A Gonzala se le eximió de nacer. Un buen día simplemente se levantó del pasto, estirándose y bostezando. Enfiló la ciudad arrastrando los pies al caminar y al atardecer llegó a una casa cualquiera. Tocó a la puerta y dijo: Hola, madre. Hola, hija. Pasa. Su madre la felicitó por su cumpleaños y le hizo su comida favorita y toda la familia se reunió esa noche para cenar.
A las once se despidieron los últimos invitados: el hermano mayor de Gonzala y su esposa. Entonces, madre e hija recogieron la mesa y se fueron a dormir.
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