jueves, 28 de abril de 2011

(Inser)vi(b)les pensamientos

Cuando no se piensa en nada el silencio que nace en mi cabeza rebota en las paredes de su abismo inmenso. Pero cuando sólo pienso que no pienso empiezo a pensar y luego ya no puedo detenerme de pensar que no estoy pensando, hasta que algunos minutos más tarde caigo en la cuenta de la inutilidad de mi pensamiento y trato inútilmente de evitar repensarlo. Pensar que no pienso es mucho más tedioso que de hecho pensar. Negarse no es igual a no existir, a lo más, es esconderse.

miércoles, 27 de abril de 2011

Lengua de cera

No arrastro sombra alguna mientras camino, ni se asoma la manecilla solar de mi silueta forastera. El sol, llamémosle Benito, se anuncia esplendoroso y cancerígeno en medio del cielo. Al salir del hipermercado (vulgares cuevas de la era moderna) mi cuello empieza a sudar de inmediato, no obstante, me dirijo a la estación del microbús a paso relajado, Aun soy joven, me digo, y puedo tostarme un poco sin sufrir deshidratación. Me coloco los audífonos del mp3, me oculto tras un par de árboles para sacar un hiter de la bolsa, llevármelo a los labios y darme un jalón de lo más punk de los años 70, selecciono Gloria, la versión de Patti Smith, y pongo aleatorio de ahí al real. El aire se siente bien, mis músculos faciales se distienden y un comando armado que me acecha las 24 horas del día se toma una hora de descanso. Para cuando llego a la parada de microbuses, en la avenida, voy escuchando San Jorge y el dragón, de Botellita. Miro despectivamente esa pútrida lata con llantas, definitivamente, no subiré a marinarme junto a las demás sardinas. Sigo mi accidentado camino a pie, repleto de protuberancias, baches, gente, y con un infatigable Benito a cuestas. Por suerte, el aire también se excita y se vuelve más que generoso, es el licor que bebo a grandes cantidades. De pronto, me doy cuenta de que yo también debo obedecer las señales de tránsito, había creído que la acera era una especie de cinta sin fin aislada de los asuntos de fuera, pero no, se cruza con calles y esquinas peligrosas y ahí es donde me detengo. Llegado el momento de avanzar va terminando de oírse Bad obsession, Oh yeeah, me estimulo, la prueba ha dado inicio: Benito versus yo, ¿quién ganará? La distancia a recorrer son unos 6 y medio kilómetros, nada del otro mundo, mas tampoco se ve a mucha gente callejeando esas longitudes muy seguido. Los pocos transeúntes con que me topo son moradores cercanos que salieron a comprar paletas de hielo, lo sé porque no se les ve la cara remojada en transpiración y porque llevan bolsas con paletas en sus manos, Para invitar a toda la familia, supongo, o, tal vez sólo son para ellos. Salen en parejas o algunos sin compañía, alguien estará pensado en cómo carajo va a sacar la mancha que dejó en la alfombra de la habitación de la bebé la mascota de la prima de su esposa. Mientras este hombre se lo metía por detrás a su dueña, Chispita le dejaba una bonita sorpresa a la nena justo al pie del corral. Posiblemente, la chica de la minifalda no piense en nada por el momento, extasiada como está por las fustas de viento que le azotan los muslos, paliativo que le ayuda a sobrellevar el insufrible acoso de Benito mientras regresa a casa. Más adelante me encuentro con un puente peatonal, una estructura fría de 5 patas larguiruchas que casi nadie se toma la molestia de utilizar. Una vez arriba, unos metros más cerca de Benito, vuelvo a sacar el hiter y nos prendemos. No me quiero rendir, pero no veo la hora de llegar. Paso fuera de una nevería, Están haciendo su agosto en abril, hay mucha clientela, no importa, me detengo por un cono doble de limón, Valió la tardanza, apruebo al primer lengüetazo, Valió la misógina tardanza, y digo misógina porque odio a la enorme cantidad de zorras que se pasean con esos frescos vestidos de lino, quisiera tener valor y disfrazarme de loca por unos días para olvidarme de esta escocedura de huevos que me produce la mezclilla. Salgo. Desde hace pocos minutos avanzo más aprisa que al principio, cada 5 minutos pasa un microbús chirriante echándome sus humos en las narices. Sin apenas advertirlo ya estoy frente al hotel, una noche me hospedé en ese hotel, iba hasta el copete de whisky, vomité varias veces, y, al no conseguir una erección decente, me disculpé con mi compañera, quien dijo entenderlo. Hoy me sigo de largo, no hay nadie esperándome en la habitación 604 porque salí al OXXO por cervezas y aspirinas para curar mi resaca. Calculo que me encuentro a 2 kilómetros de la meta, pasa un transporte semivacío, las ventanas van abiertas y hay asientos de sobra, se detiene a mirarme, no el chofer, sino la nave misma, No, gracias, ya mero llego. Zoé se adueña de la banda sonora con The room, es uno de esos días en que las canciones se suceden del modo justo en el que las quieres oír.

La copa de un pino sobresale detrás de la pintarrajeada barda que cerca un terreno baldío envuelto de maleza, fango, ratas. Al fondo hay un pequeño cuarto con chimenea de ladrillos de tejar. El lugar ha permanecido así durante años largos, este debe ser el último reducto de Blanca Nieves, e imagino que lo siete enanos se emplean ahora como mini luchadores y no tendrán tiempo para atender el jardín. O es sólo que lo hacen para despistar, la bruja seguramente nunca la buscaría aquí, sino en lugares con mucho más glaomur: New York, Manchester, Praga, en las mejores mesas y tubos de medianoche. Adelante, me encuentro con otra encrucijada en mi camino abochornado, pero esta vez prefiero torear autos por la avenida que subir y después bajar los sofocantes escalones del puente. Salgo ileso. Atravieso un sucio parquecito, los papás juegan al futbol y al basquetbol con sus hijos sobre el mismo terreno, ya que ambas canchas están empalmadas una sobre la otra. Se confunden el manchón de penal con la línea curva de tiro triple, y el arco y la canasta son un par de miembros de distintos cuerpos unidos a la fuerza en un tercer armazón. Lo que se juega allí me parece una combinación de beisbol y polo acuático. The Black Keys gritan en mis oídos Baby I’m howllin’ for you, y, a estas horas, mi estómago ruge también con fuerza. Apenas lo noto: ya hay sombras bajo las personas, la tierra se ha puesto en marcha otra vez. Cruzo de dos zancadas las vías del tren que igual funcionan como línea divisoria entre los sectores popular y residencial de una colonia estrambótica que alberga escoria por todos sus rincones.

Ya tengo la boca seca y la ropa embarrada al cuerpo, y, a pesar de poseer la mirada extraviada de un perdido en el desierto, me percato de las minifaldas cerca de mí y pienso, Quién tuviera lengua de cera para depilar esas piernas cada tercer día. Estoy cerca de casa, debería conocer al menos a algunos vecinos, saludarlos, decir Qué calor, ¿no le parece?, Uy, sí, y ya está bajando. Sin embargo, es porque me conocen que no se detienen a conversar, pues saben que hasta la plática más inocente corre el severo riesgo de devenir en golpes. Al fin llego, me encamino hacia el refrigerador y bebo dos cervezas que no son mías pero ahí están. Tuxedomoon, grupo de pocas palabras, entra en escena al llegar a mi cuarto y tumbarme sobre la cama.

lunes, 11 de abril de 2011

En cada casa hay una biblia

Su misma madre le decía en secreto el frente de haba. Y, de hecho tenía, como esas semillas, una división, un ligero surco que atravesaba verticalmente su frente ancha, desde el nacimiento del cabello hasta la ceja izquierda. Detalle heredado del abuelo materno, sólo que al longevo señor le llamaron hasta el día de su muerte, a los 95 años, con mucho respeto: don nalgas al frente. Qué ironía que la misma seña se utilizara con acepciones totalmente contrarias, en el caso del prócer se hacía analogía al sexo femenino, y en el del niño al masculino. Durante sus últimos años, don nalgas al frente gritó a los cuatro vientos que había sido un homosexual de clóset toda su vida y fue por eso que nunca le molestó su sobrenombre. Su madre, la madre del niño, del frente de haba, se sentía orgullosa y aliviada a un tiempo porque a su pequeño se le reconociera entre la familia con ese apodo y no con el antiguo de marica que su padre ostentó, para arañar el apellido Cervantes con una humillación más. ¿Arañarlo? Sería para desgarrarlo de una vez por todas. Cómo era posible, se preguntaba Matilde, madre del frente de haba, que su papá, tan valiente, tan alto y tan grosero, fuera puto. Ella no lo creyó ni por un segundo, prefería pensar que su viejo estaba senil y decía cualquier cosa con tal de llamar la atención de los jóvenes, sus ahora mayores, Si no conociera yo a los niños, le decía Matilde a su marido, Y tú sabes que cuando uno se hace viejo se vuelve tonto otra vez, Calla, mujer, te va a oír Néstor, le pedía su marido, Cómo crees, mi frentita de haba ya está bien dormido. Pero Néstor no dormía, desde que lo exiliaron de la cama matrimonial y lo instalaron en su propia habitación hacía dos meses, se levantaba en secreto casi todas las noches, exceptuando las veces que lo visitaba su primo Cris, entonces, apenas se iban las visitas, caía rendido luego de una ardua jornada de travesuras, el único trabajo que vale la pena, el único sudor que dignifica. Néstor sentía que hacían un bien a la comunidad rayando paredes, rompiendo billetes, machacando gafas, y si conseguían embarrar de miel el piso del baño sin ser vistos, podían descansar con una sonrisa de satisfacción en los labios. Sólo que, desgraciadamente, él era muy tímido y no tenía iniciativa, y sólo se atrevía a hacer este tipo de cosas acompañado de Cris. Sin él, Néstor ni siquiera se hacía notar, no hablaba mucho, se escondía detrás de los muebles o la falda de su mamá ante la mirada de los desconocidos, y no hacía otra cosa que jugar Play Station a hurtadillas, ya que lo tenía prohibido por enajenado. Sus padres no compartían su gusto por la sangre, las balas, la crudeza de los mundos ficticios que su hijo visitaba les parecía demasiado para alguien que no sabía amarrarse los cordones de sus botitas. El aparato, no obstante, estaba allí, a pesar de que nadie lo usaba, igual que en cada casa hay una biblia.

Claro que Néstor los escuchaba con atención porque en ese momento iba rumbo a la sala en puntas de pie y se detuvo ante la puerta de sus padres al oír a su mami decir esa abominable palabra: haba. Le repugnaba, cuando Matilde le hacía comer sopa le desagradaban los gritos que salían de su estómago, imaginaba que un alien le reventaría la piel para abrirse paso al mundo mientras él dormía. Una vez se lo confesó a Matilde y ésta lo solucionó arrebatándole de tajo lo que más quería, aprendió una buena lección aquella ocasión. A pesar de que el aparato no se encontraba oculto en lo alto de un ropero sino conectado y listo para jugar en la diminuta sala, Néstor había sido aleccionado a obedecer con mano dura, y no incumpliría una ley que, a fin de cuentas, podía violar fácilmente durante las noches. ¿Por qué le llamaban frente de haba? No lo entendía, ¿acaso tenía tan mal olor como el que le llegaba a la nariz directo del plato cuando su madre preparaba esa jodida sopa? Si mi suegro fue puto o no, eso no le quita mérito, lo importante es que fue un buen padre para ti. Además, le decían p-u-t-o al abuelo y él sabía que eso era una mala palabra, si él pronunciaba tan sólo una sílaba de esos vocablos indebidos, inmediatamente lo escarmentaban a punta de golpes. Sus mismos padres se cuidaban de no pronunciarlos en presencia suya, pero, cuando se les salían, no le daban la menor importancia al asunto, aunque Néstor se tapaba la cara en señal de vergüenza ajena, Mi papi es un pordiosero y un pobre diablo, pensaba el niño. Sin embargo, ahora era distinto, no podía hacerse el sordo ante tal insulto en contra de su abuelo, Néstor aun lo recordaba con amor, no hacía ni un año que lo habían enterrado y él seguía preguntándose cuándo saldría de la tierra para que jugaran juntos de nuevo.

Por una vez, Néstor decidió tomar cartas en el asunto, reprender a Matilde por ser la que se había ensañado contra el anciano. No podía entrar al cuarto y descargar su furia y luego ordenarle, No digas esas cosas de mi abuelito, y mandarla a la cama a rezar un padre nuestro sin cenar. Pero sabía que su mamá era muy olvidadiza, al menos eso decía su papá constantemente, le gritaba enardecido, Cómo es posible que te olvides de cerrar las llaves del gas, mujer, nos vas a matar, mira las cuentas, si sigues así, vamos a tener que volver a la vieja usanza, Ni loca, todos los repartidores son unos pelados, y la discusión se prolongaba por horas. Si eso sucedía por una o dos perillas, cinco abiertas la pondrían en su lugar.

Néstor se persignó frente al crucifijo que colgaba en la pared, sobre la televisión, y pidió, Por favor, Diosito, que mi papi sea el primero en entrar a la cocina mañana. Acto seguido, se fue a acostar sin jugar un solo nivel para no entorpecer la misión principal.