y ella siempre me decía, con ilusión, “Cuando trabajes allí vas a usar un traje limpio todos los días de tu vida”, con su característica lentitud exasperante.
Bueno, pues, una vez hecho este paréntesis, vuelvo a aquél… el tiempo dice que distante domingo, aunque la memoria lo contradice teniéndolo con frecuencia a la mano, claro e imborrable. Tenía ya anotados en mi libreta los nombres de un par de multinacionales: empleado de intendencia en una mueblería y recadero de una barra de abogados de pacotilla. Buscaba empleos viables para alguien que apenas si acabó la preparatoria abierta, ya que a pesar de no estar interesado en ellos, odiaba ser rechazado. Eran aproximadamente las ocho de la noche (lo peor lo dejaba para el final del día), cuando, en mi habitación, sonó mi celular, tono de llamada: I can’t get no (Satisfaction). Yo no lo oí, enroscado como estaba en un rincón de la azotea, completamente drogado, con el periódico y la libreta para hacer apuntes en el suelo, pero cuando bajé a mi habitación treinta minutos después, el botón de menú palpitaba sereno y eso era señal inequívoca de que alguien quiso hablar conmigo y no respondí.
Se trataba de una antigua compañera del colegio, Sandra, pero eso no lo supe sino hasta luego de haber marcado el número desconocido que aparecía en el identificador de llamadas. Al principio me causó algo de desconcierto a razón de que no era yo una persona muy sociable que anduviera dando su número telefónico por bares y antros. ¿Quién sería?, me pregunté, no tenía novia ni amigas y sólo un par de camaradas me buscaban los fines de semana para agarrar la jarra. Apreté dial y esperé a que me diera línea. Tardó un poco, y, cuando al fin sonó la bocina del otro lado, mi madre entró con una taza humeante de té a la habitación. Tuve que colgar de inmediato, pues si me hubiera visto hablando se habría quedado ahí sentada, preguntándome ¿Quién es?, ¿qué quiere?, ¿sólo saludar?, qué amable, agradécele y acompáñame a ver la tele. Así era ella en esos tiempos, aprovechaba cualquier ocasión para reclamarme como suyo, Aquí te traigo una tacita caliente, tómatela con cuidado antes de que se enfríe, me dijo. Puse el seguro y volví a marcar, sonaron siete timbres y luego contestó ella.
¿Diga?, respondió jadeando Sandra al otro lado de la línea, por poco y no hubiera escuchado, distraída como estaba lavándose el cabello en el baño, pero el teléfono celular, de tanto vibrar, cayó de la cama al suelo y eso sí que lo oyó.
Su respiración era agitada, me dijo Diga y le dije Hola, ¿quién habla?, No sé, ¿con quién quieres hablar?, luego rió con desparpajo y añadió, Ratoncito, ¿cómo has estado? no has cambiado nada, se nota por el puro tono de tu voz que sigues teniendo doce años, ya crece, ¿no?
Hola, ¿quién habla?, contestó la voz tímida de un tipo que, se notaba a leguas, no sabía iniciar una conversación. En los labios de Sandra se dibujó una blanda sonrisa, Ay, ratoncito, pensó enternecida, Tú siempre tan poca cosa.
Supe de quién se trataba antes de que me lo dijera, ratoncito era el apodo que ella escogió para hacerme menos en la secundaria, y, teniendo en cuenta lo despiadada que era con los niños de mi tipo (o sea, los inadaptados, los debiluchos, los pazguatos que no destacábamos en nada), era casi un cumplido. Habla Sandra, ¿te acuerdas de mí?, cómo decirle Por supuesto, si sigues siendo la dueña de mis puñetas, Sandra… Sandra… cavilé como quien no quiere la cosa, Claro, Sandra, qué sorpresa, ¿de verdad eres tú?, qué imbécil debí haberme escuchado.
Disfrutaba de su nerviosismo, le causaba un hondo placer notar que seguía teniéndolo en la palma de su mano aun después de tantos años, Cómo has estado… Yo igual… No, acabo de volver a la ciudad… ¿Sí? No me digas… Ah, pues muchas gracias… ¿Sigues escribiendo?... Qué lástima… Eso quisiera verlo… Hace cosa de una semana me encontré en el supermercado con Noé, él me dio tu número… El ratoncito, al otro lado de la línea, se movía de aquí para allá y no paraba de hablar frenéticamente, hasta que Sandra se despidió sin darle mayor importancia al asunto. Ratoncito, tengo que colgar, ha sido una alegría enorme, luego te llamo. Se sentó en la esquina de su cama y suspiró, una lágrima que le daba cosquillas en la mejilla cayó sobre uno de sus muslos. Había tenido que dejar el viejo barrio al terminar primero de secundaria porque a su papá le ofrecieron un mejor empleo en San Luis Potosí hacía ocho años, el negocio fue tan fructífero que el buen hombre se pudo al fin pagar una segunda mujer, un hijo bastardo y una casa chica, y todo marchaba sobre ruedas hasta que su mujer original lo descubrió y decidió dejarlo y volver al departamento de su madre en la ciudad. Ahora el único vínculo que Sandra tenía con su efímero pasado era ese chico raro que no paraba de mirarla en el salón de clases. Y eso era algo que la deprimía mucho. Se recostó, estiró la mano para alcanzar una almohada y se quedó dormida sin darse cuenta, con el cabello húmedo.
No pude dormir esa noche de la emoción, recordando la vez que, estúpida y patéticamente, la defendí de Lalo, un alborotador gordo de diez metros de altura que, siempre que podía, se sentaba detrás de ella y no dejaba de manosearla hasta que, harta, Sandra se levantaba y le pedía a algún otro niño que cambiaran de lugar, su carisma e inteligencia la llevaron a ser votada casi por unanimidad jefa de grupo y podía hacer eso, podía poner en su lugar a cualquiera, excepto a Lalo, que era su primo. A mí nunca me lo había pedido, ni siquiera me volteaba a ver, a pesar de que yo no le quitaba el ojo de encima durante todo el día. Esa mañana, al levantarme a sacarle punta a mi lápiz, me alcanzó y me dijo en voz baja Tú que tienes pinta de ratón, ve a espantar a ese elefante, entonces, volví por mi mochila y me cambié de asiento, orgulloso de ser por primera vez elegido para semejante tarea. Sólo que me la tomé demasiado en serio. Antes de que llegara el profesor, volteé y, temblando de miedo, le di un fuerte aunque mal acomodado puñetazo en la barbilla al monstruo. En mis doce años de vida no había cometido un error tan grave como lo fue ponerme al tú por tú con ese enorme dinosaurio, y no lo digo tanto por la madriza que me propinó, sino porque inocentemente puse mis sentimientos al descubierto, mis compañeros se enteraron ipso facto de cuán enamorado de Sandra estaba.
Luego de escuchar la voz del ratón aquél domingo, a Sandra le fue imposible conciliar sus pesadillas, a cada rato se removía en la cama y sollozaba quejumbrosa soñando con lo que pudo haber sido de esa amistad si tan sólo la vida, por un capricho, no los hubiera apartado tan pronto. Soñaba también con la primera vez que se fijó en el ratón, ese niño apocado que lo único que aportaba a la clase eran ocurrencias disparatadas que casi siempre provocaban las carcajadas del grupo y la reprimenda de los profesores. En su pesadilla aparecía dando manotazos dentro del río de sangre que su primo, ese maldito, aborrecible, común personaje, había hecho brotar de la nariz del ratón tras asestarle un duro golpe, se ahogaba con los coágulos que tenía que tragar, luego brincaba de escena a la parte donde citaban a los padres o tutores de los tres para explicar cómo era eso de que Lalito molestaba, o peor aun, como el niño entrometido tuvo la osadía de proponer, ACOSABA, a su queridísima prima Sandra, y, por cierto, que quién era ese tipito para defender a su hija, su sobrina, la mejor estudiante de la clase, por cierto, que ese joven no era ningún tipito, tenía un nombre y un apellido fáciles de pronunciar como todo ciudadano civilizado, y que, como tal, se hartó de desviar la vista hacia el maltrato que ese gorila le daba a la linda criatura, que mi hija no es una linda criatura, que el mío no es ningún gorila de zoológico. Basta.
Despertó a las tres am soltando un resoplido y fue a la cocina a tomar un vaso de leche fría. Mientras más fría, mejor, se dijo. Se sentía en llamas, recordó el verso de una canción de Charly García. Rió. Se sentía contenta.
A la mañana siguiente salí temprano a cumplir con mi tarea, mi circo. Mi madre me despidió con un beso en la mejilla y deslizó un último billete de veinte en la palma de mi mano, Come algo, cada vez estás más flaco, me dijo. Mi primer destino era rumbo al Toreo de Cuatro Caminos. Cuando llegué noté que desde hacía tiempo el edificio ya estaba colmado de suplicantes a diferentes puestos: auxiliares, choferes, médicos, ingenieros, licenciados, y muchos pelagatos igual a mí. ¿Asunto?, me preguntó el pulcro oficial de la entrada, sentado tras un escritorio más largo y menos ordinario que su persona, Buenos días, comencé con amabilidad, esperé por la respuesta pero al notar que no la obtendría, continué, Vengo por… ¿Asunto?, repitió el puerco interrumpiéndome sin motivo, Solicito el puesto de intendencia, escupí sin más preámbulos. Me miró de arriba abajo despreciativamente con una mano en la barbilla y después dijo El sueldo es de mil ochocientos mensuales, me parece que también se dan vales de despensa, el horario es de ocho a seis, no hay tolerancias, debes ser muy puntual. Aquí se te da uniforme completo: guantes, botas, cubre bocas. Si estás interesado preséntate mañana a primera hora con original y tres copias de toda mi atención la tenía puesta en Sandra, en su voz, que seguía sonando tan familiar en mis oídos, como si no hubieran pasados ocho años sin recibir noticias suyas. Luego del aprieto aquel en que la metí por intentar defenderla me odió, según sus propias palabras, a muerte, durante una semana, luego, un miércoles, a la hora del recreo, se me acercó y me preguntó ¿Cómo va el ojo?, Bien, le contesté, Desinflamándose, la miré directo a sus bellos ojos con los míos de sapo y le dije lo más cursi que me vino a la mente, Por ti aguanto eso y más, y, en seguida, una bola perdida proveniente de las canchas de futbol me puso morado el otro lado, el derecho. Reímos y a partir de ese momento, para mi desgracia, nos volvimos los mejores amigos. Y, al final del primer año de secundaria, se fue.
Mi primera cita laboral quedó despachada de inmediato, sin necesidad de esperar largas horas ni hacer exhaustivos exámenes como la bola de profesionistas que se disputaban tres o cuatro sillas y un sueldo tan miserable como cualquier otro.
Llevaba diez días en la ciudad y necesitaba reajustar su vida al caos diario, buscar una nueva preparatoria, revalidar materias, conocer gente, ser vista. Sobre todo esto último, ya que irremediablemente había perdido el semestre corriente, podía hacer un poco de vida social mientras esperaba las reinscripciones. Sólo que no sabía por dónde empezar, sus amigas de la secundaria habían mudado de vivienda o de personalidad y se llevó un fiasco enorme al contactarlas, una de ellas tenía ya tres hijos y su trasero era tan grande como su mal genio y sus deudas. Patricia se había ido a Texas a perseguir el sueño americano de un chofer de la ruta dieciocho que nunca le cobraba el pasaje, a mitad del segundo año escolar. Adriana se había vuelto una amargada insoportable, Ivette trabajaba todo el día para mantener a su vieja madre, que, tras sufrir una apoplejía quedó discapacitada y no pudo volver a atender su puesto de quesadillas otra vez, la hija odiaba la cocina y se rehusó a seguir los pasos de la anciana a pesar de que el negocio dejaba buen dinero. Ahora, en la esquina hacia donde Sandra solía otear en busca de su amiga, no había nada, o, mejor dicho, había un hueco enorme que ninguna cantidad de masa y queso sería capaz de llenar. Rosa, Chavela y Coqui emigraron con tres tipos, primos entre ellos, a Sudamérica, fascinadas por sus detallados tatuajes y sus dorados músculos. Qué les pasó, se preguntaba Sandra, Alguien estupidizó a las niñas más listas de su generación. Cuánta contaminación, siento un nudo de smog en la garganta que no me deja respirar.
Cuando llegó al número quince de la calle Oro para visitar al ratón, se dio cuenta de pronto de que había envejecido ocho años de un día para otro, No seas melodramática, se repetía, Lo que te hace falta es ver una cara conocida y un poco alegre para variar. Noé sólo le había facilitado un número, Recuerdo el de su celular, no el de su casa, dijo el inepto, y Sandra trató de localizar al ratón durante la mañana para saber si podían verse, pues la noche anterior olvidó preguntárselo en la espera de que él lo propusiera, pero el momento no llegó y ahora el ratón no contestaba, así que decidió caerle de sorpresa por la tarde.
Estaba confundido hasta la médula (o hasta la madre, desconozco qué resulte superior). A esas latas de la adolescencia, la identidad, las adicciones, debía añadirles el regreso de mis sueños húmedos con un fantasma: Sandra. Me resultaba una tarea imposible imaginarla ahora que sabía que ella vivía más allá de mis recuerdos. Será que cuando decidimos almacenar en la memoria a alguien que ya no veremos por los motivos que sea, le despojamos de su vitalidad, no reparamos en la idea de que esas imágenes que se reflejan amarillentas y desgastadas en las lagunas de la mente podrían cerrarnos el paso una noche cualquiera en un apestoso callejón y llevarse nuestra cartera sin importarles siquiera a quién robaron, violaron o mataron.
Mi celular había vibrado cuatro veces mientras hacía mis entrevistas laborales, así que en ninguno de los cuatros casos pude responder al momento. Era Sandra, y por ese motivo no devolví las llamadas luego. No sabía qué decirle, ella seguía seguramente igual de bella como la recordaba o más, con un camino ascendente, con una sonrisa brillante, y yo, qué podía decir de mí: Soy un don nadie que engaña a sus viejos para sacarles dinero, soy un gran escritor en espera de la gran idea para plasmarla en papel, soy un drogata que pierde el tiempo leyendo las novelas verracas de un tal Bukowsky. ¿Qué mujer en su sano juicio habría querido tener tratos conmigo? Por otra parte, nada había que deseara más que verla y hablar con ella. Y hacerle el amor, habría dado mi colección de libros por hacerle el amor.
Caminaba rumbo al Metrobus para irme a casa cuando vi en el suelo un papel café y arrugado, Éste es mi día de suerte, me dije, me agaché para recogerlo antes de que se fuera por la coladera y era, efectivamente, un billete de quinientos pesos. Inmediatamente busqué una cantina donde gastarlos, unas cervezas me aclararían la mente. Encontré un pequeño lugar en la calle de Hamburgo.
Como declaré anteriormente, no estaba muy fogueado en cuanto a las artes del beber por aquél entonces, el dinero no alcanzaba más que para una o dos buenas borracheras al mes, tal vez por eso me embriagué de inmediato. Pedí una cerveza oscura que el mesero me cobró al momento creyendo que no llevaba para pagar. Le di fondo de un trago delante de él y ordené un Johnny Walker doble en las rocas ofreciéndole uno de los billetes de cien que me devolvió de cambio, No hace falta, voy a abrirte cuenta, me informó con una sonrisa de oreja a oreja. Salí dando tumbos y con la vista borrosa, las calles y las caras se estiraban como toffee aguado, en una esquina le grité Puto, ¿cuánto cobras? a un puto que no cobraba y se regresó y por poco me rompía la jeta, pero dos policías rápidamente vinieron en mi auxilio y me quitaron el último tostón que me quedaba alegando no sé qué falta administrativa. Así que tuve que tomar el camino largo porque ya sólo me alcanzaba para un boleto del Metro. Me arrastré hasta la estación Insurgentes y esperé el convoy. No sabría decir qué hora era pero el andén se hallaba atascado de gente, unos sentados, otros de pie dando desesperados pisotones en el suelo, era evidente que llevaban un buen rato esperando a ese deficiente ciempiés. A codazos me acerqué a la orilla para echar un vistazo. Al final del túnel (parecido a lo que dicen que sucede en el umbral de la muerte) divisé dos faros cuya luz crecía con lentitud. Ya viene, pensé, De aquí no me muevo. Sin embargo, pronto se armó el barullo al advertir los demás la proximidad del ansiado convoy. Las groupies se levantaron de un hábil salto arreglando sus peinados, los hipsters se olvidaron de su educación afrancesada aprendida en libros y películas traducidos mediocremente. Todos nos apiñamos en una delgada franja, imitando a las hojuelas de una barra de cereal prensado. Nadie estaba dispuesto a esperar el siguiente tren, ni yo, que ya bailaba para no orinarme. De pronto, resbalé, quizás con las cuerdas de mis zapatos, con alguna cáscara de fruta, con el tedio de vivir.
Esa noche los noticieros transmitieron una breve nota sobre un suicidio en la estación Insurgentes del Metro de la ciudad de México.
Desde entonces habito en su pensamiento, ordeno sus memorias, barro un poco. Y ella me repite constantemente con sus labios tan imaginativos: Las únicas personas realmente vivas son las que sobreviven en un recuerdo, lo demás es farsa.
Y quiero creerle.
Quisiera resaltar que he dicho que en aquella época necesitaba BUSCAR trabajo, no hallarlo, mucho menos ejercerlo. Así conseguía dinero de mis viejos, a quienes engañaba fácilmente con sólo vestirme bien y salir en las mañanas con una carpeta bajo el brazo izquierdo, a veces el derecho. Me ausentaba por horas, compraba un paquete de chicles Clorets y me unía al charco que conformaban las gotas gordas sudadas por los montones de holgazanes junto con los montones de gente productiva al caminar durante horas bajo el sol. ¿A dónde iba? Ya lo he mencionado: a buscar trabajo. Es decir, me cercioraba de que las direcciones que aparecían en los clasificados de hecho existieran, de que ahí me aguardaba el empleo perfecto, era bueno saber que había disponible una vacante en cualquier parte para el puesto de lamehuevos, sin embargo, por el momento me gustaba mi condición de pelagatos. Entraba en cualquier edificio, por imponente que fuera, con pasos decididos, desplazándome de aquí para allá con total soltura, dueño de la situación. Saludaba con familiaridad a los guardias, a las recepcionistas, a los de la limpieza, a las secretarias. Miraba a los ojos y sin parpadear a quien estuviera del otro lado del escritorio recordando alegre que no le daría la oportunidad de humillarme y burlarse de mí a cambio de esos salarios ridículos. Con una actitud tan positiva, ¿quién sería capaz de desaprovecharme?, nadie. Normalmente para mediodía, si sólo me abocaba a cazar trofeos, ya había conseguido al menos tres empleos: dependiente de alguna tienducha de conveniencia, “Asesor telefónico”, capturista de datos, vendedor de cosméticos chinos, ¿cuál más acartonado?, no sabría decirlo. Otras veces lo único que hacía era tumbarme bajo la sombra de un árbol, perdido en la inmensidad de un parque para, tranquilamente, fumar sendos churros y leer novelas de Henry James mientras mi padre creía que andaba en busca de una ocupación más o menos decente. Me daba algún dinero para comer fuera porque casi siempre demoraba 6 o 7 horas en regresar, no eran las perlas de la virgen pero alcanzaba para seguir comprando libros usados y botellas de tequila adulteradas que a pasos agigantados mermaron mi vista, tanto los tequilas como los libros. Al volver a casa, sólo debía poner mi más sincera cara de idiota y decir: “Quedaron de llamarme en el transcurso de la semana”, para liberarme de preguntas y sospechas. Después de la cena, usualmente le describía a mi madre a detalle la elegancia del interiorismo de las oficinas que visitaba, y ella siempre me decía, con ilusión, “Cuando trabajes allí vas a usar un traje limpio todos los días de tu vida”, con su característica lentitud exasperante.
Bueno, pues, una vez hecho este paréntesis, vuelvo a aquél… el tiempo dice que distante domingo, aunque la memoria lo contradice teniéndolo con frecuencia a la mano, claro e imborrable. Tenía ya anotados en mi libreta los nombres de un par de multinacionales: empleado de intendencia en una mueblería y recadero de una barra de abogados de pacotilla. Buscaba empleos viables para alguien que apenas si acabó la preparatoria abierta, ya que a pesar de no estar interesado en ellos, odiaba ser rechazado. Eran aproximadamente las ocho de la noche (lo peor lo dejaba para el final del día), cuando, en mi habitación, sonó mi celular, tono de llamada: I can’t get no (Satisfaction). Yo no lo oí, enroscado como estaba en un rincón de la azotea, completamente drogado, con el periódico y la libreta para hacer apuntes en el suelo, pero cuando bajé a mi habitación treinta minutos después, el botón de menú palpitaba sereno y eso era señal inequívoca de que alguien quiso hablar conmigo y no respondí.
Se trataba de una antigua compañera del colegio, Sandra, pero eso no lo supe sino hasta luego de haber marcado el número desconocido que aparecía en el identificador de llamadas. Al principio me causó algo de desconcierto a razón de que no era yo una persona muy sociable que anduviera dando su número telefónico por bares y antros. ¿Quién sería?, me pregunté, no tenía novia ni amigas y sólo un par de camaradas me buscaban los fines de semana para agarrar la jarra. Apreté dial y esperé a que me diera línea. Tardó un poco, y, cuando al fin sonó la bocina del otro lado, mi madre entró con una taza humeante de té a la habitación. Tuve que colgar de inmediato, pues si me hubiera visto hablando se habría quedado ahí sentada, preguntándome ¿Quién es?, ¿qué quiere?, ¿sólo saludar?, qué amable, agradécele y acompáñame a ver la tele. Así era ella en esos tiempos, aprovechaba cualquier ocasión para reclamarme como suyo, Aquí te traigo una tacita caliente, tómatela con cuidado antes de que se enfríe, me dijo. Puse el seguro y volví a marcar, sonaron siete timbres y luego contestó ella.
¿Diga?, respondió jadeando Sandra al otro lado de la línea, por poco y no hubiera escuchado, distraída como estaba lavándose el cabello en el baño, pero el teléfono celular, de tanto vibrar, cayó de la cama al suelo y eso sí que lo oyó.
Su respiración era agitada, me dijo Diga y le dije Hola, ¿quién habla?, No sé, ¿con quién quieres hablar?, luego rió con desparpajo y añadió, Ratoncito, ¿cómo has estado? no has cambiado nada, se nota por el puro tono de tu voz que sigues teniendo doce años, ya crece, ¿no?
Hola, ¿quién habla?, contestó la voz tímida de un tipo que, se notaba a leguas, no sabía iniciar una conversación. En los labios de Sandra se dibujó una blanda sonrisa, Ay, ratoncito, pensó enternecida, Tú siempre tan poca cosa.
Supe de quién se trataba antes de que me lo dijera, ratoncito era el apodo que ella escogió para hacerme menos en la secundaria, y, teniendo en cuenta lo despiadada que era con los niños de mi tipo (o sea, los inadaptados, los debiluchos, los pazguatos que no destacábamos en nada), era casi un cumplido. Habla Sandra, ¿te acuerdas de mí?, cómo decirle Por supuesto, si sigues siendo la dueña de mis puñetas, Sandra… Sandra… cavilé como quien no quiere la cosa, Claro, Sandra, qué sorpresa, ¿de verdad eres tú?, qué imbécil debí haberme escuchado.
Disfrutaba de su nerviosismo, le causaba un hondo placer notar que seguía teniéndolo en la palma de su mano aun después de tantos años, Cómo has estado… Yo igual… No, acabo de volver a la ciudad… ¿Sí? No me digas… Ah, pues muchas gracias… ¿Sigues escribiendo?... Qué lástima… Eso quisiera verlo… Hace cosa de una semana me encontré en el supermercado con Noé, él me dio tu número… El ratoncito, al otro lado de la línea, se movía de aquí para allá y no paraba de hablar frenéticamente, hasta que Sandra se despidió sin darle mayor importancia al asunto. Ratoncito, tengo que colgar, ha sido una alegría enorme, luego te llamo. Se sentó en la esquina de su cama y suspiró, una lágrima que le daba cosquillas en la mejilla cayó sobre uno de sus muslos. Había tenido que dejar el viejo barrio al terminar primero de secundaria porque a su papá le ofrecieron un mejor empleo en San Luis Potosí hacía ocho años, el negocio fue tan fructífero que el buen hombre se pudo al fin pagar una segunda mujer, un hijo bastardo y una casa chica, y todo marchaba sobre ruedas hasta que su mujer original lo descubrió y decidió dejarlo y volver al departamento de su madre en la ciudad. Ahora el único vínculo que Sandra tenía con su efímero pasado era ese chico raro que no paraba de mirarla en el salón de clases. Y eso era algo que la deprimía mucho. Se recostó, estiró la mano para alcanzar una almohada y se quedó dormida sin darse cuenta, con el cabello húmedo.
No pude dormir esa noche de la emoción, recordando la vez que, estúpida y patéticamente, la defendí de Lalo, un alborotador gordo de diez metros de altura que, siempre que podía, se sentaba detrás de ella y no dejaba de manosearla hasta que, harta, Sandra se levantaba y le pedía a algún otro niño que cambiaran de lugar, su carisma e inteligencia la llevaron a ser votada casi por unanimidad jefa de grupo y podía hacer eso, podía poner en su lugar a cualquiera, excepto a Lalo, que era su primo. A mí nunca me lo había pedido, ni siquiera me volteaba a ver, a pesar de que yo no le quitaba el ojo de encima durante todo el día. Esa mañana, al levantarme a sacarle punta a mi lápiz, me alcanzó y me dijo en voz baja Tú que tienes pinta de ratón, ve a espantar a ese elefante, entonces, volví por mi mochila y me cambié de asiento, orgulloso de ser por primera vez elegido para semejante tarea. Sólo que me la tomé demasiado en serio. Antes de que llegara el profesor, volteé y, temblando de miedo, le di un fuerte aunque mal acomodado puñetazo en la barbilla al monstruo. En mis doce años de vida no había cometido un error tan grave como lo fue ponerme al tú por tú con ese enorme dinosaurio, y no lo digo tanto por la madriza que me propinó, sino porque inocentemente puse mis sentimientos al descubierto, mis compañeros se enteraron ipso facto de cuán enamorado de Sandra estaba.
Luego de escuchar la voz del ratón aquél domingo, a Sandra le fue imposible conciliar sus pesadillas, a cada rato se removía en la cama y sollozaba quejumbrosa soñando con lo que pudo haber sido de esa amistad si tan sólo la vida, por un capricho, no los hubiera apartado tan pronto. Soñaba también con la primera vez que se fijó en el ratón, ese niño apocado que lo único que aportaba a la clase eran ocurrencias disparatadas que casi siempre provocaban las carcajadas del grupo y la reprimenda de los profesores. En su pesadilla aparecía dando manotazos dentro del río de sangre que su primo, ese maldito, aborrecible, común personaje, había hecho brotar de la nariz del ratón tras asestarle un duro golpe, se ahogaba con los coágulos que tenía que tragar, luego brincaba de escena a la parte donde citaban a los padres o tutores de los tres para explicar cómo era eso de que Lalito molestaba, o peor aun, como el niño entrometido tuvo la osadía de proponer, ACOSABA, a su queridísima prima Sandra, y, por cierto, que quién era ese tipito para defender a su hija, su sobrina, la mejor estudiante de la clase, por cierto, que ese joven no era ningún tipito, tenía un nombre y un apellido fáciles de pronunciar como todo ciudadano civilizado, y que, como tal, se hartó de desviar la vista hacia el maltrato que ese gorila le daba a la linda criatura, que mi hija no es una linda criatura, que el mío no es ningún gorila de zoológico. Basta.
Despertó a las tres am soltando un resoplido y fue a la cocina a tomar un vaso de leche fría. Mientras más fría, mejor, se dijo. Se sentía en llamas, recordó el verso de una canción de Charly García. Rió. Se sentía contenta.
A la mañana siguiente salí temprano a cumplir con mi tarea, mi circo. Mi madre me despidió con un beso en la mejilla y deslizó un último billete de veinte en la palma de mi mano, Come algo, cada vez estás más flaco, me dijo. Mi primer destino era rumbo al Toreo de Cuatro Caminos. Cuando llegué noté que desde hacía tiempo el edificio ya estaba colmado de suplicantes a diferentes puestos: auxiliares, choferes, médicos, ingenieros, licenciados, y muchos pelagatos igual a mí. ¿Asunto?, me preguntó el pulcro oficial de la entrada, sentado tras un escritorio más largo y menos ordinario que su persona, Buenos días, comencé con amabilidad, esperé por la respuesta pero al notar que no la obtendría, continué, Vengo por… ¿Asunto?, repitió el puerco interrumpiéndome sin motivo, Solicito el puesto de intendencia, escupí sin más preámbulos. Me miró de arriba abajo despreciativamente con una mano en la barbilla y después dijo El sueldo es de mil ochocientos mensuales, me parece que también se dan vales de despensa, el horario es de ocho a seis, no hay tolerancias, debes ser muy puntual. Aquí se te da uniforme completo: guantes, botas, cubre bocas. Si estás interesado preséntate mañana a primera hora con original y tres copias de toda mi atención la tenía puesta en Sandra, en su voz, que seguía sonando tan familiar en mis oídos, como si no hubieran pasados ocho años sin recibir noticias suyas. Luego del aprieto aquel en que la metí por intentar defenderla me odió, según sus propias palabras, a muerte, durante una semana, luego, un miércoles, a la hora del recreo, se me acercó y me preguntó ¿Cómo va el ojo?, Bien, le contesté, Desinflamándose, la miré directo a sus bellos ojos con los míos de sapo y le dije lo más cursi que me vino a la mente, Por ti aguanto eso y más, y, en seguida, una bola perdida proveniente de las canchas de futbol me puso morado el otro lado, el derecho. Reímos y a partir de ese momento, para mi desgracia, nos volvimos los mejores amigos. Y, al final del primer año de secundaria, se fue.
Mi primera cita laboral quedó despachada de inmediato, sin necesidad de esperar largas horas ni hacer exhaustivos exámenes como la bola de profesionistas que se disputaban tres o cuatro sillas y un sueldo tan miserable como cualquier otro.
Llevaba diez días en la ciudad y necesitaba reajustar su vida al caos diario, buscar una nueva preparatoria, revalidar materias, conocer gente, ser vista. Sobre todo esto último, ya que irremediablemente había perdido el semestre corriente, podía hacer un poco de vida social mientras esperaba las reinscripciones. Sólo que no sabía por dónde empezar, sus amigas de la secundaria habían mudado de vivienda o de personalidad y se llevó un fiasco enorme al contactarlas, una de ellas tenía ya tres hijos y su trasero era tan grande como su mal genio y sus deudas. Patricia se había ido a Texas a perseguir el sueño americano de un chofer de la ruta dieciocho que nunca le cobraba el pasaje, a mitad del segundo año escolar. Adriana se había vuelto una amargada insoportable, Ivette trabajaba todo el día para mantener a su vieja madre, que, tras sufrir una apoplejía quedó discapacitada y no pudo volver a atender su puesto de quesadillas otra vez, la hija odiaba la cocina y se rehusó a seguir los pasos de la anciana a pesar de que el negocio dejaba buen dinero. Ahora, en la esquina hacia donde Sandra solía otear en busca de su amiga, no había nada, o, mejor dicho, había un hueco enorme que ninguna cantidad de masa y queso sería capaz de llenar. Rosa, Chavela y Coqui emigraron con tres tipos, primos entre ellos, a Sudamérica, fascinadas por sus detallados tatuajes y sus dorados músculos. Qué les pasó, se preguntaba Sandra, Alguien estupidizó a las niñas más listas de su generación. Cuánta contaminación, siento un nudo de smog en la garganta que no me deja respirar.
Cuando llegó al número quince de la calle Oro para visitar al ratón, se dio cuenta de pronto de que había envejecido ocho años de un día para otro, No seas melodramática, se repetía, Lo que te hace falta es ver una cara conocida y un poco alegre para variar. Noé sólo le había facilitado un número, Recuerdo el de su celular, no el de su casa, dijo el inepto, y Sandra trató de localizar al ratón durante la mañana para saber si podían verse, pues la noche anterior olvidó preguntárselo en la espera de que él lo propusiera, pero el momento no llegó y ahora el ratón no contestaba, así que decidió caerle de sorpresa por la tarde.
Estaba confundido hasta la médula (o hasta la madre, desconozco qué resulte superior). A esas latas de la adolescencia, la identidad, las adicciones, debía añadirles el regreso de mis sueños húmedos con un fantasma: Sandra. Me resultaba una tarea imposible imaginarla ahora que sabía que ella vivía más allá de mis recuerdos. Será que cuando decidimos almacenar en la memoria a alguien que ya no veremos por los motivos que sea, le despojamos de su vitalidad, no reparamos en la idea de que esas imágenes que se reflejan amarillentas y desgastadas en las lagunas de la mente podrían cerrarnos el paso una noche cualquiera en un apestoso callejón y llevarse nuestra cartera sin importarles siquiera a quién robaron, violaron o mataron.
Mi celular había vibrado cuatro veces mientras hacía mis entrevistas laborales, así que en ninguno de los cuatros casos pude responder al momento. Era Sandra, y por ese motivo no devolví las llamadas luego. No sabía qué decirle, ella seguía seguramente igual de bella como la recordaba o más, con un camino ascendente, con una sonrisa brillante, y yo, qué podía decir de mí: Soy un don nadie que engaña a sus viejos para sacarles dinero, soy un gran escritor en espera de la gran idea para plasmarla en papel, soy un drogata que pierde el tiempo leyendo las novelas verracas de un tal Bukowsky. ¿Qué mujer en su sano juicio habría querido tener tratos conmigo? Por otra parte, nada había que deseara más que verla y hablar con ella. Y hacerle el amor, habría dado mi colección de libros por hacerle el amor.
Caminaba rumbo al Metrobus para irme a casa cuando vi en el suelo un papel café y arrugado, Éste es mi día de suerte, me dije, me agaché para recogerlo antes de que se fuera por la coladera y era, efectivamente, un billete de quinientos pesos. Inmediatamente busqué una cantina donde gastarlos, unas cervezas me aclararían la mente. Encontré un pequeño lugar en la calle de Hamburgo.
Como declaré anteriormente, no estaba muy fogueado en cuanto a las artes del beber por aquél entonces, el dinero no alcanzaba más que para una o dos buenas borracheras al mes, tal vez por eso me embriagué de inmediato. Pedí una cerveza oscura que el mesero me cobró al momento creyendo que no llevaba para pagar. Le di fondo de un trago delante de él y ordené un Johnny Walker doble en las rocas ofreciéndole uno de los billetes de cien que me devolvió de cambio, No hace falta, voy a abrirte cuenta, me informó con una sonrisa de oreja a oreja. Salí dando tumbos y con la vista borrosa, las calles y las caras se estiraban como toffee aguado, en una esquina le grité Puto, ¿cuánto cobras? a un puto que no cobraba y se regresó y por poco me rompía la jeta, pero dos policías rápidamente vinieron en mi auxilio y me quitaron el último tostón que me quedaba alegando no sé qué falta administrativa. Así que tuve que tomar el camino largo porque ya sólo me alcanzaba para un boleto del Metro. Me arrastré hasta la estación Insurgentes y esperé el convoy. No sabría decir qué hora era pero el andén se hallaba atascado de gente, unos sentados, otros de pie dando desesperados pisotones en el suelo, era evidente que llevaban un buen rato esperando a ese deficiente ciempiés. A codazos me acerqué a la orilla para echar un vistazo. Al final del túnel (parecido a lo que dicen que sucede en el umbral de la muerte) divisé dos faros cuya luz crecía con lentitud. Ya viene, pensé, De aquí no me muevo. Sin embargo, pronto se armó el barullo al advertir los demás la proximidad del ansiado convoy. Las groupies se levantaron de un hábil salto arreglando sus peinados, los hipsters se olvidaron de su educación afrancesada aprendida en libros y películas traducidos mediocremente. Todos nos apiñamos en una delgada franja, imitando a las hojuelas de una barra de cereal prensado. Nadie estaba dispuesto a esperar el siguiente tren, ni yo, que ya bailaba para no orinarme. De pronto, resbalé, quizás con las cuerdas de mis zapatos, con alguna cáscara de fruta, con el tedio de vivir.
Esa noche los noticieros transmitieron una breve nota sobre un suicidio en la estación Insurgentes del Metro de la ciudad de México.
Desde entonces habito en su pensamiento, ordeno sus memorias, barro un poco. Y ella me repite constantemente con sus labios tan imaginativos: Las únicas personas realmente vivas son las que sobreviven en un recuerdo, lo demás es farsa.
Y quiero creerle.
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