domingo, 2 de enero de 2011
Blight
Se disipaba el más denso humo de un cigarro marihuano para dejarla pasar. Sus pupilas, faros que, más que azules, eran morados, no titilaban ni aun cuando los párpados caían. No le temblaba la voz para partir el alma, la madre, o el corazón. Se dio su apogeo en tiempos mucho más macabros que éste. Decía que tenía treinta y dos aunque parecía de veintitrés pero si decía lo contrario le pasaba al revés. Bailaba desnuda sobre mesas de billar cuando le daba la gana y así se ahorraba la cuenta. Vivía en un penthouse de dos metros cuadrados. Dormía en una cama King size al lado de sus cinco hermanos. Blight se llamaba. Su piel ambarina fosilizó un lunar en la barbilla. Sus piernas venían de una revista hentai. Sus brazos violados nunca aprendieron a abrazar. Tocaba guitarra y lo hacía excelente aunque nunca lo supo. Tampoco supo jamás hacer el amor. Pero era lo que hacía mejor. Venía de una distante constelación marginada en un sector popular. Se iba sin decir nada de un bar o de un cine o de la cama. Para su oficio nunca hubo vacantes. Era soñadora de interiores, y, ya que no trabajaba, se dedicaba a soñar despierta que exteriorizaba sus pasiones. Se enamoró una noche decembrina y clara de una cara en la pared. De una cara mal pintada que buscó sin descanso y en nadie encontró. El rostro de la vejez la alcanzó antes que el de su amor. No dejó de bailar. Ni dejó de ir al bar. Sólo lo dejó de buscar.
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