Me oculto de quien soy en la azotea, cuelgo una toalla de varilla a varilla que me tape del sol, me quedo muy callado, de mi cabeza no sale ni una mosca, quieto cascabel envenenado, la vista clavada en la espalda significa que la vista clavada en la espalda, y esto, a su vez, que la teoría más acabada está en pañales y hecha caca, la teoría para la que me alcanza es vive al día y sin nostalgia, pero no siempre pago esa esperanza, y hoy llegan aquí clamores de argumentos que sugieren desaliento, que se queman en mi lengua en el caldo de un té bebido lento en el averno, siento una pedrada en el zapato de la sien descalza, y una blasfemia me hace ver que mi carátula es nefasta, doy un paso muy, muy parecido a los pasos que siempre he dado, ¿se podría decir que he repetido el mismo paso con distintas piernas toda la vida?, me encuentro con que yo soy quen soy y no me parezco a naiden, curiosa coincidencia la de coincidir uno consigo mismo en la azotea.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Capitán crujiente
Llamas a la vista, gritó el capitán crujiente cuando, ayudado por su catalejo, vislumbró las costas de una tierra santificada en el suicidio de sus coterráneos, pero su barco de concreto naufragó en ese preciso instante y de la tripulación no quedaron ni astillas. Hay infiernos más cercanos que la hoguera del diablo, se entretejen en el fuero interno asociándose a discreción con lo cotidiano, crujió el capitán en sus últimas, saladas, palabras. El fuego de la ciudad proliferó, había estrellas incrustadas como piedras en el suelo que arrasaban las praderas, mientras, los pulmones del capitán cru
Llamas a la vista, gritó el capitán crujiente cuando, ayudado por su catalejo, vislumbró las costas de una tierra santificada en el suicidio de sus coterráneos, pero su barco de concreto naufragó en ese preciso instante y de la tripulación no quedaron ni astillas. Hay infiernos más cercanos que la hoguera del diablo, se entretejen en el fuero interno asociándose a discreción con lo cotidiano, crujió el capitán en sus últimas, saladas, palabras. El fuego de la ciudad proliferó, había estrellas incrustadas como piedras en el suelo que arrasaban las praderas, mientras, los pulmones del capitán crujiente respiraban agua de océano. Hacia el cielo trepaban los cuerpos en el humo de cuanto hombre, niño y dama se entregó al goce de la muerte arcaica. Se ahogó de ser crujiente el capitán y desde entonces lleva una dieta a base de lirios y arrecifes de coral. Los árboles todavía reverdecen allá donde ayer hubo sangre, y los tweets se esparcen al caminar en un billón de oídos, mientras los oídos del capitán crujiente se reventaron hace ya...
jiente respiraban agua de océano. Hacia el cielo trepaban los cuerpos en el humo de cuanto hombre, niño y dama se entregó al goce de la muerte arcaica. Se ahogó de ser crujiente el capitán y desde entonces lleva una dieta a base de lirios y arrecifes de coral. Los árboles todavía reverdecen allá donde ayer hubo sangre, y los tweets se esparcen al caminar en un billón de oídos, mientras los oídos del capitán crujiente se reventaron hace ya...
Regalar un rifle en navidad
Me puse mi mejor trajecito submarino y vine a mi estómago bañado en sangre (en alcohol mariné mis intestinos desde que era un niño de 15 o antes) a mirar de cerca la inundación de mi Atlántida, y saqué en limpio la conclusión de que morir debe ser algo hermoso, mientras, la TV, en la parte más álgida de la entrevista, se apagaba, luego de preguntarle a Lady Gaga si se casaría de blanco, o, en caso de incomodarle ese color, qué otro. Luego, hubo una fuga de gas en el laboratorio de la consciencia, se derramaron muchos líquidos y toda la materia muerta que se pudría y no llegaba a mis intestinos se hizo batidillo sin ninguna ciencia, las nubes tóxicas, que se disipan por mis ojos, colorean el horizonte pero enturbian su cristal, y por breves minutos, eso que se esconde en el ático se hace visible, aunque no siempre me atrevo a ver. Por eso he pensado que sería bueno tener un rifle, o regalar uno en navidad, para ponerlo firme en la boca en mañanas como ésta en que la TV apesta a cortocircuito, el internet está frío, y el smartphone vacío, y se siente el deber de dispararle a ese animal que cohabita en el delirio sin más misión que el control del libre albedrío.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Villancico prenavideño
Ando buscando en C&A una mirada comercial, una que cuando alguien me mire ría, eso y un jersey azul, pero no rey, sino celestial, salí de Bershka apenas hace unos minutos con un atuendo muy chic, antes de entrar ahí, me revisaron en la puerta como si fuera un asaltante, pero se disculparon después de ver la cuenta que llevo aquí, vine a Zara a comprarme la sonrisa del millón, algunos dirán que está cara y mejor es la mariguana, pero a mí me queda este saco de pana, y además combina con mi pantalón, encontré en Swatch un reloj que me gustó, es de la colección Irony Chrono, su modelo fue usado para cronometrar un importante match, y creo que hasta se lo vi en un video a Bono, me encaminé a Starbucks Café a pensar recuerdos felices delante de otros ojos, la propina que dejé a la salida fue un montón de cicatrices, ya viene la navidad y con ella mil ofertas, Telcel me da el doble de tiempo aire en sus tarjetas, qué importa que sólo tenga 15 días para gastarlo o volver a abonar, ya viene navidad y con ella una tristeza que no sé de dónde me llega en esta época, ya viene navidad y necesito una tableta que abrazar, por eso ando en MacStore explorando mis opciones, me dan a escoger un solo color y un solo molde repetido en un sinfín de versiones, no olvido pasar a Porrua por el libro del momento, una novela fútil e inmadura sobre adolescentes en celo que leeré aunque pase la noche en vela, antes de irme veo hamburguesas, la barriga me dice que coma, la navidad se acerca y quien me lo recuerda es McDonald's.
domingo, 16 de octubre de 2011
En los huesos
Qué se siente el progreso, erigir un puente, desmoronar las piedras apiladas por milenios en un cerro, hacer mascotas de diseño, perros tristes, felices dueños, difundir el desprecio por la diversidad todos los sábados en horario estelar, qué se siente la fealdad, hacer casting cada día para el teatro de la felicidad y quedarse en una silla esperando, soñando con participar en American idol, que la foto y el espejo no devuelvan una imagen apta para la audiencia dominical, morir de hambre contemplando el banquete opulento del otro, ser un vuelto que nadie quiere, la moneda que no vale la pena levantar, qué se siente esta doctrina tan chispeante donde es pobre quien se deja y rico el que es maleante, pedir ayuda a un hombre sin rostro que se esconde detrás de una vitrina, el dios de los magnates no oye gritos de gente desconocida, qué se siente el desaliento, la cuchilla del progreso rebanando la mirada del explorador de los no ilesos, oír la mentira en labios de quien se ama, escribir algunos versos que no por ser básicos dejan de herir un alma hundida, que, desde los huesos, grita: vivir nunca será una batalla perdida, qué se siente la inmensidad, ser uno junto al otro sin joder a nadie más, mi semejante, el polvo, mi madre, la mar, mi amiga tu lengua y tu cuerpo mi hogar, qué se siente la sonrisa, agua tibia que se agita por un surco y lo suaviza, vagar bajo una sombra en la mañana, ser amante de quien se ama.
sábado, 8 de octubre de 2011
Episodios paralelos I y II
Además de que pagaban mal, retrasaban mucho los pagos en aquél Call Center donde trabajé por año y medio. Se llamaba Contact Line y la razón por la que soporté tanto es porque ellos también me aguantaron a mí. Aunque la gente no se peleaba por entrar a las filas de Contact Line, tampoco diré que les faltaba personal, para como estaba la situación muchos preferíamos la semi seguridad de un cheque que podía retrasarse hasta ocho semanas -yo y mi pobre familia lo vivimos en carne propia- a la ociosidad del sofá. Además, tenía 2 bocas que mantener, la de mi niña, que entonces era recién nacida, y la de su mamá, mi Julia, que en su séptimo mes de embarazo dejó la universidad y se fugó conmigo al pequeño cuarto que rentaba en la colonia Roma. Ahora que lo pienso, la desesperación y no tanto la permisividad, fue lo que me clavó a una silla, un teléfono y una mampara por tanto tiempo. De pronto me vi con obligaciones de adulto, yo que todavía era de los que esperaban el viernes para ponerse hasta el culo del perro. La cantidad que mi madre me depositaba mes a mes para que estudiara una carrera en la capital no alcanzaba para 3 bocas, y fue Edgar quien me habló de Contact Line, su hermana, que era supervisora de una de las áreas de Atención al cliente, supo del lío en el que estaba metido y le habló sobre una vacante disponible para mí.
Antes que nada, debo aclarar que aunque no soy de la capital ya estoy bien aclimatado a su densidad y por mi apariencia nadie pondría en tela de juicio que pertenezco aquí, sin embargo, mi procedencia la mantendré en el anonimato porque detesto la cara que pone la mayoría, no me lo creen, siempre quieren pruebas, yo no les pido pruebas a ellos de la legitimidad de sus hijos cuando me los presentan y no les encuentro más parecido con el papá que el nombre. Mi madre me mandó al DF a los 19 porque le dije que quería estudiar cinematografía, a ella eso le sonaba a pura pérdida de tiempo, pero con el fin de que saliera de ese ambiente de drogas y balas que nos rodeaba, accedió a darme su apoyo. Por su condición de enfermera sabía de la importancia de una educación digna, así que mientras volviera con un título en la mano que me acreditara como licenciado en cualquier cosa, quedaría satisfecha.
Aunque dizque muy talentoso, llegué con la ingenuidad típica de cualquier suburbano a la ciudad, sin embargo, no me costó adaptarme al modo imperante de pensamiento: joder a quien se deje, y a las tranzas de una sociedad dizque modernizada. Fui rechazado del Centro de Capacitación Cinematográfica -CCC-, pero a la vez conseguí una beca en el Instituto Internacional de Guionismo de Cine -IIGCi- gracias a un cortometraje que escribí y mandé por correo electrónico desde mi localidad tiempo atrás. Ya que la dichosa escuela se encontraba en la colonia Roma Norte del DF, me trasladé lo más cerca que me fue posible, así, encontré hospedaje en un cuarto húmedo de la calle Jalapa. Por desgracia, en el instituto no demoré en insubordinarme y en el transcurso del cuarto bimestre apenas, fui puesto de patitas en la calle por liarme a los madrazos con el director. No puse a mi madre al tanto de mi situación académica puesto que la estaba pasando bomba en la ciudad y lo menos que necesitaba era que me aguara el festejo. Así que continué mandándole copias actualizadas de mis boletas de calificaciones que falsificaba fácilmente con la ayuda de Edgar.
En el amplio lobby del edificio donde vivía había un establecimiento que hacía las veces de fonda y de cibercafé para los inquilinos, el cual uno tenía que cruzar forzosamente para dirigirse a sus aposentos ya que no había entrada trasera. Edgar era el encargado de atenderlo, un tipo bastante comodino y uña larga que sólo conservaba su trabajo por ser sobrino de los dueños, y en quien de inmediato identifiqué a un camarada leal y desmadroso. Su horario laboral era tan flexible que llegaba a la hora que quería, se ausentaba cuanto deseaba y cerraba la cocina después del desayuno, salvo en las temporadas altas o cuando estaba quebrado, entonces sí se le veía más movido que una hormiga y no perdonaba ni 5 centavos en las cuentas. Cobraba jugosas comisiones extranominales que luego gastaba sin remordimientos en alcohol, droga, y sexo barato. Sacando cuentas, diría que 4 días de la semana los dedicaba a partirse el lomo y los 3 que quedaban a darnos juntos la gran vida.
Y así, de vicio en vicio, conocí a Julia, mi vicio definitivo. La vi parada en la sección de novedades en una librería del centro a la que fui a recoger un libro que había encargado: El banquero anarquista, de Fernando Pessoa. Me arrimé como quien no quiere la cosa, pues no pude resistirme a su figura desvaída y a su expresión ligeramente intelectualizada. Sostenía el más reciente libro de John Katzenbach en una mano, y en la otra, el más nuevo de Xavier Velasco, levanté mi compra a la altura del pecho como el fanático que sostiene su biblia para concedese la autoridad necesaria, y, apelando a mi evidente “buen gusto” literario, le recomendé una tercera opción: mandar ambos al diablo y salir a tomar una cerveza. Sonrió y me dijo su nombre, y en ese instante sentí que flotaba, al oírla pronunciarlo tuve la impresión de que ese era el secreto que había estado esperando, el secreto que cada hombre espera -algunos sin saberlo, como yo hasta ese momento- para comprender su miserable existencia. No porque fuera un nombre muy extraño, o tuviera un significado místico en alguna lengua exótica, ni porque fuera el sonido de su voz un canto de sirenas, su voz y su nombre no tuvieron nada que ver, fue por como entró a mis oídos que comprendí que estaba enamorado. Pero el amor es un arma de doble filo, un vicio pesado que produce las peores resacas -o, lo que es lo mismo: los más bellos retoños-.
Y así fue como llegué a Contact Line, donde, además de que pagaban mal y retrasaban los pagos, no daban seguro social. La mañana que entré a la oficina de reclutamiento para pedir el trabajo iba, no crudo, sino todavía borracho, aun así, me dieron el empleo, no porque Estela, la hermana de Edgar, haya usado sus palancas, que no tenía ninguna, sino porque la misma empresa era tan poco confiable como yo. Preséntate el lunes, me dijo el licenciado Borgia después de haberme tenido esperando por tres horas y hacerme pasar a su mosquienta oficina.
No sabía si confesarle a mi madre mi situación sería buena idea, si me quitaba su apoyo entonces sí nos veríamos en serios problemas. Lo papas de mi chica no querían saber nada de nosotros, ella no estaba en condiciones de trabajar todavía, y, además, no había con quién dejar a la niña. Recuerdo que estuve dándole vueltas al asunto en una cantina de mala muerte cuando cobré la primer quincena, que fue la única que llegó a tiempo, y decidí callármelo por un rato más por el bien de mi nueva familia. Y aquella fue la última vez que salí a beber en mucho tiempo, pues el dinero se volvió escaso, ya sólo me alcanzaba para 2 o tal vez 3 caguamas que me tomaba los sábados en la noche en el cuarto a una velocidad vertiginosa para que subieran sus vapores más rápido a la cabeza y antes de que se calentara el líquido -ya que nuestro diminuto refrigerador estaba reservado para los artículos de primera necesidad-, y los libros que leía eran todos prestados o robados. Definitivamente, la cifra total expresada en pesos de los libros que les robé a mis compañeros laborales asciende a más del doble de lo que cobré haciendo mi trabajo. Que, por cierto...
¿En qué consistía? Era lo más fácil del mundo, contestar llamadas de gente de todo el país, gente que llamaba para hacer una cita en su hospital correspondiente con su médico asignado. La parte que me tocaba era decir un guión memorizado previamente con objeto de presentarme con cordialidad, conseguir los datos del paciente, programar la o las citas con ayuda del ordenador y despedirme atentamente. Al principio me parecía ridículo y pensé que no lo haría bien, sin embargo, el tiempo demostró lo contrario, al cabo de un mes, todos mis informes de calidad eran impecables, y mi supervisor estaba feliz con mi desempeño. Se llamaba Jacobo, y tengo que reconocer que en ocasiones era tan permisivo que me permitía pasar vodka de contrabando a las mamparas, lo vaciaba de su envase original a uno de agua natural y tenía el camuflaje perfecto, excepto que los efectos no se podían disimular demasiado. Como es de suponerse, no era el único que gustaba de los efectos del alcohol, y muchos de mis colegas me pedían sorbos discretamente, Jacobo, aunque no bebía, nos lo toleraba. No sé si tuve la suerte de caerle bien o si sólo era débil de carácter.
El jefe de proyecto, por otro lado, era un mamón resuelto, un tipo nefasto que no se dignaba responder cuando se le saludaba al pasar, y si no se le saludaba, cuidado, regañina segura como en la escuela por falta de educación. Lo bueno era que no tenía ojos más que para sí mismo y rara vez notaba lo que pasaba a su alrededor. Pero un día me notó a mí, y lo peor fue que no bajo una lupa negativa, sino en función de mi excelente calidad, y me llevó a su pequeño cubículo, 4 frágiles paneles donde se resguardaba de la realidad, el único espacio donde sentía que era alguien. Ni siquiera en su casa, con su mujer y sus hijos fastidiándolo, porque seguramente estaba casado, aunque no usaba argolla, que fue algo que advertí al sentarme frente a él en su micro escritorio, era capaz de experimentar la seguridad que le brindaba esa oficina improvisada dentro de las instalaciones de Contact Line. Parecía un tipo muy ocupado, movía el ratón de aquí para allá y no quitaba la vista de la pantalla, de repente, mientras metía un disco al CPU, me dijo Te voy a ascender a supervisor de calidad, lo cual implicaba un aumento del 8 por ciento del salario y el horario, y, hasta de las demoras, ya que los agentes de citas -pueblo al que dejé de pertenecer en ese momento- eran los primeros a los que se les pagaban los meses retroactivos. No obstante mi descontento, debía aceptar o largarme.
Se acumularon más meses en las pupilas de mi niña, y, un día recibí un correo electrónico de mi madre diciéndome que había encontrado ciertas anomalías en mis últimas boletas y, aprovechando sus vacaciones, vendría a la capital a saludarme y a pedirme aclaraciones, ya que yo no iba a verla. Llegaría el próximo domingo a las 10 de la mañana a la central de autobuses, me pedía puntualidad porque, por si no lo recordaba, le desagradaba que la hicieran esperar.
Corrí a decírselo a Julia, quien pareció no darle demasiada importancia a la situación, Ya era hora, dijo, Es tiempo de que mi hija conozca a su abuela, el único problema es que aquí no cabe, pero mañana salimos la niña y yo a buscarle un lugar barato donde se pueda quedar. La niña expresó su conformidad sonriendo, pero yo no podía tranquilizarme tan fácilmente porque conocía al enemigo bastante bien para tener una idea de su reacción ante tal sorpresa. Creí que lo menos me gritaría, al vaciar el aire de sus pulmones, miraría al cielo unos segundos hasta llenarlos de nuevo y continuaría reprochándome que haya echado a la basura mi futuro y el apoyo que me dio, luego su nuera intervendría sentida por el comentario y mi mamá le tiraría un par de cachetadas, y Julia, dependiendo de su humor, tal vez las contestaría o se quedaría mirándome. Entonces tendríamos que sacar a mi madre del cuarto en la escena más pintoresca y ridícula que se haya presenciada en el edificio hasta esa fecha.
Anticipándome a los hechos, le propuse a Julia hacer una tregua con sus padres, para no quedar desamparados en caso de que mi mamá no lo tomara de la mejor manera. Así que, tragándose su orgullo por el bien de nuestra hija, salió a llamarle a sus viejos al teléfono de la esquina mientras yo esperaba angustiado, con una caguama en la mano, sus noticias. Al volver no tenía buen aspecto. Repitió lo mismo, me dijo, “Si dejas a ese cabrón cuenta con nosotros, de lo contrario, no”, refiriéndose a su papá, don Rodrigo, gran señor dueño de una paleteria en un establecimiento de suelos limpísimos y vidrios brillantes y una cortina de colores que, cuando se cerraba, dejaba ver el nombre del negocio: La Queretana, pero cuyas paredes, por más capas de pintura que se les aplicaran, aparecían peladas, carcomidas por el sol flagrante que azotaba aquélla zona perdida en Aragón la mayor parte del día, contribuyendo, eso sí, a la buena venta del producto. No recuerdo detalles del negocio porque sólo lo vi en 3 o 4 ocasiones y su imagen no era que digamos la evocación de la felicidad.
Ni Julia ni tampoco yo proveníamos de familias ricas, nuestros apellidos no tenían ninguna resonancia, no valían mucho. Sin embargo, sus padres distaban de vivir en la miseria, de vivir al día, y mi mamá, a pesar de no haber contado nunca con mi padre, a quien no tuve el gusto de conocer, fue lo suficientemente sensata para no caer en la desesperación, y, no obstante haberle costado su belleza y su alegría, sus planes de superación y muchas otras cosas más que ni me he de imaginar, había logrado irme sacando adelante y nada les impedía, además de su tonto orgullo herido, echarnos la mano.
Pinches viejos, dije resoplando después de esa ardua reflexión, y si mi comentario le ardió tan hondo a Julia fue porque acababa de oír la voz de don Rodrigo, a quien llevaba 19 meses sin ver, y no porque opinara distinto a mí. Ellos salieron adelante con sus propias manos, y tú, ¿qué?, me contestó y sentí un fugaz escalofrío, creyendo que respondía a mi pensamiento y no a mi declaración, a veces parecía saber lo que había dentro de mi cabeza. Tú sientes que bebiendo como un Chinasky impaciente vas a tener la gloria de un Bukowsky consolidado, dicho lo cual salí azotando la puerta tras de mí.
Como no tenía dinero para ir a ninguna cantina a emborracharme y darle la razón a Julia, me quedé en el lobby, sentado en una silla reclinable en el área de internet. Julia bajó a los poco minutos creyendo que me había ido, al hallarme allí volvió a subir las escaleras con su nariz muy respingada y sin emitir una sola palabra. Necesitaba hallar una vía de escape que me alejara por unas horas de esa farsa mal entramada que se había vuelto mi vida, por lo que encendí un ordenador y me puse a navegar toda la noche. En una ventana de Firefox buscaba ofertas de trabajo en los portales especializados en la materia, mientras en otra googleaba poemas de Gabrel Zaid.
Antes de trasladarme a la capital, al igual que Arce, el jefe de proyecto de Contact Line, yo también contaba con mi propia guarida anti materia, sólo que mi escudo no eran los cubículos, sino la web, ese campo público de labrado repleto de frutos saludables, coloridos, ricos, pero, principalmente, de hierbas enfermizas olorosas a estiércol, donde cada campesino está equipado con picos, palas y hoces similares y la diferencia radica en que cada quien recoge y echa a sus sacos lo que le da la gana. Y lo chistoso es que casi todos se -nos- llevan -llevamos- la mierda. Pero también hay en el espacio cibernético rutas de donde uno puede extraer jugosas pulpas y gran variedad de semillas finas.
Cuando vivía con mi madre, pues, pasaba horas descargando datos útiles tanto como inservibles. Interminables actualizaciones para el mensajero, para iTunes, plug-ins para el navegador, libros electrónicos, fondos de escritorio de The Simpsons, de las portadas de los discos de Molotov, música sin pagar un solo peso -qué se le va a hacer, tenía ganas de escuchar a Wagner, a Babasónicos, a Greenday, a Jumbo, pero no tenía para pagar-, y toneladas de correo basura.
Él vio pasar por ella sus fantasmas.
Ella se estremeció de ver en él sus fantasmas.
Él no quería perseguir sus fantasmas.
Ella quería creer en sus fantasmas.
Montó en ella, corrió tras sus fantasmas.
Ella lloró por sus fantasmas.
Luego de leer el poema Alucinaciones, de Gabriel Zaid, en http://amediavoz.com/zaid.htm, no me quedó más remedio que ir hacia el hundido colchón donde dormíamos y hacerle el amor -o lo que se le pareciera- a Julia, cuyo cuerpo imaginaba ahora descansando enroscado con la bebé a un lado, con su mente exhausta, perdida su psique en sueños rosas de 2 minutos de duración ocasionados por una prolongada y desmesurada exposición al puto marketing. Me dejé de elucubraciones y subí presto a encontrarme con Julia antes de que se me fueran las ganas de tener ganas y terminara sentado en un rincón del cuarto escribiendo tonterías en mi diario. Pero ella no quería saber de mí en ese momento y busqué el cuaderno.
Finalmente, llegó el temido domingo y con él mi madre. A quien -olvidaba mencionarlo- había puesto al corriente de mi vida mediante unas breves líneas que redacté en su muro de facebook aquella noche insomne. El mensaje, una vez editada la realidad a mi conveniencia, quedó así:
Hola mamá, considero que hay algo que deberías de saber ya que estás resuelta a venir. La razón por la que mis boletas se volvieron incongruentes es porque he dejado de estudiar, no quería decírtelo todavía para no echar más peso en tu espalda y porque planeaba retomar mis estudios pronto, pero el hado no sé en qué momento vino cabalgando en un perro lombriciento y me dejó una caja llena de sorpresas en la puerta. Descubrí que aquí también hay drogas, y, ¿qué crees?, sale más barato quitarse el hambre con un pase que comer, pero no pienses que lo hice por escasez, sino, como cualquier idiota, llevado por la curiosidad del momento. Tampoco vayas a pensar que terminé en las calles. Por fortuna, mucho antes de que ese escenario se vislumbrara, llegó a mi vida una persona que me ayudaría a hacer las paces con el mundo y un poco conmigo mismo. Su nombre es Julia y tenemos una hija juntos que está por cumplir su primer año de vida, está divina. Sé que no tengo perdón por haberte mantenido al margen de todo esto, pero es que yo todavía estoy asimilándolo, además tus mesadas son lo único que nos ha mantenido a flote, gano muy poco en el lugar donde trabajo y para colmo, pagan tarde. Ojalá estas noticias no cambien tu decisión de apersonarte, como dicen por allá, Julia tiene muchas ganas de conocerte.
Durante los días subsiguientes me mantuve atento a las emociones que mi confesión despertó en los usuarios de la red social, que no fueron pocas. Dada mi condición de monitor de calidad en Contact Line tenía una mampara aislada de las demás para escuchar y calificar sin distracciones las llamadas que despachaban mis colegas, y, cuando nadie vigilaba, me asomaba a facebook. Las reacciones de sus “amigos” no se hicieron esperar, al día siguiente ya había 5 comentarios de familiares y compañeros de trabajo de mamá que pedían mi absolución y 12 personas a quienes les gustaba mi “estado”. Mi estrategia estaba dando resultado, lancé una bola de nieve que con más rapidez de la que pensé tomaba la forma de un alud, un alud de persuasión. Aunque algunos me juzgaron con mano dura, a la mayoría le caí simpático, y, para muestra, hubo quienes me ofrecieron empleo, en caso de que lo necesitara, pero allá. No obstante, hubo uno, un tal Twisted Plastic, que escribió: Yo te puedo ayudar tengo un negocio en el DF hazte mi amigo. La última frase me pareció conmovedora y de inmediato le mandé una solicitud de amistad que demoró un mes en aceptar. Lo alarmante del caso era que la destinataria de la carta pública -que eso era-, no respondía nada. Ya no sabía yo si había decidido quedarse o desplazarse al DF.
Hasta que el sábado a primera hora, respondió: No sabes el insomnio que me has provocado, hijito querido, estoy conmocionada pero también, no te lo negaré, feliz y ansiosa de abrazar a mi primera nietecita, ¿cómo se llama?, ¿a quién se parece? Pensándolo bien no me digas, prefiero descubrirlo por mí misma. Bueno hijito de tu madre, este correo es para confirmarte que por supuesto que voy a ir a conocer a tu familia en la fecha prevista. Ya una vez que nos encontremos cara a cara discutiremos sobre tu pequeña estafa, porque eso es hijo de la chingada, y me vas a pagar cada centavo, pero no ahora que hay una criaturita de por medio. Por otro lado, dirás que no me entrometa, pero, ¿qué tu mujer no trabaja? Hijo, ya no estamos en el siglo pasado, son tiempos más difíciles y ella debe responder también por el alimento de la casa. En fin, me despido pero te veo pronto. Cuídate. Te quiero. Chau.
Pero no llegó desbordando vida y reproches como era su talante natural, ni tampoco la recogí en la estación de autobuses, sino que me la devolvieron envuelta en una bolsa de plástico, 11 horas después de lo programado, en la morgue.
La madrugada del domingo un destacamento armado, no se supo si del ejército o del narco -que a estas alturas es lo mismo-, detuvo un transporte proveniente de muy lejos entrando al DF, y, con rifles que disparaban 100 000 putas balas por segundo, acribilló a los pasajeros y al chofer. Mi mamá viajaba ahí. Nadie se salvó.
Cómo es posible, si apenas ayer me mandó un e-mail, si venía a conocer a su nieta, si...
Se pensaría que esa fue mi reacción, sin embargo, al enterarme de la noticia no me deshice en lágrimas arrancándome el cabello, ni busqué refugio a mi dolor en la botella. Lo que hubo fue un ligero chasquido en mi cabeza, la piel se me heló y volvió a la normalidad en un santiamén y fue todo. No sentí más, sufrí lo que algunos sicólogos calificarían como embotamiento afectivo. Mis sentimientos quedaron tan muertos como ella.
Lo que sí es que no sabía hacia dónde dar mi próximo paso, qué hacer a continuación, me había convertido en huérfano, hijo de nadie, y estaba petrificado. El cuerpo frío de la mujer que me dio a luz yacía dentro de un saco para basura. Dónde quedó mi madre, a qué infinito rincón de la Creación se había ido a esconder. Dónde quedaba yo. Julia se encargó de lo que hacía falta mientras yo me rascaba la cabeza confundido. Sus padres se enteraron por boca suya y me prestaron el dinero con que sufragué los gastos que se presentaron, que no fueron ni pocos ni módicos. Y, al fin, nos abrieron las puertas de su casa. A pesar de que no lo mencionó, Julia estaba encantada de volver con sus papás. En cuanto a la mía, sé que hubiera deseado ser enterrada en su pueblo natal, pero mandarla de regreso salía en un ojo de la cara. Los parientes, amigos y algunos conocidos sin nada que hacer pensaban rentar un autobús para acudir a darle el último adiós y extenderme el pésame, pero en vista de los acontecimientos, optaron por mandarnos sus bendiciones desde allá, me explicó mi tío Nacho, su único hermano vivo y uno de los pocos que se desplazaron al velorio, que fue en casa de mis suegros, también llegaron su hija Estela, ahijada muy querida de mi mamá, un par de compañeras del trabajo y los Roldán, vecinos de toda la vida. Por mi parte, además de mi mujer, vino Edgar, que, aunque ocupado en su autodestrucción, estuvo conmigo esos días que parecieron transcurrir sin mi presencia. El entierro fue en Jardines del recuerdo, al término del cual, cada quien tomó su rumbo de nuevo. Mi tío Nacho me haría el favor de llamarme en cuanto supiera algo de la herencia. No había mucho qué repartir, pero tampoco había mucha gente estirando la mano. Suponía que a mí me tocaría la casa y la mayor parte de sus nimios ahorros, a su hermano la otra parte y a Estela las pocas joyas de que disponía y su coche.
En Contact Line los muchachos de mi ala cooperaron y me regalaron dos botellas de José Cuervo al volver que don Rodrigo, nuestro nuevo casero, confiscó argumentando que no era el momento adecuado para soliviantar las emociones. No entendí a ciencia cierta lo que quiso decir, pero se escuchó hermoso y obedecí. Soliviantar. Yo solivianto. Tú soliviantas. Ella solivianta. Él solivianta. Nosotros soliviantamos. Ustedes soliviantan. Ellos soliviantan.
A los pocos días renuncié a Contact Line, deslumbrado por una nueva sorpresa que mi tío Nacho me hizo saber: mi madre tenía un seguro de vida a mi nombre por más de un millón de pesos. Julia opinó que nuestros problemas se habían solucionado, yo, aunque pensaba distinto, le di la razón. Nuestros verdaderos problemas apenas comenzaban.
Antes que nada, debo aclarar que aunque no soy de la capital ya estoy bien aclimatado a su densidad y por mi apariencia nadie pondría en tela de juicio que pertenezco aquí, sin embargo, mi procedencia la mantendré en el anonimato porque detesto la cara que pone la mayoría, no me lo creen, siempre quieren pruebas, yo no les pido pruebas a ellos de la legitimidad de sus hijos cuando me los presentan y no les encuentro más parecido con el papá que el nombre. Mi madre me mandó al DF a los 19 porque le dije que quería estudiar cinematografía, a ella eso le sonaba a pura pérdida de tiempo, pero con el fin de que saliera de ese ambiente de drogas y balas que nos rodeaba, accedió a darme su apoyo. Por su condición de enfermera sabía de la importancia de una educación digna, así que mientras volviera con un título en la mano que me acreditara como licenciado en cualquier cosa, quedaría satisfecha.
Aunque dizque muy talentoso, llegué con la ingenuidad típica de cualquier suburbano a la ciudad, sin embargo, no me costó adaptarme al modo imperante de pensamiento: joder a quien se deje, y a las tranzas de una sociedad dizque modernizada. Fui rechazado del Centro de Capacitación Cinematográfica -CCC-, pero a la vez conseguí una beca en el Instituto Internacional de Guionismo de Cine -IIGCi- gracias a un cortometraje que escribí y mandé por correo electrónico desde mi localidad tiempo atrás. Ya que la dichosa escuela se encontraba en la colonia Roma Norte del DF, me trasladé lo más cerca que me fue posible, así, encontré hospedaje en un cuarto húmedo de la calle Jalapa. Por desgracia, en el instituto no demoré en insubordinarme y en el transcurso del cuarto bimestre apenas, fui puesto de patitas en la calle por liarme a los madrazos con el director. No puse a mi madre al tanto de mi situación académica puesto que la estaba pasando bomba en la ciudad y lo menos que necesitaba era que me aguara el festejo. Así que continué mandándole copias actualizadas de mis boletas de calificaciones que falsificaba fácilmente con la ayuda de Edgar.
En el amplio lobby del edificio donde vivía había un establecimiento que hacía las veces de fonda y de cibercafé para los inquilinos, el cual uno tenía que cruzar forzosamente para dirigirse a sus aposentos ya que no había entrada trasera. Edgar era el encargado de atenderlo, un tipo bastante comodino y uña larga que sólo conservaba su trabajo por ser sobrino de los dueños, y en quien de inmediato identifiqué a un camarada leal y desmadroso. Su horario laboral era tan flexible que llegaba a la hora que quería, se ausentaba cuanto deseaba y cerraba la cocina después del desayuno, salvo en las temporadas altas o cuando estaba quebrado, entonces sí se le veía más movido que una hormiga y no perdonaba ni 5 centavos en las cuentas. Cobraba jugosas comisiones extranominales que luego gastaba sin remordimientos en alcohol, droga, y sexo barato. Sacando cuentas, diría que 4 días de la semana los dedicaba a partirse el lomo y los 3 que quedaban a darnos juntos la gran vida.
Y así, de vicio en vicio, conocí a Julia, mi vicio definitivo. La vi parada en la sección de novedades en una librería del centro a la que fui a recoger un libro que había encargado: El banquero anarquista, de Fernando Pessoa. Me arrimé como quien no quiere la cosa, pues no pude resistirme a su figura desvaída y a su expresión ligeramente intelectualizada. Sostenía el más reciente libro de John Katzenbach en una mano, y en la otra, el más nuevo de Xavier Velasco, levanté mi compra a la altura del pecho como el fanático que sostiene su biblia para concedese la autoridad necesaria, y, apelando a mi evidente “buen gusto” literario, le recomendé una tercera opción: mandar ambos al diablo y salir a tomar una cerveza. Sonrió y me dijo su nombre, y en ese instante sentí que flotaba, al oírla pronunciarlo tuve la impresión de que ese era el secreto que había estado esperando, el secreto que cada hombre espera -algunos sin saberlo, como yo hasta ese momento- para comprender su miserable existencia. No porque fuera un nombre muy extraño, o tuviera un significado místico en alguna lengua exótica, ni porque fuera el sonido de su voz un canto de sirenas, su voz y su nombre no tuvieron nada que ver, fue por como entró a mis oídos que comprendí que estaba enamorado. Pero el amor es un arma de doble filo, un vicio pesado que produce las peores resacas -o, lo que es lo mismo: los más bellos retoños-.
Y así fue como llegué a Contact Line, donde, además de que pagaban mal y retrasaban los pagos, no daban seguro social. La mañana que entré a la oficina de reclutamiento para pedir el trabajo iba, no crudo, sino todavía borracho, aun así, me dieron el empleo, no porque Estela, la hermana de Edgar, haya usado sus palancas, que no tenía ninguna, sino porque la misma empresa era tan poco confiable como yo. Preséntate el lunes, me dijo el licenciado Borgia después de haberme tenido esperando por tres horas y hacerme pasar a su mosquienta oficina.
No sabía si confesarle a mi madre mi situación sería buena idea, si me quitaba su apoyo entonces sí nos veríamos en serios problemas. Lo papas de mi chica no querían saber nada de nosotros, ella no estaba en condiciones de trabajar todavía, y, además, no había con quién dejar a la niña. Recuerdo que estuve dándole vueltas al asunto en una cantina de mala muerte cuando cobré la primer quincena, que fue la única que llegó a tiempo, y decidí callármelo por un rato más por el bien de mi nueva familia. Y aquella fue la última vez que salí a beber en mucho tiempo, pues el dinero se volvió escaso, ya sólo me alcanzaba para 2 o tal vez 3 caguamas que me tomaba los sábados en la noche en el cuarto a una velocidad vertiginosa para que subieran sus vapores más rápido a la cabeza y antes de que se calentara el líquido -ya que nuestro diminuto refrigerador estaba reservado para los artículos de primera necesidad-, y los libros que leía eran todos prestados o robados. Definitivamente, la cifra total expresada en pesos de los libros que les robé a mis compañeros laborales asciende a más del doble de lo que cobré haciendo mi trabajo. Que, por cierto...
¿En qué consistía? Era lo más fácil del mundo, contestar llamadas de gente de todo el país, gente que llamaba para hacer una cita en su hospital correspondiente con su médico asignado. La parte que me tocaba era decir un guión memorizado previamente con objeto de presentarme con cordialidad, conseguir los datos del paciente, programar la o las citas con ayuda del ordenador y despedirme atentamente. Al principio me parecía ridículo y pensé que no lo haría bien, sin embargo, el tiempo demostró lo contrario, al cabo de un mes, todos mis informes de calidad eran impecables, y mi supervisor estaba feliz con mi desempeño. Se llamaba Jacobo, y tengo que reconocer que en ocasiones era tan permisivo que me permitía pasar vodka de contrabando a las mamparas, lo vaciaba de su envase original a uno de agua natural y tenía el camuflaje perfecto, excepto que los efectos no se podían disimular demasiado. Como es de suponerse, no era el único que gustaba de los efectos del alcohol, y muchos de mis colegas me pedían sorbos discretamente, Jacobo, aunque no bebía, nos lo toleraba. No sé si tuve la suerte de caerle bien o si sólo era débil de carácter.
El jefe de proyecto, por otro lado, era un mamón resuelto, un tipo nefasto que no se dignaba responder cuando se le saludaba al pasar, y si no se le saludaba, cuidado, regañina segura como en la escuela por falta de educación. Lo bueno era que no tenía ojos más que para sí mismo y rara vez notaba lo que pasaba a su alrededor. Pero un día me notó a mí, y lo peor fue que no bajo una lupa negativa, sino en función de mi excelente calidad, y me llevó a su pequeño cubículo, 4 frágiles paneles donde se resguardaba de la realidad, el único espacio donde sentía que era alguien. Ni siquiera en su casa, con su mujer y sus hijos fastidiándolo, porque seguramente estaba casado, aunque no usaba argolla, que fue algo que advertí al sentarme frente a él en su micro escritorio, era capaz de experimentar la seguridad que le brindaba esa oficina improvisada dentro de las instalaciones de Contact Line. Parecía un tipo muy ocupado, movía el ratón de aquí para allá y no quitaba la vista de la pantalla, de repente, mientras metía un disco al CPU, me dijo Te voy a ascender a supervisor de calidad, lo cual implicaba un aumento del 8 por ciento del salario y el horario, y, hasta de las demoras, ya que los agentes de citas -pueblo al que dejé de pertenecer en ese momento- eran los primeros a los que se les pagaban los meses retroactivos. No obstante mi descontento, debía aceptar o largarme.
Se acumularon más meses en las pupilas de mi niña, y, un día recibí un correo electrónico de mi madre diciéndome que había encontrado ciertas anomalías en mis últimas boletas y, aprovechando sus vacaciones, vendría a la capital a saludarme y a pedirme aclaraciones, ya que yo no iba a verla. Llegaría el próximo domingo a las 10 de la mañana a la central de autobuses, me pedía puntualidad porque, por si no lo recordaba, le desagradaba que la hicieran esperar.
Corrí a decírselo a Julia, quien pareció no darle demasiada importancia a la situación, Ya era hora, dijo, Es tiempo de que mi hija conozca a su abuela, el único problema es que aquí no cabe, pero mañana salimos la niña y yo a buscarle un lugar barato donde se pueda quedar. La niña expresó su conformidad sonriendo, pero yo no podía tranquilizarme tan fácilmente porque conocía al enemigo bastante bien para tener una idea de su reacción ante tal sorpresa. Creí que lo menos me gritaría, al vaciar el aire de sus pulmones, miraría al cielo unos segundos hasta llenarlos de nuevo y continuaría reprochándome que haya echado a la basura mi futuro y el apoyo que me dio, luego su nuera intervendría sentida por el comentario y mi mamá le tiraría un par de cachetadas, y Julia, dependiendo de su humor, tal vez las contestaría o se quedaría mirándome. Entonces tendríamos que sacar a mi madre del cuarto en la escena más pintoresca y ridícula que se haya presenciada en el edificio hasta esa fecha.
Anticipándome a los hechos, le propuse a Julia hacer una tregua con sus padres, para no quedar desamparados en caso de que mi mamá no lo tomara de la mejor manera. Así que, tragándose su orgullo por el bien de nuestra hija, salió a llamarle a sus viejos al teléfono de la esquina mientras yo esperaba angustiado, con una caguama en la mano, sus noticias. Al volver no tenía buen aspecto. Repitió lo mismo, me dijo, “Si dejas a ese cabrón cuenta con nosotros, de lo contrario, no”, refiriéndose a su papá, don Rodrigo, gran señor dueño de una paleteria en un establecimiento de suelos limpísimos y vidrios brillantes y una cortina de colores que, cuando se cerraba, dejaba ver el nombre del negocio: La Queretana, pero cuyas paredes, por más capas de pintura que se les aplicaran, aparecían peladas, carcomidas por el sol flagrante que azotaba aquélla zona perdida en Aragón la mayor parte del día, contribuyendo, eso sí, a la buena venta del producto. No recuerdo detalles del negocio porque sólo lo vi en 3 o 4 ocasiones y su imagen no era que digamos la evocación de la felicidad.
Ni Julia ni tampoco yo proveníamos de familias ricas, nuestros apellidos no tenían ninguna resonancia, no valían mucho. Sin embargo, sus padres distaban de vivir en la miseria, de vivir al día, y mi mamá, a pesar de no haber contado nunca con mi padre, a quien no tuve el gusto de conocer, fue lo suficientemente sensata para no caer en la desesperación, y, no obstante haberle costado su belleza y su alegría, sus planes de superación y muchas otras cosas más que ni me he de imaginar, había logrado irme sacando adelante y nada les impedía, además de su tonto orgullo herido, echarnos la mano.
Pinches viejos, dije resoplando después de esa ardua reflexión, y si mi comentario le ardió tan hondo a Julia fue porque acababa de oír la voz de don Rodrigo, a quien llevaba 19 meses sin ver, y no porque opinara distinto a mí. Ellos salieron adelante con sus propias manos, y tú, ¿qué?, me contestó y sentí un fugaz escalofrío, creyendo que respondía a mi pensamiento y no a mi declaración, a veces parecía saber lo que había dentro de mi cabeza. Tú sientes que bebiendo como un Chinasky impaciente vas a tener la gloria de un Bukowsky consolidado, dicho lo cual salí azotando la puerta tras de mí.
Como no tenía dinero para ir a ninguna cantina a emborracharme y darle la razón a Julia, me quedé en el lobby, sentado en una silla reclinable en el área de internet. Julia bajó a los poco minutos creyendo que me había ido, al hallarme allí volvió a subir las escaleras con su nariz muy respingada y sin emitir una sola palabra. Necesitaba hallar una vía de escape que me alejara por unas horas de esa farsa mal entramada que se había vuelto mi vida, por lo que encendí un ordenador y me puse a navegar toda la noche. En una ventana de Firefox buscaba ofertas de trabajo en los portales especializados en la materia, mientras en otra googleaba poemas de Gabrel Zaid.
Antes de trasladarme a la capital, al igual que Arce, el jefe de proyecto de Contact Line, yo también contaba con mi propia guarida anti materia, sólo que mi escudo no eran los cubículos, sino la web, ese campo público de labrado repleto de frutos saludables, coloridos, ricos, pero, principalmente, de hierbas enfermizas olorosas a estiércol, donde cada campesino está equipado con picos, palas y hoces similares y la diferencia radica en que cada quien recoge y echa a sus sacos lo que le da la gana. Y lo chistoso es que casi todos se -nos- llevan -llevamos- la mierda. Pero también hay en el espacio cibernético rutas de donde uno puede extraer jugosas pulpas y gran variedad de semillas finas.
Cuando vivía con mi madre, pues, pasaba horas descargando datos útiles tanto como inservibles. Interminables actualizaciones para el mensajero, para iTunes, plug-ins para el navegador, libros electrónicos, fondos de escritorio de The Simpsons, de las portadas de los discos de Molotov, música sin pagar un solo peso -qué se le va a hacer, tenía ganas de escuchar a Wagner, a Babasónicos, a Greenday, a Jumbo, pero no tenía para pagar-, y toneladas de correo basura.
Él vio pasar por ella sus fantasmas.
Ella se estremeció de ver en él sus fantasmas.
Él no quería perseguir sus fantasmas.
Ella quería creer en sus fantasmas.
Montó en ella, corrió tras sus fantasmas.
Ella lloró por sus fantasmas.
Luego de leer el poema Alucinaciones, de Gabriel Zaid, en http://amediavoz.com/zaid.htm, no me quedó más remedio que ir hacia el hundido colchón donde dormíamos y hacerle el amor -o lo que se le pareciera- a Julia, cuyo cuerpo imaginaba ahora descansando enroscado con la bebé a un lado, con su mente exhausta, perdida su psique en sueños rosas de 2 minutos de duración ocasionados por una prolongada y desmesurada exposición al puto marketing. Me dejé de elucubraciones y subí presto a encontrarme con Julia antes de que se me fueran las ganas de tener ganas y terminara sentado en un rincón del cuarto escribiendo tonterías en mi diario. Pero ella no quería saber de mí en ese momento y busqué el cuaderno.
Finalmente, llegó el temido domingo y con él mi madre. A quien -olvidaba mencionarlo- había puesto al corriente de mi vida mediante unas breves líneas que redacté en su muro de facebook aquella noche insomne. El mensaje, una vez editada la realidad a mi conveniencia, quedó así:
Hola mamá, considero que hay algo que deberías de saber ya que estás resuelta a venir. La razón por la que mis boletas se volvieron incongruentes es porque he dejado de estudiar, no quería decírtelo todavía para no echar más peso en tu espalda y porque planeaba retomar mis estudios pronto, pero el hado no sé en qué momento vino cabalgando en un perro lombriciento y me dejó una caja llena de sorpresas en la puerta. Descubrí que aquí también hay drogas, y, ¿qué crees?, sale más barato quitarse el hambre con un pase que comer, pero no pienses que lo hice por escasez, sino, como cualquier idiota, llevado por la curiosidad del momento. Tampoco vayas a pensar que terminé en las calles. Por fortuna, mucho antes de que ese escenario se vislumbrara, llegó a mi vida una persona que me ayudaría a hacer las paces con el mundo y un poco conmigo mismo. Su nombre es Julia y tenemos una hija juntos que está por cumplir su primer año de vida, está divina. Sé que no tengo perdón por haberte mantenido al margen de todo esto, pero es que yo todavía estoy asimilándolo, además tus mesadas son lo único que nos ha mantenido a flote, gano muy poco en el lugar donde trabajo y para colmo, pagan tarde. Ojalá estas noticias no cambien tu decisión de apersonarte, como dicen por allá, Julia tiene muchas ganas de conocerte.
Durante los días subsiguientes me mantuve atento a las emociones que mi confesión despertó en los usuarios de la red social, que no fueron pocas. Dada mi condición de monitor de calidad en Contact Line tenía una mampara aislada de las demás para escuchar y calificar sin distracciones las llamadas que despachaban mis colegas, y, cuando nadie vigilaba, me asomaba a facebook. Las reacciones de sus “amigos” no se hicieron esperar, al día siguiente ya había 5 comentarios de familiares y compañeros de trabajo de mamá que pedían mi absolución y 12 personas a quienes les gustaba mi “estado”. Mi estrategia estaba dando resultado, lancé una bola de nieve que con más rapidez de la que pensé tomaba la forma de un alud, un alud de persuasión. Aunque algunos me juzgaron con mano dura, a la mayoría le caí simpático, y, para muestra, hubo quienes me ofrecieron empleo, en caso de que lo necesitara, pero allá. No obstante, hubo uno, un tal Twisted Plastic, que escribió: Yo te puedo ayudar tengo un negocio en el DF hazte mi amigo. La última frase me pareció conmovedora y de inmediato le mandé una solicitud de amistad que demoró un mes en aceptar. Lo alarmante del caso era que la destinataria de la carta pública -que eso era-, no respondía nada. Ya no sabía yo si había decidido quedarse o desplazarse al DF.
Hasta que el sábado a primera hora, respondió: No sabes el insomnio que me has provocado, hijito querido, estoy conmocionada pero también, no te lo negaré, feliz y ansiosa de abrazar a mi primera nietecita, ¿cómo se llama?, ¿a quién se parece? Pensándolo bien no me digas, prefiero descubrirlo por mí misma. Bueno hijito de tu madre, este correo es para confirmarte que por supuesto que voy a ir a conocer a tu familia en la fecha prevista. Ya una vez que nos encontremos cara a cara discutiremos sobre tu pequeña estafa, porque eso es hijo de la chingada, y me vas a pagar cada centavo, pero no ahora que hay una criaturita de por medio. Por otro lado, dirás que no me entrometa, pero, ¿qué tu mujer no trabaja? Hijo, ya no estamos en el siglo pasado, son tiempos más difíciles y ella debe responder también por el alimento de la casa. En fin, me despido pero te veo pronto. Cuídate. Te quiero. Chau.
Pero no llegó desbordando vida y reproches como era su talante natural, ni tampoco la recogí en la estación de autobuses, sino que me la devolvieron envuelta en una bolsa de plástico, 11 horas después de lo programado, en la morgue.
La madrugada del domingo un destacamento armado, no se supo si del ejército o del narco -que a estas alturas es lo mismo-, detuvo un transporte proveniente de muy lejos entrando al DF, y, con rifles que disparaban 100 000 putas balas por segundo, acribilló a los pasajeros y al chofer. Mi mamá viajaba ahí. Nadie se salvó.
Cómo es posible, si apenas ayer me mandó un e-mail, si venía a conocer a su nieta, si...
Se pensaría que esa fue mi reacción, sin embargo, al enterarme de la noticia no me deshice en lágrimas arrancándome el cabello, ni busqué refugio a mi dolor en la botella. Lo que hubo fue un ligero chasquido en mi cabeza, la piel se me heló y volvió a la normalidad en un santiamén y fue todo. No sentí más, sufrí lo que algunos sicólogos calificarían como embotamiento afectivo. Mis sentimientos quedaron tan muertos como ella.
Lo que sí es que no sabía hacia dónde dar mi próximo paso, qué hacer a continuación, me había convertido en huérfano, hijo de nadie, y estaba petrificado. El cuerpo frío de la mujer que me dio a luz yacía dentro de un saco para basura. Dónde quedó mi madre, a qué infinito rincón de la Creación se había ido a esconder. Dónde quedaba yo. Julia se encargó de lo que hacía falta mientras yo me rascaba la cabeza confundido. Sus padres se enteraron por boca suya y me prestaron el dinero con que sufragué los gastos que se presentaron, que no fueron ni pocos ni módicos. Y, al fin, nos abrieron las puertas de su casa. A pesar de que no lo mencionó, Julia estaba encantada de volver con sus papás. En cuanto a la mía, sé que hubiera deseado ser enterrada en su pueblo natal, pero mandarla de regreso salía en un ojo de la cara. Los parientes, amigos y algunos conocidos sin nada que hacer pensaban rentar un autobús para acudir a darle el último adiós y extenderme el pésame, pero en vista de los acontecimientos, optaron por mandarnos sus bendiciones desde allá, me explicó mi tío Nacho, su único hermano vivo y uno de los pocos que se desplazaron al velorio, que fue en casa de mis suegros, también llegaron su hija Estela, ahijada muy querida de mi mamá, un par de compañeras del trabajo y los Roldán, vecinos de toda la vida. Por mi parte, además de mi mujer, vino Edgar, que, aunque ocupado en su autodestrucción, estuvo conmigo esos días que parecieron transcurrir sin mi presencia. El entierro fue en Jardines del recuerdo, al término del cual, cada quien tomó su rumbo de nuevo. Mi tío Nacho me haría el favor de llamarme en cuanto supiera algo de la herencia. No había mucho qué repartir, pero tampoco había mucha gente estirando la mano. Suponía que a mí me tocaría la casa y la mayor parte de sus nimios ahorros, a su hermano la otra parte y a Estela las pocas joyas de que disponía y su coche.
En Contact Line los muchachos de mi ala cooperaron y me regalaron dos botellas de José Cuervo al volver que don Rodrigo, nuestro nuevo casero, confiscó argumentando que no era el momento adecuado para soliviantar las emociones. No entendí a ciencia cierta lo que quiso decir, pero se escuchó hermoso y obedecí. Soliviantar. Yo solivianto. Tú soliviantas. Ella solivianta. Él solivianta. Nosotros soliviantamos. Ustedes soliviantan. Ellos soliviantan.
A los pocos días renuncié a Contact Line, deslumbrado por una nueva sorpresa que mi tío Nacho me hizo saber: mi madre tenía un seguro de vida a mi nombre por más de un millón de pesos. Julia opinó que nuestros problemas se habían solucionado, yo, aunque pensaba distinto, le di la razón. Nuestros verdaderos problemas apenas comenzaban.
viernes, 7 de octubre de 2011
Cuando sea demasiado tarde
atrévete a querer lo raro
fan de scorpions, Babasónicos
fan de scorpions, Babasónicos
cuando tu mamá te dé permiso
sal conmigo a jugar al precipicio,
cuando te aburras de tu buena suerte,
acompáñame al valle de la muerte,
cuando los ramos de flores te abrumen,
tengo para ti una espina bajo el abdomen,
cuando la dicha sea una cosa muy parecida a la abulia,
te invito a mi rígida cama a pecar de lascivia y lujuria,
cuando en tu camino se abran tantas puertas
que no sepas cuál es la correcta,
toma mi mano y desconfía de mí,
porque no se me ocurre a dónde pudiéramos ir
que estemos a salvo
de lo poco que valgo,
pero, ¿sabes algo?,
la divisa que yo uso
no la iguala Rupert Murdoch,
mi moneda es el comodín,
cuando el éxito te canse
y la dicha te rebase,
regresa al mundo que negaste,
cuando puedas defenderte por ti sola
del orate éste que te asola,
cuando te limpies de mis besos
y mi recuerdo te quede muy lejos,
cuando sobren las palabras,
cuando falten,
cuando olvides que me quieres,
cuando ya no importe,
toma mi mano
y dime que es demasiado tarde,
cuando se haga de noche
y la soledad te lo reproche,
cuando el suelo esté frío
y sientas el espacio menos tuyo que mío,
cuando el sol caiga temprano
y si le sirve a tu consuelo,
cierra los ojos y ven a visitarme
miércoles, 21 de septiembre de 2011
La bestia que me habita
Qué bonita sabes en pipa,
o cuando, a bocajarro,
te fumo en un cigarro,
y gracias a ti
dormita la bestia que me habita.
o cuando, a bocajarro,
te fumo en un cigarro,
y gracias a ti
dormita la bestia que me habita.
martes, 13 de septiembre de 2011
Unas horas en la piel de Mabel
...y para colmo asaltaron a bordo del último microbús que le faltaba para llegar. Subió un tipo escuálido y cacarañado en la esquina de Montevideo y Cien Metros, e, inmediatamente, amagó al chofer con una pistola tan pequeña que desafiaba su propia veracidad, le dijo que no se detuviera y que no quitara las manos del volante si no quería que le hiciera un puto tercer ojo. Ya fuera real o de juguete el arma, al ladrón le funcionó para su propósito, y consiguió extraer de Mabel -Maribel para los no amigos- la mitad de su raquítico salario, lo cual equivalía a tener que limpiar el cuarto de los patrones, inmenso y estéril igual que el miembro del señor, los 2 baños con jacuzzi y la sala de visitas. O podía canjearlo por lo que sobraba: el jardín, hogar de un perro cagón de ojos tristes y soñadores, los 2 medios baños, y las habitaciones del nene y la beba y el estudio.
600 pesos -sin contar los 50 de pasajes que volvería a gastar- de cuya pérdida tardaría meses en reponerse, y eso sacrificando los agradables gustitos que se daba, como salir a bailar algunas veces con Melanie y Sandra, las sirvientas de los vecinos, o irse a tomar un atole a la Alameda los sábados por la mañana. Mabel no podía dejar de lamentarse.
Ahora que le habían vaciado la otrora glamorosa bolsa Cartier de cuero rojo que le había heredado la jefa de familia, doña Susana, con motivo de su cumpleaños 25, tendría que regresar a casa de los Pereira para sacar otros 600 pesos del cajón y llevárselos a su madre, que era una vieja incapaz ya de sustentarse por sí misma y dependía totalmente de las migajas que Mabel le daba de sus propias migajas.
El camino de vuelta fue tedioso y terminó por ponerla de un humor de perros, tan propensa ella a la alegría, además, estaba reglando y a su pantalón se le formó una diminuta mancha a la que le dio una importancia atroz, a pesar de haber zanjado el asunto de inmediato amarrándose el suéter a la cintura. Pareció no advertir, por otro lado, la llovizna que empapaba el poliéster de su blusa color marrón, y se dejó mojar sin hacer gestos de desear cubrirse.
Los microbúses a esa hora iban repletos de gente, y con la lluvia la cosa empeoraba al grado de que Mabel vio correr 6 antes de poder poner la punta del zapato en el interior y agarrarse fuerte del pasamanos del último transporte que se permitiría dejar pasar, para cuando esto sucedió, sus esperanzas de llegar con su madre antes de las 7 de la tarde y vender algunos panques se habían ido. Fue una pérdida redonda, el robo, los pasajes, los panques. La ganancia por la venta de esos biscochos representaba el único ahorro que Mabel hacía cada semana. Ya podía irse despidiendo de los 100, 120, 150 pesos que ganaba en una noche.
Su rutina estaba marcada por un compás lento pero seguro que por 7 años, desde que su prima Manuela la metió a trabajar con los Pereira, le había funcionado bien. De lunes a viernes limpiaba de la alfombra el excremento que se les embarraba en las suelas a los patrones, y los sábados y domingos recorría las calles de su viejo barrio vendiendo empanadas. Cuando terminaba temprano y había ahorrado lo suficiente, llamaba a las muchachas para verse en algún lado e irse de jolgorio. No conocía un cine o un restaurante, pero, en cambio, sabía los nombres de todos los salones de baile que valían la pena en el DF, aunque realmente a la mayoría sólo los visitara una vez, oficialmente podía decirse que ya le había sacado brillo a sus pistas. Sin embargo, ansiaba conocer los que le faltaban, que eran muchos más que los que conocía, 7 años de ingresos bajos no alcanzaban para estar 100 por ciento actualizada en cuanto a vida nocturna.
Lo que sacudió la calma de Mabel no fue, no obstante su decepción, el hecho de que la asaltaran, eso ya había pasado antes y pasaría de nuevo, según sus estadísticas, al menos 3 veces más en el transcurso del año, sólo tenía que evitar contárselo a su madre porque se pondría colérica y ser más cuidadosa con el dinero, esconderlo en el seno o en las nalgas la próxima vez. Lo que la dejó fría desde las entrañas fue la noticia de que cerraban definitivamente el Tropicoso, el rey de los salones, por un asunto de lavado de dinero. Cuando vio la nota por la mañana en televisión sintió que las piernas se le vencían y la vista emitía chispazos, pero no con placer, como cuando solía magrearse con Chinto, la escoria de la manzana, en un lote baldío hacía una década. En aquella ocasión, al acariciar éste suavemente su clítoris con el dedo, Mabel emitió un gemido y cayó al suelo, pegajosa y frenética, mientras que en su segunda experiencia ni se mojó ni lo disfrutó, sino simplemente tuvo un ligero desmayo. Exageraba, lo sabía, pero no podía ni quería evitarlo, el Tropicoso era la Meca del buen salsero, y ella, por esto o por aquello, por una postergación tras otra de las que ahora se arrepentía, aun no lo conocía al momento de la impresionante primicia. No le quedaba la menor duda: ese triste acontecimiento marcó su sino para el resto del día, que se presentaba sucio, lluvioso, y con charcos de sangre muerta en el corazón.
Como no poseía un duplicado de llaves, al llegar a la mansión de los Pereira esperó ante el interfono de la entrada durante 20 minutos hasta que Esteban, el nene, le contestó por la bocina, Mabel reina, ¿eres tú?, ella alzó la cara hacia la cámara sonriendo y, en seguida, él abrió la puerta. Mabel sabía de antemano que el nene Esteban, un fornido adolescente de 19 años, estaría en la casa montando o siendo montado por su novio, aprovechando la ausencia de los padres y la frívola Anastasia, y vislumbró una posibilidad de recuperarse un poco financieramente chantajeando a los enamorados. No le gustaba hacerlo, pero cuando se le presentaba la oportunidad y necesitaba incrementar sus arcas -siempre necesitaba incrementar sus arcas- recurría a la intimidación para con Esteban. Luego de ir a su cuarto a cambiarse de ropa, se dirigió a la alcoba de Esteban y tocó a la puerta despacio, Esteban, ¿podemos hablar?, Espérame allí, ya salgo, y, un momento después, se asomó el chico con una sábana envuelta alrededor de la cintura, ventilando el aire con un billete de 50, dijo, Es lo único que tengo, tómalo o déjalo, gata. Tras arrancarle el mísero billete de los dedos, Mabel dio media vuelta y retomó su rumbo refunfuñando.
Hizo nuevamente el recorrido con el temor de que con esa mala suerte que la acechaba su madre pudiera haber enfermado, y entonces sí que se las verían negras. Y, al por fin llegar al nido materno a las 10 de la noche, se encontró con la buena nueva de que la plácida anciana había muerto víctima de un fuego cruzado entre la delincuencia gubernamental y la organizada. Dio un hondo suspiro y sus penas se desvanecieron, sus piernas se aligeraron, y, sobre todo, superó la pérdida del Tropicoso.
600 pesos -sin contar los 50 de pasajes que volvería a gastar- de cuya pérdida tardaría meses en reponerse, y eso sacrificando los agradables gustitos que se daba, como salir a bailar algunas veces con Melanie y Sandra, las sirvientas de los vecinos, o irse a tomar un atole a la Alameda los sábados por la mañana. Mabel no podía dejar de lamentarse.
Ahora que le habían vaciado la otrora glamorosa bolsa Cartier de cuero rojo que le había heredado la jefa de familia, doña Susana, con motivo de su cumpleaños 25, tendría que regresar a casa de los Pereira para sacar otros 600 pesos del cajón y llevárselos a su madre, que era una vieja incapaz ya de sustentarse por sí misma y dependía totalmente de las migajas que Mabel le daba de sus propias migajas.
El camino de vuelta fue tedioso y terminó por ponerla de un humor de perros, tan propensa ella a la alegría, además, estaba reglando y a su pantalón se le formó una diminuta mancha a la que le dio una importancia atroz, a pesar de haber zanjado el asunto de inmediato amarrándose el suéter a la cintura. Pareció no advertir, por otro lado, la llovizna que empapaba el poliéster de su blusa color marrón, y se dejó mojar sin hacer gestos de desear cubrirse.
Los microbúses a esa hora iban repletos de gente, y con la lluvia la cosa empeoraba al grado de que Mabel vio correr 6 antes de poder poner la punta del zapato en el interior y agarrarse fuerte del pasamanos del último transporte que se permitiría dejar pasar, para cuando esto sucedió, sus esperanzas de llegar con su madre antes de las 7 de la tarde y vender algunos panques se habían ido. Fue una pérdida redonda, el robo, los pasajes, los panques. La ganancia por la venta de esos biscochos representaba el único ahorro que Mabel hacía cada semana. Ya podía irse despidiendo de los 100, 120, 150 pesos que ganaba en una noche.
Su rutina estaba marcada por un compás lento pero seguro que por 7 años, desde que su prima Manuela la metió a trabajar con los Pereira, le había funcionado bien. De lunes a viernes limpiaba de la alfombra el excremento que se les embarraba en las suelas a los patrones, y los sábados y domingos recorría las calles de su viejo barrio vendiendo empanadas. Cuando terminaba temprano y había ahorrado lo suficiente, llamaba a las muchachas para verse en algún lado e irse de jolgorio. No conocía un cine o un restaurante, pero, en cambio, sabía los nombres de todos los salones de baile que valían la pena en el DF, aunque realmente a la mayoría sólo los visitara una vez, oficialmente podía decirse que ya le había sacado brillo a sus pistas. Sin embargo, ansiaba conocer los que le faltaban, que eran muchos más que los que conocía, 7 años de ingresos bajos no alcanzaban para estar 100 por ciento actualizada en cuanto a vida nocturna.
Lo que sacudió la calma de Mabel no fue, no obstante su decepción, el hecho de que la asaltaran, eso ya había pasado antes y pasaría de nuevo, según sus estadísticas, al menos 3 veces más en el transcurso del año, sólo tenía que evitar contárselo a su madre porque se pondría colérica y ser más cuidadosa con el dinero, esconderlo en el seno o en las nalgas la próxima vez. Lo que la dejó fría desde las entrañas fue la noticia de que cerraban definitivamente el Tropicoso, el rey de los salones, por un asunto de lavado de dinero. Cuando vio la nota por la mañana en televisión sintió que las piernas se le vencían y la vista emitía chispazos, pero no con placer, como cuando solía magrearse con Chinto, la escoria de la manzana, en un lote baldío hacía una década. En aquella ocasión, al acariciar éste suavemente su clítoris con el dedo, Mabel emitió un gemido y cayó al suelo, pegajosa y frenética, mientras que en su segunda experiencia ni se mojó ni lo disfrutó, sino simplemente tuvo un ligero desmayo. Exageraba, lo sabía, pero no podía ni quería evitarlo, el Tropicoso era la Meca del buen salsero, y ella, por esto o por aquello, por una postergación tras otra de las que ahora se arrepentía, aun no lo conocía al momento de la impresionante primicia. No le quedaba la menor duda: ese triste acontecimiento marcó su sino para el resto del día, que se presentaba sucio, lluvioso, y con charcos de sangre muerta en el corazón.
Como no poseía un duplicado de llaves, al llegar a la mansión de los Pereira esperó ante el interfono de la entrada durante 20 minutos hasta que Esteban, el nene, le contestó por la bocina, Mabel reina, ¿eres tú?, ella alzó la cara hacia la cámara sonriendo y, en seguida, él abrió la puerta. Mabel sabía de antemano que el nene Esteban, un fornido adolescente de 19 años, estaría en la casa montando o siendo montado por su novio, aprovechando la ausencia de los padres y la frívola Anastasia, y vislumbró una posibilidad de recuperarse un poco financieramente chantajeando a los enamorados. No le gustaba hacerlo, pero cuando se le presentaba la oportunidad y necesitaba incrementar sus arcas -siempre necesitaba incrementar sus arcas- recurría a la intimidación para con Esteban. Luego de ir a su cuarto a cambiarse de ropa, se dirigió a la alcoba de Esteban y tocó a la puerta despacio, Esteban, ¿podemos hablar?, Espérame allí, ya salgo, y, un momento después, se asomó el chico con una sábana envuelta alrededor de la cintura, ventilando el aire con un billete de 50, dijo, Es lo único que tengo, tómalo o déjalo, gata. Tras arrancarle el mísero billete de los dedos, Mabel dio media vuelta y retomó su rumbo refunfuñando.
Hizo nuevamente el recorrido con el temor de que con esa mala suerte que la acechaba su madre pudiera haber enfermado, y entonces sí que se las verían negras. Y, al por fin llegar al nido materno a las 10 de la noche, se encontró con la buena nueva de que la plácida anciana había muerto víctima de un fuego cruzado entre la delincuencia gubernamental y la organizada. Dio un hondo suspiro y sus penas se desvanecieron, sus piernas se aligeraron, y, sobre todo, superó la pérdida del Tropicoso.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Un microc(r)uento: Festejaban su vigésimo aniversario en el restaurante más lujoso de la ciudad cuando ella exteriorizó la duda que le había quitado el sueño los últimos meses. Suspiró profundamente, y, tomándolo de las manos, le preguntó: ¿No crees que lo nuestro es un mal entendido que se ha prolongado durante mucho tiempo, Noé? A lo que él sólo atinó a responder, Mi nombre es José
.
sábado, 10 de septiembre de 2011
...
Dice Nelson que hoy es su cumpleaños. Con esa información llegó hace un rato tocando a mi cuarto, así que lo tuve que dejar pasar. Ya venía bastante borracho y traía consigo una botella de tequila de medio litro. Trató de platicarme sobre un contratiempo de León Larregui con la autoridad, pero de inmediato supe que estaba mintiendo, mezclando pedazos de realidad con fantasia, y perdí el interés en escucharlo. Saqué el hitter de la bolsa de la sudadera que siempre cuelga de la silla donde me siento y le di una honda fumada. Nelson pidió, imposible negarle algo en su día. Luego de jalarle fue cuando sacó el pomo, era Casco Viejo, desde ahí sentí tristeza por él, porque aún siendo yo un vago, podía costearme algo un poco mejor que esa mierda que el licenciado me ofrecía. Vaya profesionista, el único de los cuatro hermanos, hinchado, disminuido, triste, ahogado en sus propias reflexiones. La música corría, por supuesto, era la hora de las complacencias para mi hermano mayor, cuando quiso agarrar la botella para beber le dije que no, que se sentara, y noté que se había meado encima. Le señalé su gracia, ya que parecía no estar al tanto, sentí ganas de llorar, le presté un pantalón. Le quité su botella y lo mandé a dormir, pero se fue a la calle y ahora el tequila me lo estoy tomando yo.
De pastor
Hipnóticamente, parpadeaba el foco trasero de una bicicleta de policía que, despacio, circulaba por la calle y pasaba enfrente de mí mientras me llevaba a la boca mi quinto taco de pastor para darle una buena mordida. Estrechada, mas no estrecha, estrechada por los coches estacionados a los lados, la calle atiborrada de noctámbulos perdidos exigió un sacrificio que aceitara sus engranes. En el cielo no había estrellas, o, si se quiere, en las estrellas no había brillo, el punto es que era una noche negra, pasó un vocho ruidoso echándose pedos por el mofle, y ahora es cuando debo reconocer pese a todo la destreza del chofer al conducir en zig-zag en un espacio tan limitado, por mi parte le cortaría las manos para que no volviera a tocar un volante en su vida, sin embargo, de algún modo se las arregló para irse limpio. El poli montado en la bici apuró el pedaleo con sus botas gastadas, la luz guiñando en el asiento, tragué un bocado. Y, en seguida, el taquero que atendía el changarro cayó fulminado de un infarto cerebral. Aquella noche también me bebí un Jarrito de limón.
viernes, 9 de septiembre de 2011
Domingo por la tarde
Domingo por la tarde, vamos rumbo a Wal-Mart por la despensa mensual de mi vieja abuela (800 pesos que el GDF le otorga en un plástico recargable). No hay novedades: don Lupe, mi tío, conduce histérico su coche, mi abuela está cansada, la niña va en sus piernas, yo nado en un pozo estrecho de aguas vertiginosas, algo así como la vía rápida del pensamiento. Prohibido encender el autostereo, bajar los vidrios, o estornudar, cuando se está al volante la más mínima distracción podría devenir en accidente fatal. Al llegar, la mega tienda brilla en todo su esplendor, anulando mi escaso sentido de identidad. La niña se va a mis brazos, de ahí al primer kart disponible, al cual nos asimos los cuatro con el objeto de llenarlo de basura comestible, de detergentes y otros productos encarecidos a grados casi ridículos y desvergonzados. Esclavo del sistema que satanizo, llevo dos rebanadas de pizza recién hecha, entre otras cosas más.
Finalmente terminamos con nuestra misión de recolección. Todos vamos, si no satisfechos, al menos resignados con nuestra parte del botín. He empezado con una de las rebanadas, está deliciosa, le doy a la niña. Cuando toca pagar, la tarjeta pasa de una mano a otra, mas no para hacer el cargo, sino sólo para descubrir que no tiene fondos. En la niña y yo se cumple la premisa: Barriga llena, corazón contento. Pagamos el par de piezas, nos disculpamos con la cajera y nos vamos.
Finalmente terminamos con nuestra misión de recolección. Todos vamos, si no satisfechos, al menos resignados con nuestra parte del botín. He empezado con una de las rebanadas, está deliciosa, le doy a la niña. Cuando toca pagar, la tarjeta pasa de una mano a otra, mas no para hacer el cargo, sino sólo para descubrir que no tiene fondos. En la niña y yo se cumple la premisa: Barriga llena, corazón contento. Pagamos el par de piezas, nos disculpamos con la cajera y nos vamos.
lunes, 22 de agosto de 2011
Dios quiera que no
Casi me siento un hombre distinto, ha sido una experiencia devastadora este proceso que lleva llegar a la madurez, lo odio, sobre todo porque mi cuerpo sigue resistiéndose a él, si tan solo ocupara un lugar físico, la desprendería de mí sin importar cuánto dolor implicara el acto. Pero qué tonteras digo, ¿de cuál madurez estoy hablando? Un hombre centrado no actúa como lo hago yo, afronta la realidad sin sobresaltos ni imaginación en lugar de buscar maneras de evadirla a toda costa. Reconozco que, al final de cuentas, la realidad es como una pared de cuyo encuentro uno no escapa, y mientras más rápida es la carrera, más fuerte será el golpe en plena nariz. Y, no obstante saber esto, soy de los que huyen desenfrenados hacia su propia destrucción. ¿Y aun así me atrevo a insinuar que estoy en la etapa final de la madurez definitiva? Dios quiera que no. No veo qué utilidad pueda sacarle a semejante fardo.
domingo, 21 de agosto de 2011
Sueño de una cheve de verano
Érase una vez un tarro frío de bambú repleto de cerveza colgando de una exageradamente delgada mano enguantada en nubes rojas que presagiaban desastre inminente en el fondo de la espuma azarosa de aquella crema sin pellizcar durante un sol de invierno binaural.
domingo, 14 de agosto de 2011
Grafito sobre papel
Desplazo suavemente el cuaderno sobre mi escritorio hasta colocarlo en el centro del mismo. Luego, lo abro por la mitad, releyendo, mientras me siento, la última cuartilla que redacté. Recojo el lápiz con el que ahora escribo, que estaba en la orilla de la mesa, pendiendo de un hilo, y noto que se siente pesado, mas sé que la torpeza de mis palabras no la causa el instrumento tanto como el grafito cuajado en las falanges de mis dedos. Aquí hay un romance en ciernes. El cuaderno, que está en celo y ovulando, seduce al lenguaje, ansioso también por descargar su flujo incontenible de palabras viajeras. Ahora que se han juntado el hambre con las ganas de comer, sólo es cuestión de coordinar los ritmos. Un buen trago siempre ayuda a estabilizar los nervios. Entonces, sin advertir ni cómo ni cuándo, sucede lo inimaginable, un trazo vacilante se va dibujando en la hoja hasta conformar una D, luego, después de la cabeza, surge por sí solo el cuerpo entero de la primogénita: e, s, p, l, a, z, o.
Es un placer ingrato éste, exige mucho y no devuelve nada, parece, más bien, un vicio.
Y se ha iniciado la riña más despiadada, la conversación entre uno mismo, la novela arrebatada dentro de la cual el autor no puede ocultar su protagonismo. El vecino de enfrente, el ordenador, que nada sabe de fluidos y caricias, mira anonadado el espectáculo, muriéndose de la envidia. Apenas nace una palabra, crece y da vida a otra a su costado, bien dicen que el fruto no cae lejos del árbol. Parece fácil, pero hay que leer con cuidado las líneas de la propia mano para alcanzar a expresar a medias lo que a tientas se sigue tratando de comprender.
Luego de un encontronazo que apenas duró unos párrafos ambas bestias terminan exhaustas y deciden darse unos segundos para recuperar la compostura y dejar de jadear, se miran cara a cara, confundidos, recelosos, como dos acérrimos rivales que se acaban de otorgar el perdón mutuo. Porque mentirosas y sinceras, fogosas e impertérritas, las palabras se traducen en amantes de nadie y de cualquiera. Hacen del laberinto sin salida que es la hoja en blanco una Babilonia inaccesible por lo espinoso de sus jardines.
No evitemos hacernos de palabras porque éstas son, más que una herramienta, la bomba nuclear, más que un accesorio, el motor del lenguaje, y sobre todo son, más que finas amantes, el amor definitivo. A escribir, pues, que de ese modo se hace el amor con la memoria.
Es un placer ingrato éste, exige mucho y no devuelve nada, parece, más bien, un vicio.
Y se ha iniciado la riña más despiadada, la conversación entre uno mismo, la novela arrebatada dentro de la cual el autor no puede ocultar su protagonismo. El vecino de enfrente, el ordenador, que nada sabe de fluidos y caricias, mira anonadado el espectáculo, muriéndose de la envidia. Apenas nace una palabra, crece y da vida a otra a su costado, bien dicen que el fruto no cae lejos del árbol. Parece fácil, pero hay que leer con cuidado las líneas de la propia mano para alcanzar a expresar a medias lo que a tientas se sigue tratando de comprender.
Luego de un encontronazo que apenas duró unos párrafos ambas bestias terminan exhaustas y deciden darse unos segundos para recuperar la compostura y dejar de jadear, se miran cara a cara, confundidos, recelosos, como dos acérrimos rivales que se acaban de otorgar el perdón mutuo. Porque mentirosas y sinceras, fogosas e impertérritas, las palabras se traducen en amantes de nadie y de cualquiera. Hacen del laberinto sin salida que es la hoja en blanco una Babilonia inaccesible por lo espinoso de sus jardines.
No evitemos hacernos de palabras porque éstas son, más que una herramienta, la bomba nuclear, más que un accesorio, el motor del lenguaje, y sobre todo son, más que finas amantes, el amor definitivo. A escribir, pues, que de ese modo se hace el amor con la memoria.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Aplausos
El hombre, en sus carnosas patas traseras, se sostiene erguido esperando unas graciosas palmadas como muestra de reconocimiento y afecto sincero, y, al momento de recibir su caricia es feliz. Y lo que es más, no teme demostrarlo mediante el travieso meneo de su rabo sucio. Sus ojos brillan en el fondo de ese charquito de ternura acuosa en las cuencas, sonríe con plenitud mostrando todos los dientes, blancos los frontales, amarillentos los del fondo, fuertes los incisivos, agudos los caninos, preparados para triturar con saña los bicúspides y los molares. No obstante encontrarse su autoestima en una cumbre casi inalcanzable, el hombre recuerda mirar por lo bajo como muestra de su pequeñez. No atina a decir nada, piensa que hablar, las más de las veces, echa a perder el momento, así que simplemente se deja llevar por el flujo de su torrente sanguíneo, que corre a una velocidad impetuosa capaz de levantar hasta la gris pinga de un muerto. Está excitado. Sus mejillas enrojecen más tras cada palmada, el universo entero le es ajeno. Vivirá alegre por muchos años evocando este recuerdo, por lo mismo, no pierde ni un detalle de la situación, vive completamente en el aquí y en el ahora, captando los preciosos instantes que complementan la escena: la placa con su nombre en letras grandes y doradas, el listón azul, sus mocasines lustrados cuidadosamente. La nariz en ristre para olfatear emociones, júbilo y tabaco sobresalen. Su propia saliva le sabe a un licor tan noble que no llega a aturdirlo ni al menos un poco. Al término de su función, el hombre sólo se hace a un lado para dar paso a otro hombre igualmente admirable, y así sucesivamente hasta el último diploma, hasta el último hombre.
El cronista de la desgracia
El cronista de la desgracia trabaja por puro gusto a la querella, pero el muy hijo de perra, aparte, recibe una jugosa comisión por cada línea denigrante que firma, el allanamiento es la morada donde reside su modus operandi, presencia la catástrofe humana desde su mismo epicentro y, cuando se aburre, bosteza, se sacude, y da la espalda al espectáculo para sentarse a describirlo y cuestionarlo con nervio afinado, y, como si de veras se hubiera dejado el alma en la salvación del hombre, cobra caro, es bien sabido que para convertirse en un buen cronista de la desgracia se debe ser mala cabeza de vocación, los tipos frustrados y solitarios, proclives a sufrir perturbantes neurastenias, abundan en esta rama de la literatura, que se distingue porque las hojas de sus libros no huelen a inmensidad como el resto, sino a cagadero, no obstante, algunas obras tienen un gustillo acibarado muy adictivo por singular que se lleva bien con la cerveza de barril, mentes ávidas de una realidad que las trastorna, el oficio es fácil mas no simple, sufrir penas ajenas y después trascribirlas al papel, no es arriesgado, no es emocionante, no es decoroso, no es delicioso, pero alguien tiene que hacerlo, y para eso está el cronista de la desgracia, quien quizás no reciba abrazos ni aguinaldos en navidad, si hace bien su trabajo, es seguro que no, pero en cambio le llega un montón de inspiración para sus próximos relatos, sólo debe desapropiar sus miserias y las ajenas hasta el grado de hacerlas parecer historias de nadie, y luego, cuando se siente seguro, desde su marcado gesto de displicencia abomina cada producto nuevo que pone en los estantes mas no por ello rechaza los premios, reconocimientos, becas, viajes, estupefacientes, que la pieza le acarrea, los autores de este género persiguen la calamidad de sus semejantes cuidándose de la propia, sin embargo, a modo de peripatético revés poético, su principal punto débil es la alegría.
miércoles, 27 de julio de 2011
NO pensar
Advertencia urgente a toda la población:
Se ha detectado un hasta ahora desconocido agente patógeno en el aire de esta ciudad, sus efectos en el cuerpo humano siguen estudiándose. Por lo pronto se sabe que dicho virus entra en contacto con las personas alojándose en el ojo con la ayuda de los ventarrones de otoño y se contagia a través de la mirada avinagrada. Sus síntomas, lejos de ser inmediatos, pueden llegar a demorar años en manifestarse y varían de persona a persona, teniendo, como único común denominador, la cualidad de ser devastadores una vez que se hacen presentes. Además, la procedencia del mal, por mucho que se rastree, es imposible de detectar. La Lobulonga Intercraneana Posterior ralentiza el desplazamiento de la idroglavina y se conecta con las vías aerobiónicas a través del Hipotercio Accidental, desencadenando con esto una reacción Cosmigobloide capaz de atrofiar los tejidos Firbiminosos de los órganos convexos, quienes, al ser afectados por los fluidos Despiracionales, hacen liberar peligrosas cantidades de Trixonciteria, la cual, a su vez, entorpece el buen funcionamiento de las células Monolimpectífluas, encargadas de absorber los nutrientes y excretar los deshechos producidos por la mente del individuo de manera natural toda vez que concibe una idea. Así, el grado de contaminación del cerebro será directamente proporcional a la cantidad de razonamientos que el afectado llegue a inferir.
Por lo anterior, y con el fin de mantener nuestro aire lo menos viciado posible, se pide a la ciudadanía no reflexionar sobre temas de ninguna índole hasta nuevo aviso.
Se ha detectado un hasta ahora desconocido agente patógeno en el aire de esta ciudad, sus efectos en el cuerpo humano siguen estudiándose. Por lo pronto se sabe que dicho virus entra en contacto con las personas alojándose en el ojo con la ayuda de los ventarrones de otoño y se contagia a través de la mirada avinagrada. Sus síntomas, lejos de ser inmediatos, pueden llegar a demorar años en manifestarse y varían de persona a persona, teniendo, como único común denominador, la cualidad de ser devastadores una vez que se hacen presentes. Además, la procedencia del mal, por mucho que se rastree, es imposible de detectar. La Lobulonga Intercraneana Posterior ralentiza el desplazamiento de la idroglavina y se conecta con las vías aerobiónicas a través del Hipotercio Accidental, desencadenando con esto una reacción Cosmigobloide capaz de atrofiar los tejidos Firbiminosos de los órganos convexos, quienes, al ser afectados por los fluidos Despiracionales, hacen liberar peligrosas cantidades de Trixonciteria, la cual, a su vez, entorpece el buen funcionamiento de las células Monolimpectífluas, encargadas de absorber los nutrientes y excretar los deshechos producidos por la mente del individuo de manera natural toda vez que concibe una idea. Así, el grado de contaminación del cerebro será directamente proporcional a la cantidad de razonamientos que el afectado llegue a inferir.
Por lo anterior, y con el fin de mantener nuestro aire lo menos viciado posible, se pide a la ciudadanía no reflexionar sobre temas de ninguna índole hasta nuevo aviso.
jueves, 16 de junio de 2011
Umbrales de vesania
Lo primero que vio al despertar fue una gorda y gris cochinilla deambulando cerca de su pestilente boca.
Estaba encerrado en el soleado aunque poco glorioso patio trasero de su propia casa. Tenía hambre, sed, sueño, calor. En algunas partes el mastuerzo le llegaba hasta la cintura y seguía creciendo imperceptiblemente mientras a él la vida se le escapaba a borbotones por la boca. Nada más despertar y darse cuenta en dónde se encontraba, se levantó del pasto terroso tan bruscamente que le vino una náusea. Vomitó un chile güero, siete tortillas, dos piezas de pollo y mil ochocientos mililitros de escocés de dieciocho años. De la basca emanaba un olor repulsivo, mezcla de aromas de alimentos y bebidas echados a perder dentro de un refrigerador dañado, le echó tierra a la fétida mancha con sus zapatos antes de caer en la cuenta de que eran los más caros de su guardarropa. La copa de un pino se mecía gentilmente al otro lado de los altos muros de su jardín, lejos, en la punta de un cerro, un grupo de hombres trabajaba en una construcción. Evidentemente, el mundo seguía rotando afuera, sólo que lo hacía mucho más lentamente que su cabeza, la cual, de haber sido un planeta, habría tenido días de un parpadeo de duración. La puerta, que era corrediza y de un vidrio no muy grueso, estaba cerrada por dentro, al igual que la ventana que daba al interior de la casa, y que su afónica garganta. Se paseó desesperado como perro del mal por las cuatro esquinas del diminuto traspatio, no quería tomar medidas extremas todavía, no empezaría a desmadrar su casa sino hasta, por lo menos, haberla terminado de pagar, y para eso faltaban varios miles de pesos. Miró su reloj Tissot, en unos minutos darían las doce del mediodía. Sabía que era domingo, sabía que era su cumpleaños, sabía que la noche anterior lo había festejado en grande, ¿cómo?, no lograba recordarlo, por lo que tenía la plena seguridad de que fue una noche inolvidable, de esas que se borran automáticamente con el alba para que las pueda uno recrear más adelante, no con la memoria, sino de forma presencial otra vez. Buscó su teléfono celular en las bolsas de su fino pantalón, en la de su no menos elegante camisa blanca (tendría que llevarlos a la tintorería apenas consiguiera salir de su prisión), no lo llevaba consigo, lo más posible era que lo hubiera perdido durante la parranda, el tercero en un año. Tampoco encontró su cartera, no obstante, puesto que era un hombre precavido, tenía sus plásticos asegurados. Lo único que traía encima, además de una resaca que sólo un campeón soportaría con estoicismo, era un triste billete de veinte. ¿Cómo es posible que gane tanto y no tenga gran cosa?, se preguntaba, Maldito alcohol, dijo en voz alta y en tono de guasa. Orgulloso, siempre afirmaba (y probaba) que su doctrina era gastar, gastar, y gastar. El dinero entristece si se le salva, les decía a sus amigos con mucha frecuencia, cuando éstos le preguntaban por qué no poseía ni siquiera un coche usado, No sé ahorrar, remataba finalmente. Y ahora ahí estaba, sudando como un atleta por todos los poros de su piel, con un triste billete de veinte doblado por la mitad y sin tarjetas de crédito a las que recurrir en lo que llegaba la quincena nuevamente. Le pediría prestado a algún colega, sólo faltaban cuatro días para el fin de mes, con doscientos pesos por día podría arreglárselas. Pero primero, lo primero, debía salir de ahí, o, mejor dicho, entrar, entrar en su hogar, fresco hogar, donde lo esperaban como mínimo seis cervezas helándose en el frigorífico y un reconfortante y costoso sillón de piel, única pista de que allí, a un lado de las escaleras, estaría la sala en cuanto terminara de comprar los muebles. De qué artimañas se había valido la noche previa para ponerse bajo llave seguía siendo un misterio para él. Debió haber necesitado la ayuda de alguien más, o pudo ser que, recordando sus años mozos de estudiante, se haya brincado la barda, justo igual que en secundaria, cuando se escapaba junto con otros vagos de su generación para ir a jugar dominó o futbolito.
Fuera como fuera, ya estaba dentro y ahora tenía que ingeniárselas para escapar sin hacer destrozos. Alzó la vista para mirar las dos ventanas que las paredes no alcanzaban a ocultarle en lo alto de las casas contiguas, el redondo sol, contrastando con y prendido al cielo como un majestuoso huevo frito, lo deslumbró unos segundos. Malditos vecinos, ninguno daba señales de vida. Por otro lado, de qué le habría servido que alguno se hubiera asomado, seguramente se carcajearían desde su torre y le dirían con un enorme y saludable vaso de agua de Jamaica en la mano que eso y más tenía merecido por ser sumamente problemático y escandaloso. Dado que no había puesto cortinas todavía, podía verlo todo por los cristales, lo cual acrecentaba su rabia y desesperación, cinco milímetros de grosor lo separaban de tumbarse en un suelo frío, bajo un techo sólido, en un ambiente limpio, pues ahí las moscas se habían comenzado a congregar alrededor del mórbido vómito. Se acercó a la frenética junta dando patadas y manotazos para dispersarlas, sin embargo, lo único que consiguió fue malhumorarlas a su mismo nivel. Zumbaban las moscas por sus sienes y sentía el repugnante contacto que hacían sus palmas con los insectos en el aire. Inútiles sus palmadas, desistió de atacarlas y optó por retroceder con lentitud haciendo con las manos una señal de Mil disculpas, caballeros, disfruten del banquete, y pegó la cara al vidrio de la puerta. Ahí estaban su laptop de última generación y su juego de pluma y lapiceros Montblanc sobre la mesa del comedor, también había un montón de discos dispersos, algunos de los cuales aún conservaban su empaque de celofán, dos tazas de café a medio consumir, un cuaderno abierto en una rayada hoja multicolor (como si una niña de unos seis años hubiera dibujado sobre el lienzo) y un betabel partido por la mitad. A duras penas sabía cómo echar a andar un ordenador, no recordaba haber tenido jamás estilográficas tan bellas, ni gustar del tipo de música que se adivinaba en las portadas de los cedes, hacía años que no bebía una buena taza de café, y, además y afortunadamente (pensaba), todavía no tenía hijos, pero lo que le causó más confusión fue, sin duda, la asquerosa visión de esa remolacha colorada cuyo jugo seco se hallaba fuertemente adherido al plato donde se rebanó. Ya fuera por su desagradable sabor, o porque le evocaba el cuadro de su fugitiva madre abandonándolo en mitad de un parque a los ocho años con nada más que una bolsa rebosante de rojo extracto que legarle, odiaba el betabel en todas sus formas, lo detestaba quizás más que a la sobriedad, inclusive quizás un poco más que a la humanidad. La fotografía de una tierna pequeña de mejillas sonrosadas descansaba en un marco de plata sobre una repisa al fondo del comedor.
Decidido a ponerle punto final a su encierro, el tipo se quitó su ostentoso reloj, lo sopesó en su mano unos segundos y acto seguido, lo lanzó contra la ventana, formándose un considerable hueco por el cual metió el brazo para quitar el seguro. Mientras cruzaba como un ladrón, primero una pierna, luego la otra, la puerta de calle se abrió con parsimonia. El alcohol le había jugado espejismos anteriormente, miró su mano izquierda empapada en sangre, la carátula de un reloj marcando cinco para las doce tatuada en la muñeca, era la hora en que su progenitora lo abandonó treinta y dos años atrás, desde entones había vivido en la indigencia. Él no era rico y nunca lo sería, no bebió escoces de dieciocho años la noche anterior que cumplió cuarenta, sino un galón de charanda, y su gran cena había consistido en las sobras que una vieja le dio por no tirarlas a la basura. En el umbral principal se hizo visible la imagen de un hombre robusto de ojos pequeños que venía cargado de maletas, detrás de él, su mujer y su hija entraron sonriendo y luciendo unas pieles espectacularmente bronceadas gracias al sol de verano.
Estaba encerrado en el soleado aunque poco glorioso patio trasero de su propia casa. Tenía hambre, sed, sueño, calor. En algunas partes el mastuerzo le llegaba hasta la cintura y seguía creciendo imperceptiblemente mientras a él la vida se le escapaba a borbotones por la boca. Nada más despertar y darse cuenta en dónde se encontraba, se levantó del pasto terroso tan bruscamente que le vino una náusea. Vomitó un chile güero, siete tortillas, dos piezas de pollo y mil ochocientos mililitros de escocés de dieciocho años. De la basca emanaba un olor repulsivo, mezcla de aromas de alimentos y bebidas echados a perder dentro de un refrigerador dañado, le echó tierra a la fétida mancha con sus zapatos antes de caer en la cuenta de que eran los más caros de su guardarropa. La copa de un pino se mecía gentilmente al otro lado de los altos muros de su jardín, lejos, en la punta de un cerro, un grupo de hombres trabajaba en una construcción. Evidentemente, el mundo seguía rotando afuera, sólo que lo hacía mucho más lentamente que su cabeza, la cual, de haber sido un planeta, habría tenido días de un parpadeo de duración. La puerta, que era corrediza y de un vidrio no muy grueso, estaba cerrada por dentro, al igual que la ventana que daba al interior de la casa, y que su afónica garganta. Se paseó desesperado como perro del mal por las cuatro esquinas del diminuto traspatio, no quería tomar medidas extremas todavía, no empezaría a desmadrar su casa sino hasta, por lo menos, haberla terminado de pagar, y para eso faltaban varios miles de pesos. Miró su reloj Tissot, en unos minutos darían las doce del mediodía. Sabía que era domingo, sabía que era su cumpleaños, sabía que la noche anterior lo había festejado en grande, ¿cómo?, no lograba recordarlo, por lo que tenía la plena seguridad de que fue una noche inolvidable, de esas que se borran automáticamente con el alba para que las pueda uno recrear más adelante, no con la memoria, sino de forma presencial otra vez. Buscó su teléfono celular en las bolsas de su fino pantalón, en la de su no menos elegante camisa blanca (tendría que llevarlos a la tintorería apenas consiguiera salir de su prisión), no lo llevaba consigo, lo más posible era que lo hubiera perdido durante la parranda, el tercero en un año. Tampoco encontró su cartera, no obstante, puesto que era un hombre precavido, tenía sus plásticos asegurados. Lo único que traía encima, además de una resaca que sólo un campeón soportaría con estoicismo, era un triste billete de veinte. ¿Cómo es posible que gane tanto y no tenga gran cosa?, se preguntaba, Maldito alcohol, dijo en voz alta y en tono de guasa. Orgulloso, siempre afirmaba (y probaba) que su doctrina era gastar, gastar, y gastar. El dinero entristece si se le salva, les decía a sus amigos con mucha frecuencia, cuando éstos le preguntaban por qué no poseía ni siquiera un coche usado, No sé ahorrar, remataba finalmente. Y ahora ahí estaba, sudando como un atleta por todos los poros de su piel, con un triste billete de veinte doblado por la mitad y sin tarjetas de crédito a las que recurrir en lo que llegaba la quincena nuevamente. Le pediría prestado a algún colega, sólo faltaban cuatro días para el fin de mes, con doscientos pesos por día podría arreglárselas. Pero primero, lo primero, debía salir de ahí, o, mejor dicho, entrar, entrar en su hogar, fresco hogar, donde lo esperaban como mínimo seis cervezas helándose en el frigorífico y un reconfortante y costoso sillón de piel, única pista de que allí, a un lado de las escaleras, estaría la sala en cuanto terminara de comprar los muebles. De qué artimañas se había valido la noche previa para ponerse bajo llave seguía siendo un misterio para él. Debió haber necesitado la ayuda de alguien más, o pudo ser que, recordando sus años mozos de estudiante, se haya brincado la barda, justo igual que en secundaria, cuando se escapaba junto con otros vagos de su generación para ir a jugar dominó o futbolito.
Fuera como fuera, ya estaba dentro y ahora tenía que ingeniárselas para escapar sin hacer destrozos. Alzó la vista para mirar las dos ventanas que las paredes no alcanzaban a ocultarle en lo alto de las casas contiguas, el redondo sol, contrastando con y prendido al cielo como un majestuoso huevo frito, lo deslumbró unos segundos. Malditos vecinos, ninguno daba señales de vida. Por otro lado, de qué le habría servido que alguno se hubiera asomado, seguramente se carcajearían desde su torre y le dirían con un enorme y saludable vaso de agua de Jamaica en la mano que eso y más tenía merecido por ser sumamente problemático y escandaloso. Dado que no había puesto cortinas todavía, podía verlo todo por los cristales, lo cual acrecentaba su rabia y desesperación, cinco milímetros de grosor lo separaban de tumbarse en un suelo frío, bajo un techo sólido, en un ambiente limpio, pues ahí las moscas se habían comenzado a congregar alrededor del mórbido vómito. Se acercó a la frenética junta dando patadas y manotazos para dispersarlas, sin embargo, lo único que consiguió fue malhumorarlas a su mismo nivel. Zumbaban las moscas por sus sienes y sentía el repugnante contacto que hacían sus palmas con los insectos en el aire. Inútiles sus palmadas, desistió de atacarlas y optó por retroceder con lentitud haciendo con las manos una señal de Mil disculpas, caballeros, disfruten del banquete, y pegó la cara al vidrio de la puerta. Ahí estaban su laptop de última generación y su juego de pluma y lapiceros Montblanc sobre la mesa del comedor, también había un montón de discos dispersos, algunos de los cuales aún conservaban su empaque de celofán, dos tazas de café a medio consumir, un cuaderno abierto en una rayada hoja multicolor (como si una niña de unos seis años hubiera dibujado sobre el lienzo) y un betabel partido por la mitad. A duras penas sabía cómo echar a andar un ordenador, no recordaba haber tenido jamás estilográficas tan bellas, ni gustar del tipo de música que se adivinaba en las portadas de los cedes, hacía años que no bebía una buena taza de café, y, además y afortunadamente (pensaba), todavía no tenía hijos, pero lo que le causó más confusión fue, sin duda, la asquerosa visión de esa remolacha colorada cuyo jugo seco se hallaba fuertemente adherido al plato donde se rebanó. Ya fuera por su desagradable sabor, o porque le evocaba el cuadro de su fugitiva madre abandonándolo en mitad de un parque a los ocho años con nada más que una bolsa rebosante de rojo extracto que legarle, odiaba el betabel en todas sus formas, lo detestaba quizás más que a la sobriedad, inclusive quizás un poco más que a la humanidad. La fotografía de una tierna pequeña de mejillas sonrosadas descansaba en un marco de plata sobre una repisa al fondo del comedor.
Decidido a ponerle punto final a su encierro, el tipo se quitó su ostentoso reloj, lo sopesó en su mano unos segundos y acto seguido, lo lanzó contra la ventana, formándose un considerable hueco por el cual metió el brazo para quitar el seguro. Mientras cruzaba como un ladrón, primero una pierna, luego la otra, la puerta de calle se abrió con parsimonia. El alcohol le había jugado espejismos anteriormente, miró su mano izquierda empapada en sangre, la carátula de un reloj marcando cinco para las doce tatuada en la muñeca, era la hora en que su progenitora lo abandonó treinta y dos años atrás, desde entones había vivido en la indigencia. Él no era rico y nunca lo sería, no bebió escoces de dieciocho años la noche anterior que cumplió cuarenta, sino un galón de charanda, y su gran cena había consistido en las sobras que una vieja le dio por no tirarlas a la basura. En el umbral principal se hizo visible la imagen de un hombre robusto de ojos pequeños que venía cargado de maletas, detrás de él, su mujer y su hija entraron sonriendo y luciendo unas pieles espectacularmente bronceadas gracias al sol de verano.
Avisos oportunos
Hojeaba el periódico con desgana, sin poderme sacar de la cabeza que con esos doce pesos que gasté en él pude haberme tomado una cerveza (a pesar de que ya era un mariguano descarado, a esa edad apenas hacía mis pininos en el alcoholismo), pero necesitaba buscar trabajo y, ya que nosotros nos contábamos todavía entre las cavernícolas familias sin internet en la colonia y a mí los cibercafés me parecían tan repugnantes como los baños públicos, la mejor opción era el Aviso Oportuno dominical.
Quisiera resaltar que he dicho que en aquella época necesitaba BUSCAR trabajo, no hallarlo, mucho menos ejercerlo. Así conseguía dinero de mis viejos, a quienes engañaba fácilmente con sólo vestirme bien y salir en las mañanas con una carpeta bajo el brazo izquierdo, a veces el derecho. Me ausentaba por horas, compraba un paquete de chicles Clorets y me unía al charco que conformaban las gotas gordas sudadas por los montones de holgazanes junto con los montones de gente productiva al caminar durante horas bajo el sol. ¿A dónde iba? Ya lo he mencionado: a buscar trabajo. Es decir, me cercioraba de que las direcciones que aparecían en los clasificados de hecho existieran, de que ahí me aguardaba el empleo perfecto, era bueno saber que había disponible una vacante en cualquier parte para el puesto de lamehuevos, sin embargo, por el momento me gustaba mi condición de pelagatos. Entraba en cualquier edificio, por imponente que fuera, con pasos decididos, desplazándome de aquí para allá con total soltura, dueño de la situación. Saludaba con familiaridad a los guardias, a las recepcionistas, a los de la limpieza, a las secretarias. Miraba a los ojos y sin parpadear a quien estuviera del otro lado del escritorio recordando alegre que no le daría la oportunidad de humillarme y burlarse de mí a cambio de esos salarios ridículos. Con una actitud tan positiva, ¿quién sería capaz de desaprovecharme?, nadie. Normalmente para mediodía, si sólo me abocaba a cazar trofeos, ya había conseguido al menos tres empleos: dependiente de alguna tienducha de conveniencia, “Asesor telefónico”, capturista de datos, vendedor de cosméticos chinos, ¿cuál más acartonado?, no sabría decirlo. Otras veces lo único que hacía era tumbarme bajo la sombra de un árbol, perdido en la inmensidad de un parque para, tranquilamente, fumar sendos churros y leer novelas de Henry James mientras mi padre creía que andaba en busca de una ocupación más o menos decente. Me daba algún dinero para comer fuera porque casi siempre demoraba 6 o 7 horas en regresar, no eran las perlas de la virgen pero alcanzaba para seguir comprando libros usados y botellas de tequila adulteradas que a pasos agigantados mermaron mi vista, tanto los tequilas como los libros. Al volver a casa, sólo debía poner mi más sincera cara de idiota y decir: “Quedaron de llamarme en el transcurso de la semana”, para liberarme de preguntas y sospechas. Después de la cena, usualmente le describía a mi madre a detalle la elegancia del interiorismo de las oficinas que visitaba, y ella siempre me decía, con ilusión, “Cuando trabajes allí vas a usar un traje limpio todos los días de tu vida”, con su característica lentitud exasperante.
Bueno, pues, una vez hecho este paréntesis, vuelvo a aquél… el tiempo dice que distante domingo, aunque la memoria lo contradice teniéndolo con frecuencia a la mano, claro e imborrable. Tenía ya anotados en mi libreta los nombres de un par de multinacionales: empleado de intendencia en una mueblería y recadero de una barra de abogados de pacotilla. Buscaba empleos viables para alguien que apenas si acabó la preparatoria abierta, ya que a pesar de no estar interesado en ellos, odiaba ser rechazado. Eran aproximadamente las ocho de la noche (lo peor lo dejaba para el final del día), cuando, en mi habitación, sonó mi celular, tono de llamada: I can’t get no (Satisfaction). Yo no lo oí, enroscado como estaba en un rincón de la azotea, completamente drogado, con el periódico y la libreta para hacer apuntes en el suelo, pero cuando bajé a mi habitación treinta minutos después, el botón de menú palpitaba sereno y eso era señal inequívoca de que alguien quiso hablar conmigo y no respondí.
Se trataba de una antigua compañera del colegio, Sandra, pero eso no lo supe sino hasta luego de haber marcado el número desconocido que aparecía en el identificador de llamadas. Al principio me causó algo de desconcierto a razón de que no era yo una persona muy sociable que anduviera dando su número telefónico por bares y antros. ¿Quién sería?, me pregunté, no tenía novia ni amigas y sólo un par de camaradas me buscaban los fines de semana para agarrar la jarra. Apreté dial y esperé a que me diera línea. Tardó un poco, y, cuando al fin sonó la bocina del otro lado, mi madre entró con una taza humeante de té a la habitación. Tuve que colgar de inmediato, pues si me hubiera visto hablando se habría quedado ahí sentada, preguntándome ¿Quién es?, ¿qué quiere?, ¿sólo saludar?, qué amable, agradécele y acompáñame a ver la tele. Así era ella en esos tiempos, aprovechaba cualquier ocasión para reclamarme como suyo, Aquí te traigo una tacita caliente, tómatela con cuidado antes de que se enfríe, me dijo. Puse el seguro y volví a marcar, sonaron siete timbres y luego contestó ella.
¿Diga?, respondió jadeando Sandra al otro lado de la línea, por poco y no hubiera escuchado, distraída como estaba lavándose el cabello en el baño, pero el teléfono celular, de tanto vibrar, cayó de la cama al suelo y eso sí que lo oyó.
Su respiración era agitada, me dijo Diga y le dije Hola, ¿quién habla?, No sé, ¿con quién quieres hablar?, luego rió con desparpajo y añadió, Ratoncito, ¿cómo has estado? no has cambiado nada, se nota por el puro tono de tu voz que sigues teniendo doce años, ya crece, ¿no?
Hola, ¿quién habla?, contestó la voz tímida de un tipo que, se notaba a leguas, no sabía iniciar una conversación. En los labios de Sandra se dibujó una blanda sonrisa, Ay, ratoncito, pensó enternecida, Tú siempre tan poca cosa.
Supe de quién se trataba antes de que me lo dijera, ratoncito era el apodo que ella escogió para hacerme menos en la secundaria, y, teniendo en cuenta lo despiadada que era con los niños de mi tipo (o sea, los inadaptados, los debiluchos, los pazguatos que no destacábamos en nada), era casi un cumplido. Habla Sandra, ¿te acuerdas de mí?, cómo decirle Por supuesto, si sigues siendo la dueña de mis puñetas, Sandra… Sandra… cavilé como quien no quiere la cosa, Claro, Sandra, qué sorpresa, ¿de verdad eres tú?, qué imbécil debí haberme escuchado.
Disfrutaba de su nerviosismo, le causaba un hondo placer notar que seguía teniéndolo en la palma de su mano aun después de tantos años, Cómo has estado… Yo igual… No, acabo de volver a la ciudad… ¿Sí? No me digas… Ah, pues muchas gracias… ¿Sigues escribiendo?... Qué lástima… Eso quisiera verlo… Hace cosa de una semana me encontré en el supermercado con Noé, él me dio tu número… El ratoncito, al otro lado de la línea, se movía de aquí para allá y no paraba de hablar frenéticamente, hasta que Sandra se despidió sin darle mayor importancia al asunto. Ratoncito, tengo que colgar, ha sido una alegría enorme, luego te llamo. Se sentó en la esquina de su cama y suspiró, una lágrima que le daba cosquillas en la mejilla cayó sobre uno de sus muslos. Había tenido que dejar el viejo barrio al terminar primero de secundaria porque a su papá le ofrecieron un mejor empleo en San Luis Potosí hacía ocho años, el negocio fue tan fructífero que el buen hombre se pudo al fin pagar una segunda mujer, un hijo bastardo y una casa chica, y todo marchaba sobre ruedas hasta que su mujer original lo descubrió y decidió dejarlo y volver al departamento de su madre en la ciudad. Ahora el único vínculo que Sandra tenía con su efímero pasado era ese chico raro que no paraba de mirarla en el salón de clases. Y eso era algo que la deprimía mucho. Se recostó, estiró la mano para alcanzar una almohada y se quedó dormida sin darse cuenta, con el cabello húmedo.
No pude dormir esa noche de la emoción, recordando la vez que, estúpida y patéticamente, la defendí de Lalo, un alborotador gordo de diez metros de altura que, siempre que podía, se sentaba detrás de ella y no dejaba de manosearla hasta que, harta, Sandra se levantaba y le pedía a algún otro niño que cambiaran de lugar, su carisma e inteligencia la llevaron a ser votada casi por unanimidad jefa de grupo y podía hacer eso, podía poner en su lugar a cualquiera, excepto a Lalo, que era su primo. A mí nunca me lo había pedido, ni siquiera me volteaba a ver, a pesar de que yo no le quitaba el ojo de encima durante todo el día. Esa mañana, al levantarme a sacarle punta a mi lápiz, me alcanzó y me dijo en voz baja Tú que tienes pinta de ratón, ve a espantar a ese elefante, entonces, volví por mi mochila y me cambié de asiento, orgulloso de ser por primera vez elegido para semejante tarea. Sólo que me la tomé demasiado en serio. Antes de que llegara el profesor, volteé y, temblando de miedo, le di un fuerte aunque mal acomodado puñetazo en la barbilla al monstruo. En mis doce años de vida no había cometido un error tan grave como lo fue ponerme al tú por tú con ese enorme dinosaurio, y no lo digo tanto por la madriza que me propinó, sino porque inocentemente puse mis sentimientos al descubierto, mis compañeros se enteraron ipso facto de cuán enamorado de Sandra estaba.
Luego de escuchar la voz del ratón aquél domingo, a Sandra le fue imposible conciliar sus pesadillas, a cada rato se removía en la cama y sollozaba quejumbrosa soñando con lo que pudo haber sido de esa amistad si tan sólo la vida, por un capricho, no los hubiera apartado tan pronto. Soñaba también con la primera vez que se fijó en el ratón, ese niño apocado que lo único que aportaba a la clase eran ocurrencias disparatadas que casi siempre provocaban las carcajadas del grupo y la reprimenda de los profesores. En su pesadilla aparecía dando manotazos dentro del río de sangre que su primo, ese maldito, aborrecible, común personaje, había hecho brotar de la nariz del ratón tras asestarle un duro golpe, se ahogaba con los coágulos que tenía que tragar, luego brincaba de escena a la parte donde citaban a los padres o tutores de los tres para explicar cómo era eso de que Lalito molestaba, o peor aun, como el niño entrometido tuvo la osadía de proponer, ACOSABA, a su queridísima prima Sandra, y, por cierto, que quién era ese tipito para defender a su hija, su sobrina, la mejor estudiante de la clase, por cierto, que ese joven no era ningún tipito, tenía un nombre y un apellido fáciles de pronunciar como todo ciudadano civilizado, y que, como tal, se hartó de desviar la vista hacia el maltrato que ese gorila le daba a la linda criatura, que mi hija no es una linda criatura, que el mío no es ningún gorila de zoológico. Basta.
Despertó a las tres am soltando un resoplido y fue a la cocina a tomar un vaso de leche fría. Mientras más fría, mejor, se dijo. Se sentía en llamas, recordó el verso de una canción de Charly García. Rió. Se sentía contenta.
A la mañana siguiente salí temprano a cumplir con mi tarea, mi circo. Mi madre me despidió con un beso en la mejilla y deslizó un último billete de veinte en la palma de mi mano, Come algo, cada vez estás más flaco, me dijo. Mi primer destino era rumbo al Toreo de Cuatro Caminos. Cuando llegué noté que desde hacía tiempo el edificio ya estaba colmado de suplicantes a diferentes puestos: auxiliares, choferes, médicos, ingenieros, licenciados, y muchos pelagatos igual a mí. ¿Asunto?, me preguntó el pulcro oficial de la entrada, sentado tras un escritorio más largo y menos ordinario que su persona, Buenos días, comencé con amabilidad, esperé por la respuesta pero al notar que no la obtendría, continué, Vengo por… ¿Asunto?, repitió el puerco interrumpiéndome sin motivo, Solicito el puesto de intendencia, escupí sin más preámbulos. Me miró de arriba abajo despreciativamente con una mano en la barbilla y después dijo El sueldo es de mil ochocientos mensuales, me parece que también se dan vales de despensa, el horario es de ocho a seis, no hay tolerancias, debes ser muy puntual. Aquí se te da uniforme completo: guantes, botas, cubre bocas. Si estás interesado preséntate mañana a primera hora con original y tres copias de toda mi atención la tenía puesta en Sandra, en su voz, que seguía sonando tan familiar en mis oídos, como si no hubieran pasados ocho años sin recibir noticias suyas. Luego del aprieto aquel en que la metí por intentar defenderla me odió, según sus propias palabras, a muerte, durante una semana, luego, un miércoles, a la hora del recreo, se me acercó y me preguntó ¿Cómo va el ojo?, Bien, le contesté, Desinflamándose, la miré directo a sus bellos ojos con los míos de sapo y le dije lo más cursi que me vino a la mente, Por ti aguanto eso y más, y, en seguida, una bola perdida proveniente de las canchas de futbol me puso morado el otro lado, el derecho. Reímos y a partir de ese momento, para mi desgracia, nos volvimos los mejores amigos. Y, al final del primer año de secundaria, se fue.
Mi primera cita laboral quedó despachada de inmediato, sin necesidad de esperar largas horas ni hacer exhaustivos exámenes como la bola de profesionistas que se disputaban tres o cuatro sillas y un sueldo tan miserable como cualquier otro.
Llevaba diez días en la ciudad y necesitaba reajustar su vida al caos diario, buscar una nueva preparatoria, revalidar materias, conocer gente, ser vista. Sobre todo esto último, ya que irremediablemente había perdido el semestre corriente, podía hacer un poco de vida social mientras esperaba las reinscripciones. Sólo que no sabía por dónde empezar, sus amigas de la secundaria habían mudado de vivienda o de personalidad y se llevó un fiasco enorme al contactarlas, una de ellas tenía ya tres hijos y su trasero era tan grande como su mal genio y sus deudas. Patricia se había ido a Texas a perseguir el sueño americano de un chofer de la ruta dieciocho que nunca le cobraba el pasaje, a mitad del segundo año escolar. Adriana se había vuelto una amargada insoportable, Ivette trabajaba todo el día para mantener a su vieja madre, que, tras sufrir una apoplejía quedó discapacitada y no pudo volver a atender su puesto de quesadillas otra vez, la hija odiaba la cocina y se rehusó a seguir los pasos de la anciana a pesar de que el negocio dejaba buen dinero. Ahora, en la esquina hacia donde Sandra solía otear en busca de su amiga, no había nada, o, mejor dicho, había un hueco enorme que ninguna cantidad de masa y queso sería capaz de llenar. Rosa, Chavela y Coqui emigraron con tres tipos, primos entre ellos, a Sudamérica, fascinadas por sus detallados tatuajes y sus dorados músculos. Qué les pasó, se preguntaba Sandra, Alguien estupidizó a las niñas más listas de su generación. Cuánta contaminación, siento un nudo de smog en la garganta que no me deja respirar.
Cuando llegó al número quince de la calle Oro para visitar al ratón, se dio cuenta de pronto de que había envejecido ocho años de un día para otro, No seas melodramática, se repetía, Lo que te hace falta es ver una cara conocida y un poco alegre para variar. Noé sólo le había facilitado un número, Recuerdo el de su celular, no el de su casa, dijo el inepto, y Sandra trató de localizar al ratón durante la mañana para saber si podían verse, pues la noche anterior olvidó preguntárselo en la espera de que él lo propusiera, pero el momento no llegó y ahora el ratón no contestaba, así que decidió caerle de sorpresa por la tarde.
Estaba confundido hasta la médula (o hasta la madre, desconozco qué resulte superior). A esas latas de la adolescencia, la identidad, las adicciones, debía añadirles el regreso de mis sueños húmedos con un fantasma: Sandra. Me resultaba una tarea imposible imaginarla ahora que sabía que ella vivía más allá de mis recuerdos. Será que cuando decidimos almacenar en la memoria a alguien que ya no veremos por los motivos que sea, le despojamos de su vitalidad, no reparamos en la idea de que esas imágenes que se reflejan amarillentas y desgastadas en las lagunas de la mente podrían cerrarnos el paso una noche cualquiera en un apestoso callejón y llevarse nuestra cartera sin importarles siquiera a quién robaron, violaron o mataron.
Mi celular había vibrado cuatro veces mientras hacía mis entrevistas laborales, así que en ninguno de los cuatros casos pude responder al momento. Era Sandra, y por ese motivo no devolví las llamadas luego. No sabía qué decirle, ella seguía seguramente igual de bella como la recordaba o más, con un camino ascendente, con una sonrisa brillante, y yo, qué podía decir de mí: Soy un don nadie que engaña a sus viejos para sacarles dinero, soy un gran escritor en espera de la gran idea para plasmarla en papel, soy un drogata que pierde el tiempo leyendo las novelas verracas de un tal Bukowsky. ¿Qué mujer en su sano juicio habría querido tener tratos conmigo? Por otra parte, nada había que deseara más que verla y hablar con ella. Y hacerle el amor, habría dado mi colección de libros por hacerle el amor.
Caminaba rumbo al Metrobus para irme a casa cuando vi en el suelo un papel café y arrugado, Éste es mi día de suerte, me dije, me agaché para recogerlo antes de que se fuera por la coladera y era, efectivamente, un billete de quinientos pesos. Inmediatamente busqué una cantina donde gastarlos, unas cervezas me aclararían la mente. Encontré un pequeño lugar en la calle de Hamburgo.
Como declaré anteriormente, no estaba muy fogueado en cuanto a las artes del beber por aquél entonces, el dinero no alcanzaba más que para una o dos buenas borracheras al mes, tal vez por eso me embriagué de inmediato. Pedí una cerveza oscura que el mesero me cobró al momento creyendo que no llevaba para pagar. Le di fondo de un trago delante de él y ordené un Johnny Walker doble en las rocas ofreciéndole uno de los billetes de cien que me devolvió de cambio, No hace falta, voy a abrirte cuenta, me informó con una sonrisa de oreja a oreja. Salí dando tumbos y con la vista borrosa, las calles y las caras se estiraban como toffee aguado, en una esquina le grité Puto, ¿cuánto cobras? a un puto que no cobraba y se regresó y por poco me rompía la jeta, pero dos policías rápidamente vinieron en mi auxilio y me quitaron el último tostón que me quedaba alegando no sé qué falta administrativa. Así que tuve que tomar el camino largo porque ya sólo me alcanzaba para un boleto del Metro. Me arrastré hasta la estación Insurgentes y esperé el convoy. No sabría decir qué hora era pero el andén se hallaba atascado de gente, unos sentados, otros de pie dando desesperados pisotones en el suelo, era evidente que llevaban un buen rato esperando a ese deficiente ciempiés. A codazos me acerqué a la orilla para echar un vistazo. Al final del túnel (parecido a lo que dicen que sucede en el umbral de la muerte) divisé dos faros cuya luz crecía con lentitud. Ya viene, pensé, De aquí no me muevo. Sin embargo, pronto se armó el barullo al advertir los demás la proximidad del ansiado convoy. Las groupies se levantaron de un hábil salto arreglando sus peinados, los hipsters se olvidaron de su educación afrancesada aprendida en libros y películas traducidos mediocremente. Todos nos apiñamos en una delgada franja, imitando a las hojuelas de una barra de cereal prensado. Nadie estaba dispuesto a esperar el siguiente tren, ni yo, que ya bailaba para no orinarme. De pronto, resbalé, quizás con las cuerdas de mis zapatos, con alguna cáscara de fruta, con el tedio de vivir.
Esa noche los noticieros transmitieron una breve nota sobre un suicidio en la estación Insurgentes del Metro de la ciudad de México.
Desde entonces habito en su pensamiento, ordeno sus memorias, barro un poco. Y ella me repite constantemente con sus labios tan imaginativos: Las únicas personas realmente vivas son las que sobreviven en un recuerdo, lo demás es farsa.
Y quiero creerle.
Quisiera resaltar que he dicho que en aquella época necesitaba BUSCAR trabajo, no hallarlo, mucho menos ejercerlo. Así conseguía dinero de mis viejos, a quienes engañaba fácilmente con sólo vestirme bien y salir en las mañanas con una carpeta bajo el brazo izquierdo, a veces el derecho. Me ausentaba por horas, compraba un paquete de chicles Clorets y me unía al charco que conformaban las gotas gordas sudadas por los montones de holgazanes junto con los montones de gente productiva al caminar durante horas bajo el sol. ¿A dónde iba? Ya lo he mencionado: a buscar trabajo. Es decir, me cercioraba de que las direcciones que aparecían en los clasificados de hecho existieran, de que ahí me aguardaba el empleo perfecto, era bueno saber que había disponible una vacante en cualquier parte para el puesto de lamehuevos, sin embargo, por el momento me gustaba mi condición de pelagatos. Entraba en cualquier edificio, por imponente que fuera, con pasos decididos, desplazándome de aquí para allá con total soltura, dueño de la situación. Saludaba con familiaridad a los guardias, a las recepcionistas, a los de la limpieza, a las secretarias. Miraba a los ojos y sin parpadear a quien estuviera del otro lado del escritorio recordando alegre que no le daría la oportunidad de humillarme y burlarse de mí a cambio de esos salarios ridículos. Con una actitud tan positiva, ¿quién sería capaz de desaprovecharme?, nadie. Normalmente para mediodía, si sólo me abocaba a cazar trofeos, ya había conseguido al menos tres empleos: dependiente de alguna tienducha de conveniencia, “Asesor telefónico”, capturista de datos, vendedor de cosméticos chinos, ¿cuál más acartonado?, no sabría decirlo. Otras veces lo único que hacía era tumbarme bajo la sombra de un árbol, perdido en la inmensidad de un parque para, tranquilamente, fumar sendos churros y leer novelas de Henry James mientras mi padre creía que andaba en busca de una ocupación más o menos decente. Me daba algún dinero para comer fuera porque casi siempre demoraba 6 o 7 horas en regresar, no eran las perlas de la virgen pero alcanzaba para seguir comprando libros usados y botellas de tequila adulteradas que a pasos agigantados mermaron mi vista, tanto los tequilas como los libros. Al volver a casa, sólo debía poner mi más sincera cara de idiota y decir: “Quedaron de llamarme en el transcurso de la semana”, para liberarme de preguntas y sospechas. Después de la cena, usualmente le describía a mi madre a detalle la elegancia del interiorismo de las oficinas que visitaba, y ella siempre me decía, con ilusión, “Cuando trabajes allí vas a usar un traje limpio todos los días de tu vida”, con su característica lentitud exasperante.
Bueno, pues, una vez hecho este paréntesis, vuelvo a aquél… el tiempo dice que distante domingo, aunque la memoria lo contradice teniéndolo con frecuencia a la mano, claro e imborrable. Tenía ya anotados en mi libreta los nombres de un par de multinacionales: empleado de intendencia en una mueblería y recadero de una barra de abogados de pacotilla. Buscaba empleos viables para alguien que apenas si acabó la preparatoria abierta, ya que a pesar de no estar interesado en ellos, odiaba ser rechazado. Eran aproximadamente las ocho de la noche (lo peor lo dejaba para el final del día), cuando, en mi habitación, sonó mi celular, tono de llamada: I can’t get no (Satisfaction). Yo no lo oí, enroscado como estaba en un rincón de la azotea, completamente drogado, con el periódico y la libreta para hacer apuntes en el suelo, pero cuando bajé a mi habitación treinta minutos después, el botón de menú palpitaba sereno y eso era señal inequívoca de que alguien quiso hablar conmigo y no respondí.
Se trataba de una antigua compañera del colegio, Sandra, pero eso no lo supe sino hasta luego de haber marcado el número desconocido que aparecía en el identificador de llamadas. Al principio me causó algo de desconcierto a razón de que no era yo una persona muy sociable que anduviera dando su número telefónico por bares y antros. ¿Quién sería?, me pregunté, no tenía novia ni amigas y sólo un par de camaradas me buscaban los fines de semana para agarrar la jarra. Apreté dial y esperé a que me diera línea. Tardó un poco, y, cuando al fin sonó la bocina del otro lado, mi madre entró con una taza humeante de té a la habitación. Tuve que colgar de inmediato, pues si me hubiera visto hablando se habría quedado ahí sentada, preguntándome ¿Quién es?, ¿qué quiere?, ¿sólo saludar?, qué amable, agradécele y acompáñame a ver la tele. Así era ella en esos tiempos, aprovechaba cualquier ocasión para reclamarme como suyo, Aquí te traigo una tacita caliente, tómatela con cuidado antes de que se enfríe, me dijo. Puse el seguro y volví a marcar, sonaron siete timbres y luego contestó ella.
¿Diga?, respondió jadeando Sandra al otro lado de la línea, por poco y no hubiera escuchado, distraída como estaba lavándose el cabello en el baño, pero el teléfono celular, de tanto vibrar, cayó de la cama al suelo y eso sí que lo oyó.
Su respiración era agitada, me dijo Diga y le dije Hola, ¿quién habla?, No sé, ¿con quién quieres hablar?, luego rió con desparpajo y añadió, Ratoncito, ¿cómo has estado? no has cambiado nada, se nota por el puro tono de tu voz que sigues teniendo doce años, ya crece, ¿no?
Hola, ¿quién habla?, contestó la voz tímida de un tipo que, se notaba a leguas, no sabía iniciar una conversación. En los labios de Sandra se dibujó una blanda sonrisa, Ay, ratoncito, pensó enternecida, Tú siempre tan poca cosa.
Supe de quién se trataba antes de que me lo dijera, ratoncito era el apodo que ella escogió para hacerme menos en la secundaria, y, teniendo en cuenta lo despiadada que era con los niños de mi tipo (o sea, los inadaptados, los debiluchos, los pazguatos que no destacábamos en nada), era casi un cumplido. Habla Sandra, ¿te acuerdas de mí?, cómo decirle Por supuesto, si sigues siendo la dueña de mis puñetas, Sandra… Sandra… cavilé como quien no quiere la cosa, Claro, Sandra, qué sorpresa, ¿de verdad eres tú?, qué imbécil debí haberme escuchado.
Disfrutaba de su nerviosismo, le causaba un hondo placer notar que seguía teniéndolo en la palma de su mano aun después de tantos años, Cómo has estado… Yo igual… No, acabo de volver a la ciudad… ¿Sí? No me digas… Ah, pues muchas gracias… ¿Sigues escribiendo?... Qué lástima… Eso quisiera verlo… Hace cosa de una semana me encontré en el supermercado con Noé, él me dio tu número… El ratoncito, al otro lado de la línea, se movía de aquí para allá y no paraba de hablar frenéticamente, hasta que Sandra se despidió sin darle mayor importancia al asunto. Ratoncito, tengo que colgar, ha sido una alegría enorme, luego te llamo. Se sentó en la esquina de su cama y suspiró, una lágrima que le daba cosquillas en la mejilla cayó sobre uno de sus muslos. Había tenido que dejar el viejo barrio al terminar primero de secundaria porque a su papá le ofrecieron un mejor empleo en San Luis Potosí hacía ocho años, el negocio fue tan fructífero que el buen hombre se pudo al fin pagar una segunda mujer, un hijo bastardo y una casa chica, y todo marchaba sobre ruedas hasta que su mujer original lo descubrió y decidió dejarlo y volver al departamento de su madre en la ciudad. Ahora el único vínculo que Sandra tenía con su efímero pasado era ese chico raro que no paraba de mirarla en el salón de clases. Y eso era algo que la deprimía mucho. Se recostó, estiró la mano para alcanzar una almohada y se quedó dormida sin darse cuenta, con el cabello húmedo.
No pude dormir esa noche de la emoción, recordando la vez que, estúpida y patéticamente, la defendí de Lalo, un alborotador gordo de diez metros de altura que, siempre que podía, se sentaba detrás de ella y no dejaba de manosearla hasta que, harta, Sandra se levantaba y le pedía a algún otro niño que cambiaran de lugar, su carisma e inteligencia la llevaron a ser votada casi por unanimidad jefa de grupo y podía hacer eso, podía poner en su lugar a cualquiera, excepto a Lalo, que era su primo. A mí nunca me lo había pedido, ni siquiera me volteaba a ver, a pesar de que yo no le quitaba el ojo de encima durante todo el día. Esa mañana, al levantarme a sacarle punta a mi lápiz, me alcanzó y me dijo en voz baja Tú que tienes pinta de ratón, ve a espantar a ese elefante, entonces, volví por mi mochila y me cambié de asiento, orgulloso de ser por primera vez elegido para semejante tarea. Sólo que me la tomé demasiado en serio. Antes de que llegara el profesor, volteé y, temblando de miedo, le di un fuerte aunque mal acomodado puñetazo en la barbilla al monstruo. En mis doce años de vida no había cometido un error tan grave como lo fue ponerme al tú por tú con ese enorme dinosaurio, y no lo digo tanto por la madriza que me propinó, sino porque inocentemente puse mis sentimientos al descubierto, mis compañeros se enteraron ipso facto de cuán enamorado de Sandra estaba.
Luego de escuchar la voz del ratón aquél domingo, a Sandra le fue imposible conciliar sus pesadillas, a cada rato se removía en la cama y sollozaba quejumbrosa soñando con lo que pudo haber sido de esa amistad si tan sólo la vida, por un capricho, no los hubiera apartado tan pronto. Soñaba también con la primera vez que se fijó en el ratón, ese niño apocado que lo único que aportaba a la clase eran ocurrencias disparatadas que casi siempre provocaban las carcajadas del grupo y la reprimenda de los profesores. En su pesadilla aparecía dando manotazos dentro del río de sangre que su primo, ese maldito, aborrecible, común personaje, había hecho brotar de la nariz del ratón tras asestarle un duro golpe, se ahogaba con los coágulos que tenía que tragar, luego brincaba de escena a la parte donde citaban a los padres o tutores de los tres para explicar cómo era eso de que Lalito molestaba, o peor aun, como el niño entrometido tuvo la osadía de proponer, ACOSABA, a su queridísima prima Sandra, y, por cierto, que quién era ese tipito para defender a su hija, su sobrina, la mejor estudiante de la clase, por cierto, que ese joven no era ningún tipito, tenía un nombre y un apellido fáciles de pronunciar como todo ciudadano civilizado, y que, como tal, se hartó de desviar la vista hacia el maltrato que ese gorila le daba a la linda criatura, que mi hija no es una linda criatura, que el mío no es ningún gorila de zoológico. Basta.
Despertó a las tres am soltando un resoplido y fue a la cocina a tomar un vaso de leche fría. Mientras más fría, mejor, se dijo. Se sentía en llamas, recordó el verso de una canción de Charly García. Rió. Se sentía contenta.
A la mañana siguiente salí temprano a cumplir con mi tarea, mi circo. Mi madre me despidió con un beso en la mejilla y deslizó un último billete de veinte en la palma de mi mano, Come algo, cada vez estás más flaco, me dijo. Mi primer destino era rumbo al Toreo de Cuatro Caminos. Cuando llegué noté que desde hacía tiempo el edificio ya estaba colmado de suplicantes a diferentes puestos: auxiliares, choferes, médicos, ingenieros, licenciados, y muchos pelagatos igual a mí. ¿Asunto?, me preguntó el pulcro oficial de la entrada, sentado tras un escritorio más largo y menos ordinario que su persona, Buenos días, comencé con amabilidad, esperé por la respuesta pero al notar que no la obtendría, continué, Vengo por… ¿Asunto?, repitió el puerco interrumpiéndome sin motivo, Solicito el puesto de intendencia, escupí sin más preámbulos. Me miró de arriba abajo despreciativamente con una mano en la barbilla y después dijo El sueldo es de mil ochocientos mensuales, me parece que también se dan vales de despensa, el horario es de ocho a seis, no hay tolerancias, debes ser muy puntual. Aquí se te da uniforme completo: guantes, botas, cubre bocas. Si estás interesado preséntate mañana a primera hora con original y tres copias de toda mi atención la tenía puesta en Sandra, en su voz, que seguía sonando tan familiar en mis oídos, como si no hubieran pasados ocho años sin recibir noticias suyas. Luego del aprieto aquel en que la metí por intentar defenderla me odió, según sus propias palabras, a muerte, durante una semana, luego, un miércoles, a la hora del recreo, se me acercó y me preguntó ¿Cómo va el ojo?, Bien, le contesté, Desinflamándose, la miré directo a sus bellos ojos con los míos de sapo y le dije lo más cursi que me vino a la mente, Por ti aguanto eso y más, y, en seguida, una bola perdida proveniente de las canchas de futbol me puso morado el otro lado, el derecho. Reímos y a partir de ese momento, para mi desgracia, nos volvimos los mejores amigos. Y, al final del primer año de secundaria, se fue.
Mi primera cita laboral quedó despachada de inmediato, sin necesidad de esperar largas horas ni hacer exhaustivos exámenes como la bola de profesionistas que se disputaban tres o cuatro sillas y un sueldo tan miserable como cualquier otro.
Llevaba diez días en la ciudad y necesitaba reajustar su vida al caos diario, buscar una nueva preparatoria, revalidar materias, conocer gente, ser vista. Sobre todo esto último, ya que irremediablemente había perdido el semestre corriente, podía hacer un poco de vida social mientras esperaba las reinscripciones. Sólo que no sabía por dónde empezar, sus amigas de la secundaria habían mudado de vivienda o de personalidad y se llevó un fiasco enorme al contactarlas, una de ellas tenía ya tres hijos y su trasero era tan grande como su mal genio y sus deudas. Patricia se había ido a Texas a perseguir el sueño americano de un chofer de la ruta dieciocho que nunca le cobraba el pasaje, a mitad del segundo año escolar. Adriana se había vuelto una amargada insoportable, Ivette trabajaba todo el día para mantener a su vieja madre, que, tras sufrir una apoplejía quedó discapacitada y no pudo volver a atender su puesto de quesadillas otra vez, la hija odiaba la cocina y se rehusó a seguir los pasos de la anciana a pesar de que el negocio dejaba buen dinero. Ahora, en la esquina hacia donde Sandra solía otear en busca de su amiga, no había nada, o, mejor dicho, había un hueco enorme que ninguna cantidad de masa y queso sería capaz de llenar. Rosa, Chavela y Coqui emigraron con tres tipos, primos entre ellos, a Sudamérica, fascinadas por sus detallados tatuajes y sus dorados músculos. Qué les pasó, se preguntaba Sandra, Alguien estupidizó a las niñas más listas de su generación. Cuánta contaminación, siento un nudo de smog en la garganta que no me deja respirar.
Cuando llegó al número quince de la calle Oro para visitar al ratón, se dio cuenta de pronto de que había envejecido ocho años de un día para otro, No seas melodramática, se repetía, Lo que te hace falta es ver una cara conocida y un poco alegre para variar. Noé sólo le había facilitado un número, Recuerdo el de su celular, no el de su casa, dijo el inepto, y Sandra trató de localizar al ratón durante la mañana para saber si podían verse, pues la noche anterior olvidó preguntárselo en la espera de que él lo propusiera, pero el momento no llegó y ahora el ratón no contestaba, así que decidió caerle de sorpresa por la tarde.
Estaba confundido hasta la médula (o hasta la madre, desconozco qué resulte superior). A esas latas de la adolescencia, la identidad, las adicciones, debía añadirles el regreso de mis sueños húmedos con un fantasma: Sandra. Me resultaba una tarea imposible imaginarla ahora que sabía que ella vivía más allá de mis recuerdos. Será que cuando decidimos almacenar en la memoria a alguien que ya no veremos por los motivos que sea, le despojamos de su vitalidad, no reparamos en la idea de que esas imágenes que se reflejan amarillentas y desgastadas en las lagunas de la mente podrían cerrarnos el paso una noche cualquiera en un apestoso callejón y llevarse nuestra cartera sin importarles siquiera a quién robaron, violaron o mataron.
Mi celular había vibrado cuatro veces mientras hacía mis entrevistas laborales, así que en ninguno de los cuatros casos pude responder al momento. Era Sandra, y por ese motivo no devolví las llamadas luego. No sabía qué decirle, ella seguía seguramente igual de bella como la recordaba o más, con un camino ascendente, con una sonrisa brillante, y yo, qué podía decir de mí: Soy un don nadie que engaña a sus viejos para sacarles dinero, soy un gran escritor en espera de la gran idea para plasmarla en papel, soy un drogata que pierde el tiempo leyendo las novelas verracas de un tal Bukowsky. ¿Qué mujer en su sano juicio habría querido tener tratos conmigo? Por otra parte, nada había que deseara más que verla y hablar con ella. Y hacerle el amor, habría dado mi colección de libros por hacerle el amor.
Caminaba rumbo al Metrobus para irme a casa cuando vi en el suelo un papel café y arrugado, Éste es mi día de suerte, me dije, me agaché para recogerlo antes de que se fuera por la coladera y era, efectivamente, un billete de quinientos pesos. Inmediatamente busqué una cantina donde gastarlos, unas cervezas me aclararían la mente. Encontré un pequeño lugar en la calle de Hamburgo.
Como declaré anteriormente, no estaba muy fogueado en cuanto a las artes del beber por aquél entonces, el dinero no alcanzaba más que para una o dos buenas borracheras al mes, tal vez por eso me embriagué de inmediato. Pedí una cerveza oscura que el mesero me cobró al momento creyendo que no llevaba para pagar. Le di fondo de un trago delante de él y ordené un Johnny Walker doble en las rocas ofreciéndole uno de los billetes de cien que me devolvió de cambio, No hace falta, voy a abrirte cuenta, me informó con una sonrisa de oreja a oreja. Salí dando tumbos y con la vista borrosa, las calles y las caras se estiraban como toffee aguado, en una esquina le grité Puto, ¿cuánto cobras? a un puto que no cobraba y se regresó y por poco me rompía la jeta, pero dos policías rápidamente vinieron en mi auxilio y me quitaron el último tostón que me quedaba alegando no sé qué falta administrativa. Así que tuve que tomar el camino largo porque ya sólo me alcanzaba para un boleto del Metro. Me arrastré hasta la estación Insurgentes y esperé el convoy. No sabría decir qué hora era pero el andén se hallaba atascado de gente, unos sentados, otros de pie dando desesperados pisotones en el suelo, era evidente que llevaban un buen rato esperando a ese deficiente ciempiés. A codazos me acerqué a la orilla para echar un vistazo. Al final del túnel (parecido a lo que dicen que sucede en el umbral de la muerte) divisé dos faros cuya luz crecía con lentitud. Ya viene, pensé, De aquí no me muevo. Sin embargo, pronto se armó el barullo al advertir los demás la proximidad del ansiado convoy. Las groupies se levantaron de un hábil salto arreglando sus peinados, los hipsters se olvidaron de su educación afrancesada aprendida en libros y películas traducidos mediocremente. Todos nos apiñamos en una delgada franja, imitando a las hojuelas de una barra de cereal prensado. Nadie estaba dispuesto a esperar el siguiente tren, ni yo, que ya bailaba para no orinarme. De pronto, resbalé, quizás con las cuerdas de mis zapatos, con alguna cáscara de fruta, con el tedio de vivir.
Esa noche los noticieros transmitieron una breve nota sobre un suicidio en la estación Insurgentes del Metro de la ciudad de México.
Desde entonces habito en su pensamiento, ordeno sus memorias, barro un poco. Y ella me repite constantemente con sus labios tan imaginativos: Las únicas personas realmente vivas son las que sobreviven en un recuerdo, lo demás es farsa.
Y quiero creerle.
lunes, 2 de mayo de 2011
El sueño de la razón produce monstruos
En la locura y media de una noche
por entero sumergida en la falsedad
de sus declaraciones me bronceo con
el sol de una mirada que absorbe mi
atención por su extrañeza, tengo la
impresión de ser observado por una
esfinge cuyos ojos son dos
catastróficas tormentas de arena que
me arrasan. Hay un sutíl perfume
tóxico pero delicioso en el ambiente
que me confunde y me marea, me
traslado a su órbita, su atracción
es muy fuerte, hay un choque. Cuando
despierto del embrujo esos ojos se
han ido y desconozco quién soy por
unos días, hasta que la vuelvo a
ver. De ahora en adelante no
reconoceré más Paraíso que su brillo
ni otro infierno que su sueño.
por entero sumergida en la falsedad
de sus declaraciones me bronceo con
el sol de una mirada que absorbe mi
atención por su extrañeza, tengo la
impresión de ser observado por una
esfinge cuyos ojos son dos
catastróficas tormentas de arena que
me arrasan. Hay un sutíl perfume
tóxico pero delicioso en el ambiente
que me confunde y me marea, me
traslado a su órbita, su atracción
es muy fuerte, hay un choque. Cuando
despierto del embrujo esos ojos se
han ido y desconozco quién soy por
unos días, hasta que la vuelvo a
ver. De ahora en adelante no
reconoceré más Paraíso que su brillo
ni otro infierno que su sueño.
jueves, 28 de abril de 2011
(Inser)vi(b)les pensamientos
Cuando no se piensa en nada el silencio que nace en mi cabeza rebota en las paredes de su abismo inmenso. Pero cuando sólo pienso que no pienso empiezo a pensar y luego ya no puedo detenerme de pensar que no estoy pensando, hasta que algunos minutos más tarde caigo en la cuenta de la inutilidad de mi pensamiento y trato inútilmente de evitar repensarlo. Pensar que no pienso es mucho más tedioso que de hecho pensar. Negarse no es igual a no existir, a lo más, es esconderse.
miércoles, 27 de abril de 2011
Lengua de cera
No arrastro sombra alguna mientras camino, ni se asoma la manecilla solar de mi silueta forastera. El sol, llamémosle Benito, se anuncia esplendoroso y cancerígeno en medio del cielo. Al salir del hipermercado (vulgares cuevas de la era moderna) mi cuello empieza a sudar de inmediato, no obstante, me dirijo a la estación del microbús a paso relajado, Aun soy joven, me digo, y puedo tostarme un poco sin sufrir deshidratación. Me coloco los audífonos del mp3, me oculto tras un par de árboles para sacar un hiter de la bolsa, llevármelo a los labios y darme un jalón de lo más punk de los años 70, selecciono Gloria, la versión de Patti Smith, y pongo aleatorio de ahí al real. El aire se siente bien, mis músculos faciales se distienden y un comando armado que me acecha las 24 horas del día se toma una hora de descanso. Para cuando llego a la parada de microbuses, en la avenida, voy escuchando San Jorge y el dragón, de Botellita. Miro despectivamente esa pútrida lata con llantas, definitivamente, no subiré a marinarme junto a las demás sardinas. Sigo mi accidentado camino a pie, repleto de protuberancias, baches, gente, y con un infatigable Benito a cuestas. Por suerte, el aire también se excita y se vuelve más que generoso, es el licor que bebo a grandes cantidades. De pronto, me doy cuenta de que yo también debo obedecer las señales de tránsito, había creído que la acera era una especie de cinta sin fin aislada de los asuntos de fuera, pero no, se cruza con calles y esquinas peligrosas y ahí es donde me detengo. Llegado el momento de avanzar va terminando de oírse Bad obsession, Oh yeeah, me estimulo, la prueba ha dado inicio: Benito versus yo, ¿quién ganará? La distancia a recorrer son unos 6 y medio kilómetros, nada del otro mundo, mas tampoco se ve a mucha gente callejeando esas longitudes muy seguido. Los pocos transeúntes con que me topo son moradores cercanos que salieron a comprar paletas de hielo, lo sé porque no se les ve la cara remojada en transpiración y porque llevan bolsas con paletas en sus manos, Para invitar a toda la familia, supongo, o, tal vez sólo son para ellos. Salen en parejas o algunos sin compañía, alguien estará pensado en cómo carajo va a sacar la mancha que dejó en la alfombra de la habitación de la bebé la mascota de la prima de su esposa. Mientras este hombre se lo metía por detrás a su dueña, Chispita le dejaba una bonita sorpresa a la nena justo al pie del corral. Posiblemente, la chica de la minifalda no piense en nada por el momento, extasiada como está por las fustas de viento que le azotan los muslos, paliativo que le ayuda a sobrellevar el insufrible acoso de Benito mientras regresa a casa. Más adelante me encuentro con un puente peatonal, una estructura fría de 5 patas larguiruchas que casi nadie se toma la molestia de utilizar. Una vez arriba, unos metros más cerca de Benito, vuelvo a sacar el hiter y nos prendemos. No me quiero rendir, pero no veo la hora de llegar. Paso fuera de una nevería, Están haciendo su agosto en abril, hay mucha clientela, no importa, me detengo por un cono doble de limón, Valió la tardanza, apruebo al primer lengüetazo, Valió la misógina tardanza, y digo misógina porque odio a la enorme cantidad de zorras que se pasean con esos frescos vestidos de lino, quisiera tener valor y disfrazarme de loca por unos días para olvidarme de esta escocedura de huevos que me produce la mezclilla. Salgo. Desde hace pocos minutos avanzo más aprisa que al principio, cada 5 minutos pasa un microbús chirriante echándome sus humos en las narices. Sin apenas advertirlo ya estoy frente al hotel, una noche me hospedé en ese hotel, iba hasta el copete de whisky, vomité varias veces, y, al no conseguir una erección decente, me disculpé con mi compañera, quien dijo entenderlo. Hoy me sigo de largo, no hay nadie esperándome en la habitación 604 porque salí al OXXO por cervezas y aspirinas para curar mi resaca. Calculo que me encuentro a 2 kilómetros de la meta, pasa un transporte semivacío, las ventanas van abiertas y hay asientos de sobra, se detiene a mirarme, no el chofer, sino la nave misma, No, gracias, ya mero llego. Zoé se adueña de la banda sonora con The room, es uno de esos días en que las canciones se suceden del modo justo en el que las quieres oír.
La copa de un pino sobresale detrás de la pintarrajeada barda que cerca un terreno baldío envuelto de maleza, fango, ratas. Al fondo hay un pequeño cuarto con chimenea de ladrillos de tejar. El lugar ha permanecido así durante años largos, este debe ser el último reducto de Blanca Nieves, e imagino que lo siete enanos se emplean ahora como mini luchadores y no tendrán tiempo para atender el jardín. O es sólo que lo hacen para despistar, la bruja seguramente nunca la buscaría aquí, sino en lugares con mucho más glaomur: New York, Manchester, Praga, en las mejores mesas y tubos de medianoche. Adelante, me encuentro con otra encrucijada en mi camino abochornado, pero esta vez prefiero torear autos por la avenida que subir y después bajar los sofocantes escalones del puente. Salgo ileso. Atravieso un sucio parquecito, los papás juegan al futbol y al basquetbol con sus hijos sobre el mismo terreno, ya que ambas canchas están empalmadas una sobre la otra. Se confunden el manchón de penal con la línea curva de tiro triple, y el arco y la canasta son un par de miembros de distintos cuerpos unidos a la fuerza en un tercer armazón. Lo que se juega allí me parece una combinación de beisbol y polo acuático. The Black Keys gritan en mis oídos Baby I’m howllin’ for you, y, a estas horas, mi estómago ruge también con fuerza. Apenas lo noto: ya hay sombras bajo las personas, la tierra se ha puesto en marcha otra vez. Cruzo de dos zancadas las vías del tren que igual funcionan como línea divisoria entre los sectores popular y residencial de una colonia estrambótica que alberga escoria por todos sus rincones.
Ya tengo la boca seca y la ropa embarrada al cuerpo, y, a pesar de poseer la mirada extraviada de un perdido en el desierto, me percato de las minifaldas cerca de mí y pienso, Quién tuviera lengua de cera para depilar esas piernas cada tercer día. Estoy cerca de casa, debería conocer al menos a algunos vecinos, saludarlos, decir Qué calor, ¿no le parece?, Uy, sí, y ya está bajando. Sin embargo, es porque me conocen que no se detienen a conversar, pues saben que hasta la plática más inocente corre el severo riesgo de devenir en golpes. Al fin llego, me encamino hacia el refrigerador y bebo dos cervezas que no son mías pero ahí están. Tuxedomoon, grupo de pocas palabras, entra en escena al llegar a mi cuarto y tumbarme sobre la cama.
La copa de un pino sobresale detrás de la pintarrajeada barda que cerca un terreno baldío envuelto de maleza, fango, ratas. Al fondo hay un pequeño cuarto con chimenea de ladrillos de tejar. El lugar ha permanecido así durante años largos, este debe ser el último reducto de Blanca Nieves, e imagino que lo siete enanos se emplean ahora como mini luchadores y no tendrán tiempo para atender el jardín. O es sólo que lo hacen para despistar, la bruja seguramente nunca la buscaría aquí, sino en lugares con mucho más glaomur: New York, Manchester, Praga, en las mejores mesas y tubos de medianoche. Adelante, me encuentro con otra encrucijada en mi camino abochornado, pero esta vez prefiero torear autos por la avenida que subir y después bajar los sofocantes escalones del puente. Salgo ileso. Atravieso un sucio parquecito, los papás juegan al futbol y al basquetbol con sus hijos sobre el mismo terreno, ya que ambas canchas están empalmadas una sobre la otra. Se confunden el manchón de penal con la línea curva de tiro triple, y el arco y la canasta son un par de miembros de distintos cuerpos unidos a la fuerza en un tercer armazón. Lo que se juega allí me parece una combinación de beisbol y polo acuático. The Black Keys gritan en mis oídos Baby I’m howllin’ for you, y, a estas horas, mi estómago ruge también con fuerza. Apenas lo noto: ya hay sombras bajo las personas, la tierra se ha puesto en marcha otra vez. Cruzo de dos zancadas las vías del tren que igual funcionan como línea divisoria entre los sectores popular y residencial de una colonia estrambótica que alberga escoria por todos sus rincones.
Ya tengo la boca seca y la ropa embarrada al cuerpo, y, a pesar de poseer la mirada extraviada de un perdido en el desierto, me percato de las minifaldas cerca de mí y pienso, Quién tuviera lengua de cera para depilar esas piernas cada tercer día. Estoy cerca de casa, debería conocer al menos a algunos vecinos, saludarlos, decir Qué calor, ¿no le parece?, Uy, sí, y ya está bajando. Sin embargo, es porque me conocen que no se detienen a conversar, pues saben que hasta la plática más inocente corre el severo riesgo de devenir en golpes. Al fin llego, me encamino hacia el refrigerador y bebo dos cervezas que no son mías pero ahí están. Tuxedomoon, grupo de pocas palabras, entra en escena al llegar a mi cuarto y tumbarme sobre la cama.
martes, 12 de abril de 2011
lunes, 11 de abril de 2011
En cada casa hay una biblia
Su misma madre le decía en secreto el frente de haba. Y, de hecho tenía, como esas semillas, una división, un ligero surco que atravesaba verticalmente su frente ancha, desde el nacimiento del cabello hasta la ceja izquierda. Detalle heredado del abuelo materno, sólo que al longevo señor le llamaron hasta el día de su muerte, a los 95 años, con mucho respeto: don nalgas al frente. Qué ironía que la misma seña se utilizara con acepciones totalmente contrarias, en el caso del prócer se hacía analogía al sexo femenino, y en el del niño al masculino. Durante sus últimos años, don nalgas al frente gritó a los cuatro vientos que había sido un homosexual de clóset toda su vida y fue por eso que nunca le molestó su sobrenombre. Su madre, la madre del niño, del frente de haba, se sentía orgullosa y aliviada a un tiempo porque a su pequeño se le reconociera entre la familia con ese apodo y no con el antiguo de marica que su padre ostentó, para arañar el apellido Cervantes con una humillación más. ¿Arañarlo? Sería para desgarrarlo de una vez por todas. Cómo era posible, se preguntaba Matilde, madre del frente de haba, que su papá, tan valiente, tan alto y tan grosero, fuera puto. Ella no lo creyó ni por un segundo, prefería pensar que su viejo estaba senil y decía cualquier cosa con tal de llamar la atención de los jóvenes, sus ahora mayores, Si no conociera yo a los niños, le decía Matilde a su marido, Y tú sabes que cuando uno se hace viejo se vuelve tonto otra vez, Calla, mujer, te va a oír Néstor, le pedía su marido, Cómo crees, mi frentita de haba ya está bien dormido. Pero Néstor no dormía, desde que lo exiliaron de la cama matrimonial y lo instalaron en su propia habitación hacía dos meses, se levantaba en secreto casi todas las noches, exceptuando las veces que lo visitaba su primo Cris, entonces, apenas se iban las visitas, caía rendido luego de una ardua jornada de travesuras, el único trabajo que vale la pena, el único sudor que dignifica. Néstor sentía que hacían un bien a la comunidad rayando paredes, rompiendo billetes, machacando gafas, y si conseguían embarrar de miel el piso del baño sin ser vistos, podían descansar con una sonrisa de satisfacción en los labios. Sólo que, desgraciadamente, él era muy tímido y no tenía iniciativa, y sólo se atrevía a hacer este tipo de cosas acompañado de Cris. Sin él, Néstor ni siquiera se hacía notar, no hablaba mucho, se escondía detrás de los muebles o la falda de su mamá ante la mirada de los desconocidos, y no hacía otra cosa que jugar Play Station a hurtadillas, ya que lo tenía prohibido por enajenado. Sus padres no compartían su gusto por la sangre, las balas, la crudeza de los mundos ficticios que su hijo visitaba les parecía demasiado para alguien que no sabía amarrarse los cordones de sus botitas. El aparato, no obstante, estaba allí, a pesar de que nadie lo usaba, igual que en cada casa hay una biblia.
Claro que Néstor los escuchaba con atención porque en ese momento iba rumbo a la sala en puntas de pie y se detuvo ante la puerta de sus padres al oír a su mami decir esa abominable palabra: haba. Le repugnaba, cuando Matilde le hacía comer sopa le desagradaban los gritos que salían de su estómago, imaginaba que un alien le reventaría la piel para abrirse paso al mundo mientras él dormía. Una vez se lo confesó a Matilde y ésta lo solucionó arrebatándole de tajo lo que más quería, aprendió una buena lección aquella ocasión. A pesar de que el aparato no se encontraba oculto en lo alto de un ropero sino conectado y listo para jugar en la diminuta sala, Néstor había sido aleccionado a obedecer con mano dura, y no incumpliría una ley que, a fin de cuentas, podía violar fácilmente durante las noches. ¿Por qué le llamaban frente de haba? No lo entendía, ¿acaso tenía tan mal olor como el que le llegaba a la nariz directo del plato cuando su madre preparaba esa jodida sopa? Si mi suegro fue puto o no, eso no le quita mérito, lo importante es que fue un buen padre para ti. Además, le decían p-u-t-o al abuelo y él sabía que eso era una mala palabra, si él pronunciaba tan sólo una sílaba de esos vocablos indebidos, inmediatamente lo escarmentaban a punta de golpes. Sus mismos padres se cuidaban de no pronunciarlos en presencia suya, pero, cuando se les salían, no le daban la menor importancia al asunto, aunque Néstor se tapaba la cara en señal de vergüenza ajena, Mi papi es un pordiosero y un pobre diablo, pensaba el niño. Sin embargo, ahora era distinto, no podía hacerse el sordo ante tal insulto en contra de su abuelo, Néstor aun lo recordaba con amor, no hacía ni un año que lo habían enterrado y él seguía preguntándose cuándo saldría de la tierra para que jugaran juntos de nuevo.
Por una vez, Néstor decidió tomar cartas en el asunto, reprender a Matilde por ser la que se había ensañado contra el anciano. No podía entrar al cuarto y descargar su furia y luego ordenarle, No digas esas cosas de mi abuelito, y mandarla a la cama a rezar un padre nuestro sin cenar. Pero sabía que su mamá era muy olvidadiza, al menos eso decía su papá constantemente, le gritaba enardecido, Cómo es posible que te olvides de cerrar las llaves del gas, mujer, nos vas a matar, mira las cuentas, si sigues así, vamos a tener que volver a la vieja usanza, Ni loca, todos los repartidores son unos pelados, y la discusión se prolongaba por horas. Si eso sucedía por una o dos perillas, cinco abiertas la pondrían en su lugar.
Néstor se persignó frente al crucifijo que colgaba en la pared, sobre la televisión, y pidió, Por favor, Diosito, que mi papi sea el primero en entrar a la cocina mañana. Acto seguido, se fue a acostar sin jugar un solo nivel para no entorpecer la misión principal.
Claro que Néstor los escuchaba con atención porque en ese momento iba rumbo a la sala en puntas de pie y se detuvo ante la puerta de sus padres al oír a su mami decir esa abominable palabra: haba. Le repugnaba, cuando Matilde le hacía comer sopa le desagradaban los gritos que salían de su estómago, imaginaba que un alien le reventaría la piel para abrirse paso al mundo mientras él dormía. Una vez se lo confesó a Matilde y ésta lo solucionó arrebatándole de tajo lo que más quería, aprendió una buena lección aquella ocasión. A pesar de que el aparato no se encontraba oculto en lo alto de un ropero sino conectado y listo para jugar en la diminuta sala, Néstor había sido aleccionado a obedecer con mano dura, y no incumpliría una ley que, a fin de cuentas, podía violar fácilmente durante las noches. ¿Por qué le llamaban frente de haba? No lo entendía, ¿acaso tenía tan mal olor como el que le llegaba a la nariz directo del plato cuando su madre preparaba esa jodida sopa? Si mi suegro fue puto o no, eso no le quita mérito, lo importante es que fue un buen padre para ti. Además, le decían p-u-t-o al abuelo y él sabía que eso era una mala palabra, si él pronunciaba tan sólo una sílaba de esos vocablos indebidos, inmediatamente lo escarmentaban a punta de golpes. Sus mismos padres se cuidaban de no pronunciarlos en presencia suya, pero, cuando se les salían, no le daban la menor importancia al asunto, aunque Néstor se tapaba la cara en señal de vergüenza ajena, Mi papi es un pordiosero y un pobre diablo, pensaba el niño. Sin embargo, ahora era distinto, no podía hacerse el sordo ante tal insulto en contra de su abuelo, Néstor aun lo recordaba con amor, no hacía ni un año que lo habían enterrado y él seguía preguntándose cuándo saldría de la tierra para que jugaran juntos de nuevo.
Por una vez, Néstor decidió tomar cartas en el asunto, reprender a Matilde por ser la que se había ensañado contra el anciano. No podía entrar al cuarto y descargar su furia y luego ordenarle, No digas esas cosas de mi abuelito, y mandarla a la cama a rezar un padre nuestro sin cenar. Pero sabía que su mamá era muy olvidadiza, al menos eso decía su papá constantemente, le gritaba enardecido, Cómo es posible que te olvides de cerrar las llaves del gas, mujer, nos vas a matar, mira las cuentas, si sigues así, vamos a tener que volver a la vieja usanza, Ni loca, todos los repartidores son unos pelados, y la discusión se prolongaba por horas. Si eso sucedía por una o dos perillas, cinco abiertas la pondrían en su lugar.
Néstor se persignó frente al crucifijo que colgaba en la pared, sobre la televisión, y pidió, Por favor, Diosito, que mi papi sea el primero en entrar a la cocina mañana. Acto seguido, se fue a acostar sin jugar un solo nivel para no entorpecer la misión principal.
sábado, 9 de abril de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
Angustia
Calma, cobarde alma,
mira despuntar el alba
y al cielo inerte cobrar
vida a la luz de tu mirada.
mira despuntar el alba
y al cielo inerte cobrar
vida a la luz de tu mirada.
viernes, 11 de marzo de 2011
El que nace para artista...
Era un tipo limpio mi amigo y así lo evidenciaba su piel lechosa y lampiña. Cabello arreglado, lacio e inamovible, como el temperamento de su dueño. Nunca se le descarriaba ningún pensamiento, parecía carecer su cerebro de esa zona cenagosa y mórbida de la que manan, en cantidades iguales, los fangos de la sublime creatividad y las aguas picadas de la simple demencia. Y, sin embargo, se decía artista, mi amigo, no obstante su falta de amargura, de muelas cariadas. Y, ciertamente, lo era, escribía complejísimos poemas, ganaba premios de novela, se le reconocía en el país.
Tuve otro amigo que, en cambio, contó con todas las ventajas, con la personalidad maniaca y el desaseo voluntario, pero no conseguía escribir, de su neurosis sólo salían gritos y rasguños, y, a veces y con suerte, una que otra narración estrafalaria. Pero, en general, su exageración y locuacidad lo único que le acarreaban era problemas, imaginarios la mayoría, mas no por ello menos agobiantes que los reales. Conservaba esa vieja idea de que el alcohol concedía genio y se emborrachaba escribiendo versos. Ninguno era suficientemente bueno y lo sabía pero no creía que fuera culpa del hada verde sino suya por no saber escucharla adecuadamente.
Ambos están muertos hoy, enterrados tres metros bajo mi piel, el primero se mató y al segundo lo maté. O, quizás fue al revés.
Tuve otro amigo que, en cambio, contó con todas las ventajas, con la personalidad maniaca y el desaseo voluntario, pero no conseguía escribir, de su neurosis sólo salían gritos y rasguños, y, a veces y con suerte, una que otra narración estrafalaria. Pero, en general, su exageración y locuacidad lo único que le acarreaban era problemas, imaginarios la mayoría, mas no por ello menos agobiantes que los reales. Conservaba esa vieja idea de que el alcohol concedía genio y se emborrachaba escribiendo versos. Ninguno era suficientemente bueno y lo sabía pero no creía que fuera culpa del hada verde sino suya por no saber escucharla adecuadamente.
Ambos están muertos hoy, enterrados tres metros bajo mi piel, el primero se mató y al segundo lo maté. O, quizás fue al revés.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Dueña del sol
Y después, qué sigue, después de la dolorosa liberación de energía soterrada de la que creía carecer, después de quedar exhausto (ahora sí), qué tengo que hacer. Pedirle disculpas, ponerme a llorar, desatar sus brazos de la cabecera matrimonial. Nada que diga, nada que haga, puede resarcir el daño que hice cuando dije que la amaba. Así como yo, ella permanece estática, removiendo en su vientre las cenizas que dejó la fogata mágica. Se pregunta qué pienso mientras miro su mirada perdida en una constelación distante de manchas en el techo, ha de creer que hilvano un verso, ayer la hice dueña del sol, la emparenté con un satélite cercano, pero hoy quisiera preguntarle qué hemos hecho (y si lo vamos a volver a hacer). La hermana bonita de la luna no durmió hoy con su madre, pero no le preocupa, ella no le da explicaciones a nadie.
viernes, 25 de febrero de 2011
Tragaperras
Sólo para devolver una de las que ellas hacen, le pagué a la taquillera con pura calderilla. Diez boletos, por favor, (porque, claro, lo patán no quita lo cortés), treinta pesos, sesenta moneditas que caen como la llovizna de agosto: gentil para quien la mira pasar, pero, ah, cómo le fastidia la madre a quien tiene que recibirla. Ni siquiera me tomé la atención de pegarlas con cinta en montones de cinco, diez pesos. Si mi intención era desquiciarla, cómo iba a andar confeccionando billetes de a cinco para su mayor comodidad. Echó las dos tiras de boletos tan pronto saqué el dinero y le di un conteo rápido entre mis manos, recogí mis boletos y pagué. Me quedé allí parado tres rigurosos segundos para no dar la impresión del típico tipo listo que paga así porque no completa. No, por mí, le dije en silencio, tómate todo el tiempo que quieras, al fin que yo ya me voy y a ti te queda una larga fila que atender. Pero en lugar de empezar a contar, me miró, y, antes de que yo diera un paso para salir de su campo visual, me preguntó qué era eso. No respondí en seguida, miré a mi alrededor primero, ¿Eso cuál? Esto, me dijo muy lentamente, es una taquilla del Metro, no la ventanilla de cualquier banquito azteca, Y, ¿Cuál es la diferencia?, le pregunté, mientras, detrás de mí, la gente seguía amontonándose. Su expresión se descompuso un poco, la cara se le encendió muchísimo. En lugar de largarme, me hice a un lado, el siguiente en la cola pidió dos boletos, vi seis monedas en su mano que deslizó suavemente junto a las mías (que ya no eran mías). Ella, por pura rutina, se los soltó de inmediato. Luego vino un joven estudiante de secundaria con otras seis monedas pidiendo un boleto, casi sucedió lo mismo, pero la taquillera ya sólo me miraba a mí. Una ráfaga de satisfacción me recorrió la piel e hizo nido en mi entrepierna. Así es, me cachondeó verla furiosa y que sus ojos de cañón no tuvieran balas más que para mí.
La situación no me era en absoluto incómoda, y, a decir verdad, hasta la estaba disfrutando. Pero había un inconveniente, el público. El público siempre desespera con rapidez, y éste no era la excepción, quería ver sangre o seguir avanzando, por lo que no tardaron en manifestarse gruñidos, ininteligibles pero ásperos. Un convoy recién llegado provocó un temblor ridículo en el suelo y éste a su vez lo transmitió a las partes más vibrátiles del cuerpo, por mi parte, lo sentí en las entrañas. La taquillera se pasó detrás de la oreja un flequillo que le atravesaba el ojo izquierdo y recogió el dinero con torpeza para empezar a contarlo sobre el mostrador, mientras pensaba, No debí venir hoy, o, más bien, no debí venir desde el primer día en que conseguí este trabajo odioso donde la gente me trata como si no fuera yo otra cosa que una tragaperras. Suspiró, se notaba a leguas que su oficio le causaba repugnancia. En seguida, comenzaron las rechiflas y mentadas. Di un paso atrás instintiva, o, si se quiere, cobardemente, luego la media vuelta y después metí un boleto. Ya del otro lado miré atrás de reojo, una fila extensa y curvilínea se había formado ya, vociferaban y apuraban a la taquillera para que los atendiera. Entonces imaginé a muchos de los afectados, los más jóvenes, cuyos huesos no habían sido devorados por la osteoporosis todavía, corriendo para alcanzarme. Saltaron el torniquete sin ninguna dificultad, y pensé, antes de echar a correr como alma que lleva el diablo, ¿Por qué estaban formados, entonces? No había avanzado ni diez pasos cuando me di cuenta de que ese desenlace le quedaba grande a mi historia. En el Metro nunca pasan cosas así, y la realidad fue otra muy distinta: la taquillera se aceitó los engranajes con un trago hondo de coca-cola, seguí mi camino, dejé irse de largo al siguiente convoy, y, para cuando llegó el próximo, ya todos los usuarios que habían conformado aquél látigo de piel se hallaban en el andén. La taquillera nunca aceptó hablar conmigo, al poco tiempo dejé de detenerme a comprar boletos allí.
La situación no me era en absoluto incómoda, y, a decir verdad, hasta la estaba disfrutando. Pero había un inconveniente, el público. El público siempre desespera con rapidez, y éste no era la excepción, quería ver sangre o seguir avanzando, por lo que no tardaron en manifestarse gruñidos, ininteligibles pero ásperos. Un convoy recién llegado provocó un temblor ridículo en el suelo y éste a su vez lo transmitió a las partes más vibrátiles del cuerpo, por mi parte, lo sentí en las entrañas. La taquillera se pasó detrás de la oreja un flequillo que le atravesaba el ojo izquierdo y recogió el dinero con torpeza para empezar a contarlo sobre el mostrador, mientras pensaba, No debí venir hoy, o, más bien, no debí venir desde el primer día en que conseguí este trabajo odioso donde la gente me trata como si no fuera yo otra cosa que una tragaperras. Suspiró, se notaba a leguas que su oficio le causaba repugnancia. En seguida, comenzaron las rechiflas y mentadas. Di un paso atrás instintiva, o, si se quiere, cobardemente, luego la media vuelta y después metí un boleto. Ya del otro lado miré atrás de reojo, una fila extensa y curvilínea se había formado ya, vociferaban y apuraban a la taquillera para que los atendiera. Entonces imaginé a muchos de los afectados, los más jóvenes, cuyos huesos no habían sido devorados por la osteoporosis todavía, corriendo para alcanzarme. Saltaron el torniquete sin ninguna dificultad, y pensé, antes de echar a correr como alma que lleva el diablo, ¿Por qué estaban formados, entonces? No había avanzado ni diez pasos cuando me di cuenta de que ese desenlace le quedaba grande a mi historia. En el Metro nunca pasan cosas así, y la realidad fue otra muy distinta: la taquillera se aceitó los engranajes con un trago hondo de coca-cola, seguí mi camino, dejé irse de largo al siguiente convoy, y, para cuando llegó el próximo, ya todos los usuarios que habían conformado aquél látigo de piel se hallaban en el andén. La taquillera nunca aceptó hablar conmigo, al poco tiempo dejé de detenerme a comprar boletos allí.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)