domingo, 12 de diciembre de 2010

Otra línea, por favor

(ODA A LOS PASONES KAMIKAZES)


No sólo disfruto el vicio, también lo sufro, lo lloro, lo escupo, lo siento, lo vivo, lo muero, lo alcanzo a disfrutar. A disfrutar pero no con placer, ni con dolor, sino con estilo y por obligación. En la agonía no se sienten las diferencias, no se cuentan las alcancías rotas, se vive a ras del vaso, se entrega lo que no, se dice lo que nunca, se sufre lo de siempre. De siempre a esta fecha lo mismo es igual y de jamás a este punto la cosa ha sido distinta. Del orgullo al más allá, del callarse al qué dirán. Si lo pagas no lo tragues hasta que hayas pedido más, y si la besas no te embriagues hasta estar seguro de que se va a quedar.
No sólo hago esto, también lo otro y lo demás, pienso y fumo y evito trabajar, y trabajo en un libro que, lo juro, no voy a escribir, y escribo versos que me salen fatal porque riman con tu nombre y con tu ausencia. En fin, puros pretextos y al final mis textos acaban igual, siempre la última línea me hace desvariar, y aunque la borre mil veces, las mismas que me vuelve a desafiar. Es tanto el empeño en decir algo, que por más que busco la forma de escribir sin contar nada cuento historias que solas se narran.
Conocí a una chica, esta chica era un sinónimo de mí con ligeras variaciones, por ejemplo, era feliz y tenía dos hermosos y grandes ojos y en ellos me perdí. Hasta ahí todo bien, era un lugar tibio su mirada y había provisiones de sobra para no volver a salir. Lo grave vino cuando ya no la encontré, y cuando la encontré me escondí.
No sólo leo, también babeo y mando correo y me corro cuando veo porno, pero todo lo hago sin placer. A mí lo que me gusta es sacarle confesiones al cuaderno.

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