A Salvador Elizondo y su genial Grafógrafo, con mucho cariño. A las enfermedades venéreas que padece mi clavo oxidado, a ti y a mí y a ninguno de los dos. Y a ambos a la vez. Al mezcal de Oaxaca, al mareo y la resaca que produce tu ausencia, al amor que no conozco más que en leves destellos de luz opaca, a la música ambiental de las escaleras. A Radiohead y todos sus discos. A la gente que se atreve a decir lo que no debe, al opio, al peyote, al Gran Cronopio y a Truman Capote. A Zapata, a Hidalgo, a Allende, a mi buen amigo el Duende.
Al sifilítico fantasma que deambula en mi caja torácica, ahí se desvaneció su vida, a la queridísima cantina en las afueras del metro Allende, a las putas tristes de Revolución que me calientan siempre, a las criaturas que de vez en cuando me miran de reojo en el camión. A la perpetua soledad que orbita esta cabeza eclipsada de tristeza de año nuevo a navidad. A los siete pecados capitales, al séptimo arte, al Seven Eleven con sus licores y sus cafés, con el Insólito a la mano y el Reforma también. A la paja que me hago después de soñarla ayer. A Mafalda en minifalda y en edad de merecer que le manoseen el alma. Al estrado sin fantoche, a la iglesia sin metiche, a la pinche Atenea y a la diosa Malinche.
Llego a La Raza, voy a Indios Verdes, llego a mi casa a fumar bellas durmientes. Al Diazepam, al diván sin clientes del siquiatra que rompió el secreto profesional porque su paciente no decía nada. En el Metro nadie calla, pero pocos son los que en verdad hablan.
Al bendito diccionario, sepulcro de Octavio (descanse en Paz), a la lengua de Cervantes, a la tienda de enervantes del callejón del fondo, porque, sin saber bien lo que digo, simplemente hago lo que Elizondo: escribo que escribo.
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