lunes, 22 de agosto de 2011
Dios quiera que no
Casi me siento un hombre distinto, ha sido una experiencia devastadora este proceso que lleva llegar a la madurez, lo odio, sobre todo porque mi cuerpo sigue resistiéndose a él, si tan solo ocupara un lugar físico, la desprendería de mí sin importar cuánto dolor implicara el acto. Pero qué tonteras digo, ¿de cuál madurez estoy hablando? Un hombre centrado no actúa como lo hago yo, afronta la realidad sin sobresaltos ni imaginación en lugar de buscar maneras de evadirla a toda costa. Reconozco que, al final de cuentas, la realidad es como una pared de cuyo encuentro uno no escapa, y mientras más rápida es la carrera, más fuerte será el golpe en plena nariz. Y, no obstante saber esto, soy de los que huyen desenfrenados hacia su propia destrucción. ¿Y aun así me atrevo a insinuar que estoy en la etapa final de la madurez definitiva? Dios quiera que no. No veo qué utilidad pueda sacarle a semejante fardo.
domingo, 21 de agosto de 2011
Sueño de una cheve de verano
Érase una vez un tarro frío de bambú repleto de cerveza colgando de una exageradamente delgada mano enguantada en nubes rojas que presagiaban desastre inminente en el fondo de la espuma azarosa de aquella crema sin pellizcar durante un sol de invierno binaural.
domingo, 14 de agosto de 2011
Grafito sobre papel
Desplazo suavemente el cuaderno sobre mi escritorio hasta colocarlo en el centro del mismo. Luego, lo abro por la mitad, releyendo, mientras me siento, la última cuartilla que redacté. Recojo el lápiz con el que ahora escribo, que estaba en la orilla de la mesa, pendiendo de un hilo, y noto que se siente pesado, mas sé que la torpeza de mis palabras no la causa el instrumento tanto como el grafito cuajado en las falanges de mis dedos. Aquí hay un romance en ciernes. El cuaderno, que está en celo y ovulando, seduce al lenguaje, ansioso también por descargar su flujo incontenible de palabras viajeras. Ahora que se han juntado el hambre con las ganas de comer, sólo es cuestión de coordinar los ritmos. Un buen trago siempre ayuda a estabilizar los nervios. Entonces, sin advertir ni cómo ni cuándo, sucede lo inimaginable, un trazo vacilante se va dibujando en la hoja hasta conformar una D, luego, después de la cabeza, surge por sí solo el cuerpo entero de la primogénita: e, s, p, l, a, z, o.
Es un placer ingrato éste, exige mucho y no devuelve nada, parece, más bien, un vicio.
Y se ha iniciado la riña más despiadada, la conversación entre uno mismo, la novela arrebatada dentro de la cual el autor no puede ocultar su protagonismo. El vecino de enfrente, el ordenador, que nada sabe de fluidos y caricias, mira anonadado el espectáculo, muriéndose de la envidia. Apenas nace una palabra, crece y da vida a otra a su costado, bien dicen que el fruto no cae lejos del árbol. Parece fácil, pero hay que leer con cuidado las líneas de la propia mano para alcanzar a expresar a medias lo que a tientas se sigue tratando de comprender.
Luego de un encontronazo que apenas duró unos párrafos ambas bestias terminan exhaustas y deciden darse unos segundos para recuperar la compostura y dejar de jadear, se miran cara a cara, confundidos, recelosos, como dos acérrimos rivales que se acaban de otorgar el perdón mutuo. Porque mentirosas y sinceras, fogosas e impertérritas, las palabras se traducen en amantes de nadie y de cualquiera. Hacen del laberinto sin salida que es la hoja en blanco una Babilonia inaccesible por lo espinoso de sus jardines.
No evitemos hacernos de palabras porque éstas son, más que una herramienta, la bomba nuclear, más que un accesorio, el motor del lenguaje, y sobre todo son, más que finas amantes, el amor definitivo. A escribir, pues, que de ese modo se hace el amor con la memoria.
Es un placer ingrato éste, exige mucho y no devuelve nada, parece, más bien, un vicio.
Y se ha iniciado la riña más despiadada, la conversación entre uno mismo, la novela arrebatada dentro de la cual el autor no puede ocultar su protagonismo. El vecino de enfrente, el ordenador, que nada sabe de fluidos y caricias, mira anonadado el espectáculo, muriéndose de la envidia. Apenas nace una palabra, crece y da vida a otra a su costado, bien dicen que el fruto no cae lejos del árbol. Parece fácil, pero hay que leer con cuidado las líneas de la propia mano para alcanzar a expresar a medias lo que a tientas se sigue tratando de comprender.
Luego de un encontronazo que apenas duró unos párrafos ambas bestias terminan exhaustas y deciden darse unos segundos para recuperar la compostura y dejar de jadear, se miran cara a cara, confundidos, recelosos, como dos acérrimos rivales que se acaban de otorgar el perdón mutuo. Porque mentirosas y sinceras, fogosas e impertérritas, las palabras se traducen en amantes de nadie y de cualquiera. Hacen del laberinto sin salida que es la hoja en blanco una Babilonia inaccesible por lo espinoso de sus jardines.
No evitemos hacernos de palabras porque éstas son, más que una herramienta, la bomba nuclear, más que un accesorio, el motor del lenguaje, y sobre todo son, más que finas amantes, el amor definitivo. A escribir, pues, que de ese modo se hace el amor con la memoria.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Aplausos
El hombre, en sus carnosas patas traseras, se sostiene erguido esperando unas graciosas palmadas como muestra de reconocimiento y afecto sincero, y, al momento de recibir su caricia es feliz. Y lo que es más, no teme demostrarlo mediante el travieso meneo de su rabo sucio. Sus ojos brillan en el fondo de ese charquito de ternura acuosa en las cuencas, sonríe con plenitud mostrando todos los dientes, blancos los frontales, amarillentos los del fondo, fuertes los incisivos, agudos los caninos, preparados para triturar con saña los bicúspides y los molares. No obstante encontrarse su autoestima en una cumbre casi inalcanzable, el hombre recuerda mirar por lo bajo como muestra de su pequeñez. No atina a decir nada, piensa que hablar, las más de las veces, echa a perder el momento, así que simplemente se deja llevar por el flujo de su torrente sanguíneo, que corre a una velocidad impetuosa capaz de levantar hasta la gris pinga de un muerto. Está excitado. Sus mejillas enrojecen más tras cada palmada, el universo entero le es ajeno. Vivirá alegre por muchos años evocando este recuerdo, por lo mismo, no pierde ni un detalle de la situación, vive completamente en el aquí y en el ahora, captando los preciosos instantes que complementan la escena: la placa con su nombre en letras grandes y doradas, el listón azul, sus mocasines lustrados cuidadosamente. La nariz en ristre para olfatear emociones, júbilo y tabaco sobresalen. Su propia saliva le sabe a un licor tan noble que no llega a aturdirlo ni al menos un poco. Al término de su función, el hombre sólo se hace a un lado para dar paso a otro hombre igualmente admirable, y así sucesivamente hasta el último diploma, hasta el último hombre.
El cronista de la desgracia
El cronista de la desgracia trabaja por puro gusto a la querella, pero el muy hijo de perra, aparte, recibe una jugosa comisión por cada línea denigrante que firma, el allanamiento es la morada donde reside su modus operandi, presencia la catástrofe humana desde su mismo epicentro y, cuando se aburre, bosteza, se sacude, y da la espalda al espectáculo para sentarse a describirlo y cuestionarlo con nervio afinado, y, como si de veras se hubiera dejado el alma en la salvación del hombre, cobra caro, es bien sabido que para convertirse en un buen cronista de la desgracia se debe ser mala cabeza de vocación, los tipos frustrados y solitarios, proclives a sufrir perturbantes neurastenias, abundan en esta rama de la literatura, que se distingue porque las hojas de sus libros no huelen a inmensidad como el resto, sino a cagadero, no obstante, algunas obras tienen un gustillo acibarado muy adictivo por singular que se lleva bien con la cerveza de barril, mentes ávidas de una realidad que las trastorna, el oficio es fácil mas no simple, sufrir penas ajenas y después trascribirlas al papel, no es arriesgado, no es emocionante, no es decoroso, no es delicioso, pero alguien tiene que hacerlo, y para eso está el cronista de la desgracia, quien quizás no reciba abrazos ni aguinaldos en navidad, si hace bien su trabajo, es seguro que no, pero en cambio le llega un montón de inspiración para sus próximos relatos, sólo debe desapropiar sus miserias y las ajenas hasta el grado de hacerlas parecer historias de nadie, y luego, cuando se siente seguro, desde su marcado gesto de displicencia abomina cada producto nuevo que pone en los estantes mas no por ello rechaza los premios, reconocimientos, becas, viajes, estupefacientes, que la pieza le acarrea, los autores de este género persiguen la calamidad de sus semejantes cuidándose de la propia, sin embargo, a modo de peripatético revés poético, su principal punto débil es la alegría.
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