viernes, 31 de diciembre de 2010

En pocas palabras

Si no quisiste quedarte, eres bienvenida a no volver, habrá otra perra que persiga mis aullidos, que acaricie la peña, que rece por mi infortunio. En pocas palabras: ya volverás reencarnada en alguien más. Recoge tu ropa pero deja el recetario de ninfomanías de tu diario con calcomanías. Se como tú eres, pero no olvides que “A la tierra que fueres, haz lo que vieres”, disfrázate de santa en una fiesta de disfraces, vístete de punk si te encuentras a Mick Jagger, dale muchos autógrafos en el paseo de la fama a la libreta de nadie. Finge que sabes. Finge que no. Fíngelo todo, excepto un orgasmo. Vacía tu sustancia en una copa de vino para beberte y llevarme contigo. Con tus brazos letras fuentes forma un sustantivo femenino que se quede al lado mío. Olvida no azotar la puerta, berrea sólo porque me lo ves hacer a mí, en las poleas de tus ojos me recuesto, viendo que te largas amarrada a la cuerda de otro perro.

martes, 21 de diciembre de 2010

Felpas

¿Se pudo o no se pudo? Preguntó el felpudo. ¿O es que ya no se te pone duro? No lo dudo, continuó: no lo dudo que con tanto nudo en la garganta, cualquier mudo te espanta si te levanta la voz, y luego vengas sin ánimos para cumlir tu misión. Déjame decirte, mocoso, que en el talón no hay reembolzo.
Y yo le contesté: Disculpe usted, es la primera vez que a mi pez no le da sed. Luego de una pausa, agregué: A causa no sé de qué. Será el pulque, o, como usted dice, el susto en la panza. En fin, es su acierto y yo me despido con mi archivo muerto a contar a mis amigos que la meto y la meto con mi pez tuerto.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Otra línea, por favor

(ODA A LOS PASONES KAMIKAZES)


No sólo disfruto el vicio, también lo sufro, lo lloro, lo escupo, lo siento, lo vivo, lo muero, lo alcanzo a disfrutar. A disfrutar pero no con placer, ni con dolor, sino con estilo y por obligación. En la agonía no se sienten las diferencias, no se cuentan las alcancías rotas, se vive a ras del vaso, se entrega lo que no, se dice lo que nunca, se sufre lo de siempre. De siempre a esta fecha lo mismo es igual y de jamás a este punto la cosa ha sido distinta. Del orgullo al más allá, del callarse al qué dirán. Si lo pagas no lo tragues hasta que hayas pedido más, y si la besas no te embriagues hasta estar seguro de que se va a quedar.
No sólo hago esto, también lo otro y lo demás, pienso y fumo y evito trabajar, y trabajo en un libro que, lo juro, no voy a escribir, y escribo versos que me salen fatal porque riman con tu nombre y con tu ausencia. En fin, puros pretextos y al final mis textos acaban igual, siempre la última línea me hace desvariar, y aunque la borre mil veces, las mismas que me vuelve a desafiar. Es tanto el empeño en decir algo, que por más que busco la forma de escribir sin contar nada cuento historias que solas se narran.
Conocí a una chica, esta chica era un sinónimo de mí con ligeras variaciones, por ejemplo, era feliz y tenía dos hermosos y grandes ojos y en ellos me perdí. Hasta ahí todo bien, era un lugar tibio su mirada y había provisiones de sobra para no volver a salir. Lo grave vino cuando ya no la encontré, y cuando la encontré me escondí.
No sólo leo, también babeo y mando correo y me corro cuando veo porno, pero todo lo hago sin placer. A mí lo que me gusta es sacarle confesiones al cuaderno.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Esquelas

Hay un cansado vigía apoltronado en la débil atalaya de mi cuello sosteniendo un poderoso telescopio que no distingue más allá de mi nariz pero tampoco le hacen falta millas de inútil avistamiento para saber que estoy tan solo como el primer día que morí: el día que me alejé de ti. 
Pido una i griega de silencio, porque ia no somos tú i io, sino sólo un par de extraños que deambulan descoloridos por calles dejadas a su suerte, ajusticiadas por un Dios pordiosero que suplica piedad con una mano i aplica el castigo con la otra. Ha muerto el perdón, lo mataste tú i lo sepulté io.
Este diccionario nada ilustra, nada sabe, nada debe y nada teme. Mil ochocientas veinticuatro páginas repletas de insulsas definiciones que no me saben aclarar por qué no estamos juntos. Le he dado una puñalada en el pecho con mi lápiz sanguinario. Se desangra poco a poco mi interés en cualquier cosa.
Hoy soñé que me soñabas, me besabas en la frente y despertabas de súbito con muchas ganas de volverte a dormir. Como no lo hiciste dos oníricos verdugos me escoltaron hacia la guillotina. Mi cabeza todavía rodaba cuando desperté sudando y te vi recostada sobre mí. En seguida volví a despertar entre la resaca de cada día y un par de almohadas.
Matar el tiempo es escribir, es construir castillos en el aire con naipes de números cabalísticos, impares y de mala suerte, es envenenar la desdicha con mezcal cuando de antemano se sabe que la muy hija de perra siempre resucita, es engañarse creyendo que lo mejor está por llegar, es vivir en fantasías desesperadas, imaginando que cuando leas mi esquela, tal vez llorarás.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Eco de un aliento

Desde el eco quebradizo de tu voz atormentada se oye una sábana en llamas de seda verde que amenaza con destruir la calma en desesperilandia. Te hago notar si no lo has hecho que aquí dentro la altura del cielo está a tus pies y hay un abismo entre las nubes ¿Hace cuántas nubes que no ves el sol? ¿Hace cuántos soles que no te llueve? ¿Hace cuánta agua te ahogaste? ¿Hace cuántos años que no te desahogas? ¿Hace cuántos gritos que no haces eco?
Gente viajando de aquí para allá en las fauces secas de una lengua gruñona a través de mi cabeza. Se pisan. Se gritan. Se arrebolan. Se olvidan de sí mismos. El cielo colmado de cuerdas que cuelgan tu nombre que no perdona que, no habla, que no se acuerda de mí.
Estamos tan cerca del roce pero nos separa una tempestad en calma como la marea de una lágrima desvelada en la memoria. Me dices con la vista Era mentira. No lo creo ni un instante porque sé que Era verdad y te lo sostiene mi mirada fija en una seña particular de tu débil conciencia. Miras hacia fuera por el eco de un aliento deseando que el camino fuera un poco menos largo y no se cruzara con el mío. Pero sabes que en cuanto te encuentres sola desearás estar conmigo tanto como estar sin mi.
Desde el eco quebradizo de tu voz atormentada escapa una débil palabra antes de que abandones el lugar común. Adiós. No hemos vuelto a coincidir pero olvidaste desalojar tus pertenencias de mi mente y no me acostumbro todavía a soñarte cada noche.

La noche navegable

Se apagaron las farolas de la calle y ya no se oye el rumor de la televisión. En cambio, se escucha un suspiro unánime de toda la gente que, como yo, se ha quedado sin conexión. Hacía tiempo que no sucediía esto. Fue hace ya cinco extensos minutos (si uno se pone a pensar que el universo se creó en un santiamén, cualquier lapso offline es mucho rato), aunque me alegro un poco, ya que desde hace días no me desconecto de la web…(el foco parpadea… la luz ha vuelto) La luz volvió, pero haré caso omiso. Necesito alejarme del ciberespacio, sólo que es tan adictivo y tan entretenido perder el tiempo navegando, que de veras me cuesta no estirar la mano con el índice apuntando firmemente hacia el botón de encendido.
En internet las horas corren a un vertiginoso megabyte de velocidad y al despegarme de la pantalla un momento, noto angustiado que ya anocheció.
Lo mejor será apagar el foco y hacer de cuenta que sigo a oscuras con una vela sobre la mesa. Pongo algo de música del celular (las bocinas que le compré suenan bien) y pongo la cabeza en otra cosa ajena a las tres dobles úes.
Música, el lenguaje universal. Por cierto, en Youtube uno encuentra hasta la canción del tío rockstar que no pasó de wannabe. Ahora comprendo a Muelas, a Leo, a Wacaleón, y a tantos amigos que llevan ya varios años en el ciberviaje y siguen sin dar signos de recuperación, si en tan solo unos días yo mismo he desarrollado una fuerte dependencia a Facebook, será por lo bien que logro ocultarme tras el MURO. Si la vida transcurriera allí, creo que todos tendríamos bien fijas nuestras metas: reunir contactos, comentar, unirse a la Pet Society, hacer una encuesta por semana.
Se consumió la vela, hay que encender la luz otra vez, el ordenador. Echar un último vistazo de media noche a la red, despejar algunas dudas en Wikipedia. Y es que no entiendo porqué conformarse con un cerebro mediocre, de primera generación y sin Reset, si acá tengo Intel~inside, además, ni en casa me reciben como lo hace Google Chrome, ni mis amigos podrían ser más atentos y cordiales de lo que son en Messenger, y, por último, mi avatar por fin le hace justicia a mi valiente apellido.

martes, 7 de diciembre de 2010

La rancia aristocracia (demo)

Dedicada a todos nuestros políticos y a quienes se enriquecen a expensas del sudor de los demás.

El grifógrifo (pequeño homenaje a Salvador Elizondo)

A Salvador Elizondo y su genial Grafógrafo, con mucho cariño. A las enfermedades venéreas que padece mi clavo oxidado, a ti y a mí y a ninguno de los dos. Y a ambos a la vez. Al mezcal de Oaxaca, al mareo y la resaca que produce tu ausencia, al amor que no conozco más que en leves destellos de luz opaca, a la música ambiental de las escaleras. A Radiohead y todos sus discos. A la gente que se atreve a decir lo que no debe, al opio, al peyote, al Gran Cronopio y a Truman Capote. A Zapata, a Hidalgo, a Allende, a mi buen amigo el Duende.
Al sifilítico fantasma que deambula en mi caja torácica, ahí se desvaneció su vida, a la queridísima cantina en las afueras del metro Allende, a las putas tristes de Revolución que me calientan siempre, a las criaturas que de vez en cuando me miran de reojo en el camión. A la perpetua soledad que orbita esta cabeza eclipsada de tristeza de año nuevo a navidad. A los siete pecados capitales, al séptimo arte, al Seven Eleven con sus licores y sus cafés, con el Insólito a la mano y el Reforma también. A la paja que me hago después de soñarla ayer. A Mafalda en minifalda y en edad de merecer que le manoseen el alma. Al estrado sin fantoche, a la iglesia sin metiche, a la pinche Atenea y a la diosa Malinche.
Llego a La Raza, voy a Indios Verdes, llego a mi casa a fumar bellas durmientes. Al Diazepam, al diván sin clientes del siquiatra que rompió el secreto profesional porque su paciente no decía nada. En el Metro nadie calla, pero pocos son los que en verdad hablan.
Al bendito diccionario, sepulcro de Octavio (descanse en Paz), a la lengua de Cervantes, a la tienda de enervantes del callejón del fondo, porque, sin saber bien lo que digo, simplemente hago lo que Elizondo: escribo que escribo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Amargas esferiencias

Estuve dentro de una piedra de cristal cortado. Me encerré allí por voluntad propia, porque alguien me dijo que los recuerdos son esferas de humo que se rompen con facilidad, que se quiebran como el suelo que piso y que me pisa. También estuve en una cueva donde no había más luz que la del pensamiento, y no pensaba nada, llevaba en la mano una linterna pero temía usarla porque las esferas me seguían el rastro. Cambié de residencia varias veces, sin embargo, me acechaban a donde quiera que yo iba. Por último, me precipité al fondo del mar y allí me hubiera quedado, de no ser por las dichosas esferas que me sacaron a flote con un último respiro. Amargas esferas, carcomen mi memoria, hacen crecer mi barba y profundizan mis arrugas, y parece ser que no es tan sencillo como creí quitármelas de encima. No me permiten claudicar, pero tampoco me dan ocasión de defenderme.
     Ahora me hallo en el frío interior de una jaula abierta, no sé si algún día pueda salir.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sacapuntear

Se perdió uno de mis sacapuntas, me da tristeza porque se podría decir que era el consentido. Era metálico y brillaba más que una joya enamorada. Tenía dos calibres, el pequeño sacaba una punta pronunciada y aguda, el grande sólo lo necesario para escribir un corto pensamiento vano. Me gustan las dos formas, dependiendo de la longitud del lápiz es como escojo qué calibre utilizar. Ahora, por ejemplo, estoy con el tipo A (el primero de los referidos), porque el lápiz es nuevo. Cuando se está terminando recurro a la otra forma porque pela menos madera, se diría que desperdicia menos lápiz, pero no, siendo tan poco el grafito que sobresale hay que sacar punta de continuo, y, ya lo dice la gente: tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, los lápices se acababan mientras que el sacapuntas seguía allí, afilado, estaba en la primera edad, sus tiernos tornillos todavía se ruborizaban con el simple roce del lápiz. Era pesado como la conciencia, pero también eficaz, no hubo una sola vez en que fallara o en que se le atorara una punta rota siquiera, ¿cuántos hombres podemos ufanarnos de lo mismo? Por otro lado, el oficio de los hombres y de los sacapuntas es muy distinto, unos se dedican a sacar punta, los otros a ser utilizados para dicho fin.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Prosa rimada



Está Vivaldi con sus cuatro estaciones (aunque yo nunca he salido del invierno), y la Maga de la Rayuela de Cortázar y la magia de todo José Alfredo. También hay tardes memorables en que el vaso está lleno, y el Zócalo se puede frecuentar, y afuera del Metro Allende siempre hay cerca un bar, una charla, una cerveza, un “Hola” y un “Goodbye”. Y Allan Poe tratando de explicar el universo, y yo digo “Eureka, no hay nada que explicar”. Esta prosa rimada es la niña mimada que se niega a besarme porque la castiga su madre. Lo que quiero decir, es que buscándole un poco, hay razones pa vivir, hay gente cuerda y muchos locos, novias que no me recuerdan, ni yo tampoco. Qué tristes las vías del Metro cuando hay un cuerpo que levantar, yo prefiero un futuro incierto antes que esa puta realidad, prefiero vivir muriendo que morirme y ya. Están los alucines de cada jueves, están los veinte poemas de amor, nunca estamos solos teniendo Delirium Tremens, sexo, droga y rocanrol, más una canción desesperada, todo dentro de esta alma siempre despreciada. Mejor eso que arrastrarme veinte metros en Guerrero, mi estación tocaya, mejor evadir el beso de la muerte y acariciar el cuerpo de la guitarra, mejor apostárselo todo a la suerte y perder y empezar desde nada. Está mi familia disfuncional (cuánto la adoro), igual a todas las demás (excepto en el modo), la parienta que me parió y se fue cuando era niño, a mi pesar la sigo viendo cada día en el espejo, la abuela que me adoptó y me da tanto cariño, a una la quiero bien, a la otra ni de lejos, pero escojo malvivir y blasfemar, no me voy a rendir aunque haya perdido ya, la quincuagésima es la vencida, si no miren al que esto rima, cómo sigue de pie, será porque todavía hay tequila.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Nada cuadra

Me fui a acostar muerto de cansancio pero a la vez aterrado con la idea de pasar otra noche en vela pensando en Ella. Sí, la misma Ella a la que le canta con tristeza José Alfredo Jiménez o cualquier mexicano cuando llega a la cima del dolor que conlleva el mal de amores. Yo no sería la excepción que confirme la regla, simplemente, porque las hay que no la tienen.
 

    Por fortuna, apenas puse mi cabeza sobre la almohada caí dormido profundamente gracias a que en el trayecto de la cocina al dormitorio encontré ese horrible prendedor para el cabello que le gustaba usar tanto cuando venía sólo por molestar a mi mamá. Estaba machacado e inservible. Lo levanté y lo tiré a la basura antes de que lo viera mi vieja. De alguna forma ese repentino recuerdo y el afortunado hallazgo que lo detonó, me ayudaron a odiarla álgidamente y, en cuestión de un par de segundos, ya no la extrañé más.
    Al despertar a la mañana siguiente me sentía un hombre nuevo, fresco, vigoroso, altivo. Nada me hacía falta y no podía sentirme más feliz de estar solo. En la oficina invité a una lindísima colega a salir a cenar el próximo sábado y aceptó. Nada formal ni con los romanticismos ridículos propios de una primera cita, acordamos los dos. Cada quien llegaría por su cuenta para hacer a un lado el engorroso protocolo. Quedamos de vernos en un bar allá por el sur.
    Su actitud me causó cierto asombro a razón de su innegable belleza, que le daba el poder de exigir las mejores atenciones, pero accedí. Su última petición fue que me dejara crecer la barba durante los días que restaban y me hiciera un corte de pelo distinto al de costumbre.
    Ese lunes en la noche fui a visitar a mi estilista para ver qué podíamos hacer con mi cabello, le pedí algo vanguardista y sofisticado. Tal vez era eso lo que ella esperaba de mí, que proyectara una imagen agresiva, menos de lamebotas y un poco más de empleado propositivo. Terminé viéndome justo como le gustaba a mi ex.
    Los siguientes días no nos encontramos, lo cual me pareció espléndido, hasta nos imaginé igual a dos prometidos ansiosos por llegar a la noche de bodas. Pero vaya sorpresa la que ella reservaba para mí bajo su negligé.
    Varios días atrás algo rojizo me había salido bajo las uñas, no era suciedad porque no se iba con nada, tallaba durante horas en las noches de insomnio, (el cual, por cierto, coincidió con esto, pero duró menos) pero las delgadas franjas carmesí seguían allí. Quise hacer una cita con algún médico para saber de qué eran síntoma, pero, por falta de tiempo, no pude. Había estado utilizando guantes y tendría que seguir haciéndolo para no llamar la atención, pues parecía que hubiera sangre coagulada entre mis dedos.
    El viernes en la noche, supongo que nervioso y sin tener nada mejor en qué pensar bajo las sábanas, me puse a compararlas: a mi ex y a mi colega y descubrí que tenían demasiadas cosas en común. Aunque la noticia en el fondo no me sorprendía, el entusiasmo voló de inmediato. Ahora sólo iría con la idea de cumplir con un compromiso y largarme.
    Me vestí casual para la cita, no me puse los guantes pero sí me dejé crecida la barba como ella pidió. Salí con treinta minutos de anticipación porque no me gusta hacer esperar a la gente. Cuando llegué al bar tomé una cerveza mientras la esperaba, luego pedí otra, luego otra. Entonces comencé a sentirme muy triste y preocupado y asustado sin saber por qué, las manos y los ojos se me humedecieron. Luego, cuando habían pasado cuarenta minutos y ella aun no llegaba, pedí tequila. Sonó mi teléfono justo cuando el mesero venía con el vaso y dos rebanadas de limón. Noté de qué modo tan grotesco miraba mis dedos sosteniendo el celular, pero no me incomodó, ya me iba. Le pedí la cuenta con una floritura y respondí a la llamada. Era ella, la colega linda que me dejó plantado, Hola, me dijo, ¿Puedes venir al hotel? Tengo algo que decirte, ¿A cuál hotel?, le pregunté, Al de siempre, su voz sonaba idéntica a la de mi ex novia, ¿Misma habitación? quise saber y un intenso escalofrío me recorrió la espalda, Sí, no tardes.
    Colgó, y, guiado por la voz, salí a encontrarme con ella a un hotel que conocía muy bien. Vi su coche en el estacionamiento y busqué un espacio alejado para estacionar el mío, algo no me cuadraba. Las piernas me pesaban como dos tumbas al bajar del coche, aun así, fui al cuarto de inmediato. Toqué a la puerta medio sofocado por la carrera pero nadie me respondió. El pomo no tenía el seguro puesto, abrí y me asomé por el resquicio, no había nadie, llamé otra vez, nada. Entré cerrando la puerta suavemente y echando un vistazo atrás por el visor: vacío el pasillo.
    Al voltear, allí estaba mi exnovia completamente humedecida en un charco de su propia sangre, su otrora bella cara ahora lucía hinchada e irreconocible, deforme. Corrí a vomitar al baño, me lavé la boca, las manos, y, esta vez, las manchas sí desaparecieron.
    Después, volví a casa con el ánimo abatido. Durante algunos días no concilié el sueño, hasta que, una noche, un tonto detalle me hizo despreciarla y no extrañarla tanto.

Gonzala Rizos

A Gonzala se le eximió de nacer. Un buen día simplemente se levantó del pasto, estirándose y bostezando. Enfiló la ciudad arrastrando los pies al caminar y al atardecer llegó a una casa cualquiera. Tocó a la puerta y dijo: Hola, madre. Hola, hija. Pasa. Su madre la felicitó por su cumpleaños y le hizo su comida favorita y toda la familia se reunió esa noche para cenar.
    A las once se despidieron los últimos invitados: el hermano mayor de Gonzala y su esposa. Entonces, madre e hija recogieron la mesa y se fueron a dormir.

Divina baraja

Van llegando los tahúres, se acomodan en las sillas que han sacado a la banqueta mientras uno de ellos se apresura a repartir, sabedor de que el tiempo es el único enemigo real. Las cartas sujetadas entre los dedos forman un abanico de números, palos, habilidad y azar. Cada jugador intercambia una de sus cartas con el rival a su derecha, la arrojan con desprecio y la levantan con asco, a pesar de que no pocas veces, esa carta bastarda les ha valido el triunfo. En cosa de segundos deben urdir una estrategia, inteligente y mutable que sea capaz de adaptarse a los giros sorpresa que da el mazo, y que, por supuesto, termine imponiéndose a las demás. Las únicas armas disponibles son aquellas ocho cartas que la baraja repartió de acuerdo a la suerte que le tocó a cada uno. La destreza, sin embargo, casi siempre tiene la última palabra. Los músculos se tensan, los sentidos están alerta, la concentración puesta en el centro de una mesa de madera. Nadie parpadea. El juego ha dado inicio. Los ánimos se caldean de inmediato, y, aunque cada partida no se prolonga por más de cinco minutos, estos transcurren con una lentitud exasperante. Ahora bien, multiplíquense estos cinco minutos de ansiedad por treinta, cuarenta veces a lo largo de una tarde… Al poco tiempo se adopta un gesto adusto, rayano en lo hostil, bien parecido al que debe tener Dios, que, si bien no juega a los dados con el universo, parece divertirse jugando a las cartas con la humanidad. La baraja española pasa de mano en mano sin tregua en un trajín desenfrenado, arrastrando con cada carta fortuna o mal agüero. Cae la noche pronto, las nubes densas prometen un fuerte aguacero. Los jugadores se levantan, llevándose a las bolsas las manos vacías, pues todo lo apostado se queda en las tinieblas, en ese humo de tabaco que se fuma sin parar, en los tragos de cerveza, en las notas de la guitarra del trovador callejero que a buena hora pasó por aquí. La baraja regresa a su estuche, ha dado bastantes emociones por hoy. Arriba, desde las estrellas, se vuelve a repartir. Al final no ha llovido.

Caperucita

Qué mal chizte, tanto empeño, tanto ezfuerso, tanto grito, para que la bida se marchite. Qué importa: si la bida se acaba, la muerte será muy corta. Qué Malinche: la guía de turiztas más cara y la puta más pinche. Qué Helena: desató una guerra porque eztaba vien buena. Qué dezperdisio: con tanto dinero y sin ningún vicio. Qué vicentenario y qué rebolución: están avaratando la memoria de la nación. Qué bamos a haser: seguramente lo de siempre, sentarnos y obedeser. Qué fea verdad: que la vida es cruel y también tu mirar. Qué locura: amaneser zolo en mi cama y no abrasando tu sintura. Qué triztesa: yo solo y tú sola y ni nos intereza. Qué dulse blazfemia: el centro de tu cuerpo es el corasón de mi arteria. Qué siento al escribir: viajando en el Metro un primero de abril. Qué día cumplez años, quiero yevarte un bezo en los lavios. Qué estación: ya se serraron las puertas y no salí del bagón. Qué bulgaridad: lo que pasa la tele cada despertar. Qué hay de nuebo: sólo el polvo del zenicero. Qué zoledad: la de mi pecho que no save olbidar. Qué bago centimiento: el de estar alegre, hace tanto que no lo siento. Qué buena guitarra: la de Eric Clapton tocando vlues entre tanta múcica chatarra. Qué amor a plasos: el que siempre me das y el que no reemplazo. Qué mala pata: sin dinero y con resaca. Qué vuen paizaje: la calle decierta y la pación de viaje. Qué zaves tú: si eres una niña dizfrasada de grande bestida de caperusita azul. Qué gano yo: despertando cada mañana jugando al ezcritor. Qué pécima dezpedida: ¿por qué no simplemente sales de mi bida? Qué largo adiós: di que te duele desir se acavó. Corrígeme la ortografía: tú eras mi dixionario, mi lexión de español y la musa que más quería.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Alguien bajo las sombras

Había alguien detrás de mí, no podía verlo, pero lo escuchaba claramente, lo olía. Olía a queso rancio, lo imaginaba como un anciano milenario, de nariz aguileña, desdentado, gris como la ceniza más espesa, con un chueco gancho por sonrisa, los ojos acuosos sumidos en cuencos profundos. Qué quería de mí, no lo sabía, pero no me daba un respiro.
     Creía que con tallarme con mucho jabón podría quitarmelo de encima...

Bello Amanecer

A Gustavo C.

Las almohadas a los pies de la cama sobre un pequeño charco espeso, reseco, viscoso, rojizo y difícil de clasificar. El piso completamente impisable, libros abiertos por todas partes, algunas páginas manchadas de ceniza, otras escurriendo de alcohol y algunas arrancadas. Un trío de botellas con asientos de Vodka, tequila y whiskey, que nadie tuvo a bien cerrar y el olor que ahora se concentra pica en la nariz y arde en la garganta. El foco descansa sobre el escritorio con un orificio semicircular como un ojo rasgado que desaprueba lo que está mirando, aunque en realidad sólo es una pipa improvisada y no una cámara de seguridad (síntoma de la conciencia). En el rincón donde se recargaba la guitarra eléctrica en una pose desafiante y sensual, ya no hay más que un puñado de colillas, algunas, las más, lucen quemadas, pareciera que el tabaco no era suficiente y haya querido fumar hasta los filtros. Las manos, más que temblar, se estremecen en un terremoto apocalíptico. Echas polvo las dos VISA que la noche previa se encontraban en óptimas condiciones. Cadáveres rotos de vasos que no cuestan cualquier cosa en el suelo y manchas semi fosforescentes no solamente en el suelo sino también en las paredes, todas ellas portadoras de recuerdos vagos nada gratos. No obstante encontrarse las ventanas de par en par, el olor fétido que despide la vida cuando sale de su frasco no se va. La boca seca, los labios agrietados, la mirada todavía borrosa. La miseria se apoltrona en un sillón, cuaderno y lápiz en mano, pero las extremidades están cansadas y sueltas, y flácida la más viril, como si hubieran acordado abdicar el mismo día todas juntas. La humillación, de pronto, ocupa mucho espacio. El sol empieza a asomarse por la barda, las cortinas son incapaces de contener el fulgor de su piel azul acero: es un bello amanecer.